lunes, marzo 23

"Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante". Pocos equipos han ejemplificado en una pista la esencia del significado de los apasionados versos de uno de los poemas más recordados de Jaime Gil de Biedma que la Cibona de Zagreb de la la década de los ochenta. Cuando se está en la flor de la vida, la muerte es algo que les pasa a otros y que permanece ajena las almas que quieren quemar todas las etapas demasiado rápido. Y así fue, la capital croata asistió a un jauría hambrienta que no quería dejar ni una pequeña gota de los vasos que bebían con fruición, como si no hubiera un mañana. Los más veteranos del lugar recordarán aquellos tiempos con una sonrisa agridulce de nostalgia.   




Eran los choques donde el talento y el carácter del baloncesto yugoslavo generaban amores y odios incondicionales. Arvydas Sabonis expulsado en la final europea entre Zalgiris y Cibona, el frustrado y genial pívot lituano ejemplificó con su puñetazo de impotencia, así como la capacidad de tensar la cuerda de quienes eran conocidos como los lobos de Tuskanac, barrio del club de donde les venía el apodo, martirizadores psicológicos de sus oponentes, por lo civil o lo criminal. Una manada que, con su equipación azul, no hacía prisioneros. En pocas batallas hallaron más placer que las planteadas bajo los aros del Real Madrid, junto al TSK de Moscú, uno de los tótems de los grandes clásicos europeos desde siempre.




Sin embargo, probablemente para uno de los cachorros, aquello era algo más que un gran rival.  La antigua Ciudad Deportiva madrileña era el escaparate ideal para darse a conocer en el Viejo Continente. Drazen Petrovic, nacido en Sibenik, era un hombre con las ideas claras y una obsesión en su juego: anotar más que nadie y ser el mejor. Había cumplido el servicio militar con su país, justo para sorprender al decidir no ir a jugar en la universidad norteamericana de Nôtre-Dame, fichando por la Cibona, la cual ya había reclutado a su hermano mayor, Aleksandar, un brillante jugador que había sido pieza clave para que los de Zagreb lograsen un exitoso triplete.  




Pese a ello, Mirko Novosel, zorro de los banquillos de Europa del Este, no estaba contento. Su escuadra había cogido hábitos de nuevo rico y su última participación en la Copa de Europa se saldó con un pésimo balance. Por ello, no se debía culpar al siempre taimado Lolo Sainz, míster sempiterno del Real Madrid, cuando especulaba con la importancia de ganar en Zagreb, pues era una de las visitas, sobre el papel, más factibles de llevarse. Craso error. El aullido se escuchó en todos los rincones del Palacio del Hielo, la guarida de la Cibona. Sin pretenderlo, era el origen de unas hostilidades deportivas sin punto de retorno.



La cifra resultó mareante. En la liguilla para dirimir los dos gallitos que se decidirían la Copa de Europa en Atenas, Drazen Petrovic firmó 79 puntos sumando ambos encuentros. No es fácil decantarse sobre qué pesaba más, el nombre del club o la escuadra concreta a la que se lo había infligido. Por aquellos días, el Real podía colocarle perros de presa de la talla de Juan Manuel López Iturriaga, mientras que la zona interior blanca se custodiaba por, entre otros, un tal Fernando Martín, un  adelantado a su tiempo para la liga española en condiciones físicas, fruto de la inagotable cantera del Estudiantes. Dio igual, los jóvenes lobos y su dorsal 10 se pasearon en esos duelos, aprovechando su condición de perita en dulce de un grupo de la muerte con nombres de la talla de Maccabi de Tel Aviv o Simac de Milán.




Con todo, los pronósticos no se iban a cambiar por un par de resultados afortunados. A la capital helena, el Madrid llegó con el cartel de absoluto favorito, apoyado por la sabia dirección de Juan Antonio Corbalán, el doctor, uno de los bases más preclaros que recuerda el campeonato español. Y, a juzgar por el show desplegado por Fernando Martín en la primera parte, nadie era exagerado por pensar que la Cibona había hecho mucho al colarse en aquella final, pero que el campeón tumbaría al osado aspirante que le mojó la oreja en dos afortunadas ocasiones, poniendo a los hermanos Petrovic y sus camaradas en su sitio. Pese a todo lo dicho, Drazen tenía otros planes.




Wayne Robinson trató de mantener con su coraje a los suyos en la segunda parte, pero sería un esfuerzo baldío ante los 36 puntos del menor de los Petrovic, abocado a ser el MVP del torneo. Nombres como Zoran Cutura o A. Knego empezaron a hacerