lunes, septiembre 1

No se lo podía creer. Luis Scola es uno de esos jugadores de garra, corazón y talento. Ha olvidado más movimientos en el poste bajo de los que nosotros podemos haber aprendido. Sin duda, uno de los mejores extranjeros jamás fichados para la ACB, un hombre con sólida experiencia NBA, pero que ayer se dejó el alma sin victoria. Croacia lo había hecho, convirtiéndose en aquella Lituania que se vengó por sorpresa de los Juegos Olímpicos de 2008. 13 triples como 13 balas que sepultaron al bravo conjunto de Julio Lamas.



Sevilla disfrutó del primer gran encuentro del Mundial (quizá esta noche tengamos el segundo, ese atractivo España-Brasil del grupo A), un encuentro vibrante, con alternancia en el marcador y dos conjuntos de talento. Los balcánicos aprovecharon su superioridad en centímetros, usando a hombres como Tomic para sacar rápidas faltas personales. Sin embargo, tras sufrir ante Filipinas, nadie podía imaginar el sideral acierto de larga distancia de esta tropa.  



Había expectación por el choque. Más de un madridista miraría con lupa a Campazzo, ese nuevo proyecto de jugador para la entidad blanca, apadrinado por el incombustible guerrero que es Andrés Nocioni. Lo hizo bien, es un armador extraño, un tipo que rápidamente retiene la mira del aficionado, diferente. La generación dorada lo va a necesitar y en abundancia, Manudona no está y eso resta magia, si bien la hinchada albiceleste fue mayoría en suelo hispalense. 


Con todo, uno de los grandes triunfadores de la noche fue Bojan Bogdanovic, excelso alero, irregular y talentoso al máximo, quien encontró el día idóneo y el rival apropiado para recordar a su selección a quien pueden encomendarse si la cosa se pone brava. El talento de los Soric y compañía respaldó esa sensación, además de un rico arsenal ofensivo, lo cual exige digno tributo al cuerpo técnico de los europeos, algo reconocido por un Nocioni agotado al final; él y sus camaradas sufrieron ante la superior envergadura del adversario y su mortífero lanzamiento desde fuera. 



Dio la sensación que los sudamericanos intentaron cerrarse, pero eso conlleva el riesgo de sufrir a los triplistas, pocos combinados pueden tener mejor nómina de francotiradores que los herederos del legendario e indomable Drazen Petrovic. Eso sí, Scola supo hacérselas pasar muy duras a Tomic y mostrarse, nuevamente, como uno de los mejores anotadores del torneo. Puerto Rico fue el arranque de motores y ayer, el genial ala-pívot, volvió a demostrar por qué es uno de los favoritos del gourmet baloncestístico. 



Jasmin Repesa, máximo estratega de los balcánicos, logró que sus pupilos impusieran el ritmo del encuentro desde el inicio, condicionando con ello el ritmo y el resultado. A pesar de la tremenda igualdad que presidió toda esta honorable guerra de tableros, dio la sensación que solamente un equipo estaba haciendo lo que le gusta realmente, encontrando las armas idóneas para medirse a un oponente que es el más serio candidato para privarles de la primera plaza. 


El campeonato encontró en estos quince asaltos de pesos pesados su primer gran pelea. Quedarán muchas más, sin duda. Turquía tuvo 20 minutos de ensueño ante los Estados Unidos, si bien los otomanos despertaron (y con ellos, muchos de nosotros) para volver a comprender que el combinado de Mr.K va a exigir a un posible candidato que sean capaces de estar en pie los cuatro cuartos. España ha dado buenas sensaciones ante dos conjuntos que están en crecimiento y en progreso para ir afianzándose, pero aún hemos de verla ante un combinado que suene para medallas (la canarinha de Hilario, Varejao y cía será un formidable test). 




Bombardeos como el de Simon condicionaron un auténtico show que martirizó el sistema zonal de la defensa contraria, obsesionada por la desventaja en la lucha por el rebote. El dato que resume todo es el elocuente 11-1 que impusieron los europeos a Argentina sin Scola en pista, un momento decisivo y para el que no hubo marcha atrás. 



Sin duda, solamente nos queda cruzar los dedos porque croatas y los viejos pibes rockeros sigan en la siguiente ronda, este Mundial no puede permitirse el lujo de perder dos escuadras así tan rápido... 
lunes, agosto 25

La picaresca fue un género literario que prosperó siglos atrás, especialmente en España e Italia, tal vez donde mejor se podía comprender el fenómeno de hidalgos empobrecidos que se arrojaban migas de pan en la camisa o las argucias y tretas de los desfavorecidos para florecer a base de ingenio, buscando unos ducados y alguna forma de hacer callar a las furibundas tripas, que hubiera dicho Lucas Trapaza. Cuál ha sido mi sorpresa al encontrar a uno de esos busca-vidas en la propia NBA, nada menos que Jalen Rose (Detroit, 1973). 




Criado bajo los esfuerzos en solitario de su madre en la Ciudad del Motor, adorador de los Bad Boys, Jalen fue uno de esos bases de manejo rápido de bola, uno de los que dejaban sentados a los rivales en el duro cemento, mientras no disimulaba una sonrisa de satisfacción. Hace varios meses, la cadena ESPN nos deleitó con un detallado documental de los Cinco Fantásticos de Michigan, un descarado equipo de novatos con sneakers negros, aires barriobajeros y talento descomunal para el basket. Sospechosos habituales de cruzar la línea y de humillar a sus adversarios con su trash talking, a nadie podía extrañar que Jalen fuera, quizá junto a Chris Webber, la voz más odiada de uno de los conjuntos más famosos de la NCAA, a pesar de no haber podido ganar ninguna de sus dos F4 en la NCAA.    



Haters gonna hate, debió de pensar Rose, quien no cambió mucho su discurso y sonrisa de villano carismático en su irrupción en la auto-proclamada mejor Liga del Mundo. Piedra angular de los poderosos Indiana Pacers de finales del siglo XX, Larry Bird se las vio y deseó para controlar a su díscolo talento, quien impresionaba por su juego y también por la locuacidad ante los micrófonos. No hace tanto, admitía haber intentando lesionar a posta a Kobe Bryant en las finales de 2000. La misma Black Mamba a la que resumió con esta frase memorable: "No me causa ninguna ofensa que uno de los mejores jugadores de la Historia haya hecho 81 puntos a mi equipo. Si Michael Jordan es el original, Kobe Bryant es el remix, baby. Eso sí, si Luke Walton me hace 25 puntos, sería para retirarme". Ese mismo día, el del show de Mr.Bryant, Jalen tuvo una cariñosa frase a la sagaz estrategia defensiva de su entrenador: "Ey, coach, ¿y si hacemos ayudas para parar a Kobe? No sé, por lo menos permitir que nos gane otro tío que no sea él, como lleva haciendo toda la noche"


Sin embargo, un jugador de personalidad excepcional. Siendo apenas un novato universitario, Rose se echó a las espaldas un partido de máximo tensión con toda una grada gritándole por el crack incautado en su causa, acusándolo de camello. Pecata minuto para un individuo forjado con los genes de Detroit, como él mismo dice, el chico que admiraba a Isiah a los suyos, pero que también aplaudía la espantada ante los Bulls en la década de los 90. Y, a pesar de todo, el rey de los pícaros encontró acomodo en los medios, haciendo entrevistas a ídolos personales como Magic y ganándose el respeto de sus colegas de profesión, quienes no podía dejar de verle como un goodfella, un periodista improvisado que entendía su jerga y era uno más del playground. 



Y es que Jalen Rose Story-Time es el equivalente a las inefables aventuras del tío Vázquez en los cómics de Bruguera, el toque macarra en una fiesta de etiqueta. La anécdota de la televisión de Patrick Ewing, la expulsión por provocar a Michael Jordan o sus pullas a Shaq por acusarle de decir que se llevaba mal con Kobe ("Ahora resuelta que son como hermanos. Pero da igual, acepto mi papel como cordero de sacrificio para que estos dos se reconcilien"). Sigue apostando doble o nada con sus tertulianos que Kevin Durant se irá algún verano a Houston. Siempre le gustó cargar la baraja. 




De cualquier modo, en tiempos de restricciones tan duras a las faltas técnicas, de código de etiqueta y fomento del lucimiento de las estrellas, viene bien que alguien cuente las novatadas que hacen los veteranos a los jugadores de primer año. Recordando su propio sufrimiento, Rose demuestra ser el mejor imitador de todos los tiempos de D. Mutombo, quien siempre se refería a él con su vozarrón como "Young, fella". Siempre será mejor eso que recordar su descalabro en los New York Knicks de Larry Brown, aquella empresa faraónica que acabó siendo una estafa piramidal.  


"Yo creo que los testículos de San Antonio han ido subiendo conforme entraban en El Palace", afirmaba en las épicas finales de 2005, cuando "sus" Pistons levantaban el parcial de 2-0 de la serie. Sin pelos en la lengua, tampoco para reconocer los trucos de los veteranos profesionales de NBA para garantizarse contratos cuales cantos de cisne en los minutos de la basura. El rey de los pícaros y su corte, destacando sus charlas con el bostoniano Bill Simmons.   




Si bien es imposible comulgar con todo lo que dice una persona, meno si va con un bate de beisbol al plató, uno no deja de pensar que, igual que el Territorio Comanche de Reverte, hay un punto de veracidad e indecorosa honestidad en estos recuerdos en las líneas enemigas, una cara del baloncesto más real que el universo Disney que, a veces, tiene lo políticamente correcto. A fin de cuenta, hablamos de un tipo que cuando no iba al All Star, le contestaba al periodista que le incordiaba por su ausencia: "Repasa la lista de bases y escoltas del Este. ¿Quién de estos tíos es mejor que yo?".



Entre su lista de enemigos hay individuos tan ilustres y respetables como Reggie Miller, Larry Brown, Mr. K y no pocos más. Tampoco está de más decir que Bird siempre mostró una gran confianza en él desde su aterrizaje en la Liga, así como su excelente feeling con Magic Johnson. Habéis sabido escoger a vuestros rivales, hubiera dicho Ned Stark. 



Seguimos esperando más historias, Jalen...  
lunes, agosto 18

Comienzos del verano de 1998. Los Chicago Bulls, amparados en la excelencia de Michael Jordan y Scottie Pippen, reinan sin oposición en la NBA. Únicamente los Utah Jazz han aguantado el ritmo de victorias-derrotas de la maquinaria de Phil Jackson, quien había mostrado su sapiencia al incluir en su triángulo a demonios bendecidos con el rebote como Dennis Rodman o antiguas estrellas como Ron Harper, los Bulls habían ganado cinco anillos en apenas siete temporadas. En 1996 habían firmado el inhumano registro de 72 triunfos y 10 derrotas en regular season. 



Muchos analistas intuyen un paseo en el Este. Miami y New York, dos de las potencias de la conferencia, habían trabajado duramente por oponerse al tren de mercancías de la Ciudad del Viento, aunque sin haber logrado abatir realmente al coco del campeonato. Los jóvenes Orlando Magic habían osado mojarles la oreja en el pasado, pero Shaquille O´Neal fue seducido por los cantos de sirena de California. Tras ganar 7 de sus 8 encuentros de postemporada (Charlotte y New Jersey), parecía que únicamente Stockton y Malone podrían cuestionar el inexorable anillo de MJ, el eterno dorsal 23, quien había cumplido la profecía de Chuck Daly: "Es bueno, muy bueno. Es tan bueno que va camino de avergonzar al resto de la liga"



Pocos habían prestado la debida atención a una escuadra dirigida por Larry Bird, antiguo ídolo del Boston Garden, la cual había ganado con mucha solvencia a Indiana y New York. Dominar con tal claridad a los Knicks debía ser una advertencia a navegantes, si bien la jordan-manía no parecía concebir que aquellos Indiana Pacers fueran hacer alguna otra cosa que una muesca más en el revólver. Los dos primeros encuentros del United Center parecieron confirmar los augurios. Indiana no jugaba mal, mas los Bulls subían de marcha en el momento oportuno para ganar con comodidad en los últimos cuartos. 


Muchos parecían haber olvidado que los aspirantes a desbancar al campeón empataron a 2 en sus encuentros de regular season. En el pasado, Reggie Miller, el escolta estrella de la escuadra, se las había tenido e intercambiado golpes con Jordan, cuando ambos comenzaban en la NBA. Ahora, los dos genios estaban alejados de aquellos muchachos de talento exuberante e impulsivo. Michael dominaba todas las facetas del juego, entendía a la perfección el sistema de triángulo de Tex Winter y el concepto de liderazgo espiritual de Phil Jackson; por si fuera poco, si todo fallaba, el 23 recurría a sus viejos trucos de anotador total para llevarse el encuentro. Miller era un deportista de perfil diferente. 




Reggie fue seleccionado en el draft con pitos por un estado que se jactaba de que en el resto del país era solamente baloncesto. Allí, al igual que Lietuva, los aros eran una religión. Miller estaba oscurecido por su hermana, considerada una de las jugadoras más importantes de todos los tiempos. Delgado y con poco físico, era un escolta que nunca dejaba de moverse. Larry Brown le enseñó todo lo relativo a aprovechar bloqueos, mientras que Bird, un genio disputando partidos de alto voltaje, le supuso la madurez definitiva para los instantes de la verdad. Fruto de ello, Andrés Montes inmortalizó una frase en las eliminatorias por el título: "Tiempos de un killer, tiempo de Miller". De los abucheos iniciales, el Conceso le había adoptado ya como ídolo y hombre fuerte para darle la vuelta a una serie que iba muy cuesta arriba. 




No tendría que hacerlo solo. La gerencia de Indiana había drafteado, intercambiado y comprado al más puro estilo de la triple B (bueno, bonito y barato). Miller contaba con un base genial, Mark Jackson, trotamundos de la NBA y un adalid de la generosidad y manejo del esférico. Desde Holanda, había llegado el educado y correcto Rick Smits, un pívot que tuvo un doctorado bajo tableros con Patrick Ewing, quien lució un rapado total para la visita de Chicago. Otros nombres a destacar, dentro de un conjunto muy equilibrado, eran el pícaro Jalen Rose (joven talento surgido de aquel hermosísimo sueño de verano que fueron los Fab Five de Michigan) y Dale Davis, todo un guardaespaldas de los tableros, alguien capaz de hacer todo el trabajo sucio que una serie como la que iban a tener exigía. 


En un cansado tercer choque, los visitantes tenían colchón de dos puntos. Entonces, Reggie se dispuso a hacer uno de sus mejores trucos, una picardía que se haría legendaria, a costa de todo un héroe. Saliendo de la marca de Harper, el número 31 de los Pacers empujó a Jordan, quien iba a la ayuda. El astuto y tramposo Miller encontró la décima de segundo que necesitaba para hacer un triple increíble. La indignación de Jordan y el Maestro Zen sería legendaria. Sin embargo, el destino había movido sus cartas y los duendes de la tierra del maíz hicieron lo propio para escupir el certero tiro a tabla de Jordan. 




El taimado y astuto plan de Bird y su staff técnico iba materializándose. En otro encuentro agónico, los Pacers empataron la serie, justo cuando muchos parecían empeñados en enterrarlos. Ahora, Chicago miraba de reojo a Utah, donde los Jazz iban aplastando a sus oponentes del Far West. Aquel año, los de Jerry Sloan tenían ventaja de campo y estarían muy descansados. Si los Bulls tenían prisa, Reggie y sus muchachos iban a jugar con esa ansiedad como nadie antes lo había hecho en el Este. 




Un quinto encuentro siempre era bravo, pero los orgullosos inquilinos del United Center tenían demasiados argumentos. Hombres como Toni Kukoc, el excelso genio croata de aquella privilegiada generación balcánica, apoyó a Pippen y a MJ para que nos e vieran demasiado solos. Pese a ello, Bird no alteró las coordenadas de su plan, el cual había previsto una serie agotadora y a largo plazo. El sexto día, utilizando a perros de presa como Aaron McKie (quien había hecho historia en el basket de instituto de Filadelfia con Rasheed Wallace y a las órdenes del rígido pero sabio Bill Ellerbee), los Bulls vieron algo insólito: Michael Jordan cansado.  



Ante los medios, MJ pronosticó la victoria en el séptimo. Se trataba de la autoconfianza de un genio, un grito de ánimo a sus compañeros, sin embargo, nadie hubiera apostado, antes de comenzar, que el mejor jugador del planeta tuviera que recordar aquella supremacía. Ningún equipo había sido capaz de ganar en cancha contraria. Pese a ello, los de Bird salieron a mojar la oreja a una de las mejores escuadras de todos los tiempos. La grada que había celebrado cinco anillos enmudecía, mientras los ajustes, bloqueos y ritmo lento de los de Indiana iba adormeciendo un encuentro que se ajustaba perfectamente a sus intereses. 



13 puntos de colchón que no entraban en ninguna quiniela. Fue un momento donde los campeones demostraron de que estaban hechos. Cada intensa e inteligente defensa de Indiana era respondida con la fe incombustible de Pippen, Jordan y Rodman, quienes intentaban derribar la muralla a base de rebotes defensivos. Lenta, aunque inexorablemente, fueron recortando el marcado, si bien, los de Reggie Miller no habían dicho su última palabra. Llevaban de tapados durante aquella agotadora final, era el momento de que les mostrasen el respeto debido. 



Bird tuvo el honor de que ver cómo sus pupilos provocaban que uno de los mitos más grandes del deporte se arrojase al suelo con ellos en cada rebote, metiendo manotazos y recibiéndolos... Indiana no iba a ser ningún paseo, ni siquiera para aquel ogro infernal que parecía decidir los partidos cuando el héroe de Space Jam lo determinaba. Un milagrosa lucha de balón acabó con el sueño de los Pacers, quienes perdieron por apenas cinco puntos en su séptimo encuentro. Hombres como Travis Best eran la viva imagen del cansancio y el orgullo. Hacía seis partidos, había mirado extrañado a Bird cuando le dijo que él cubriría a MJ. Ahora, se podía considerar uno de los defensores que más le había hecho sudar. 



Aquel día, Chicago empezó su andadura a un épico sexto anillo, batallando a brazo partido con los mejores Utah Jazz de toda la historia de la franquicia mormona. De cualquier modo, a un servidor le gusta pensar que aquellos Pacers ganaron en aquella peleada y valerosa derrota algo más, un pedacito de tierra en el Olimpo baloncestístico que desde entonces solamente les pertenecería a ellos. 

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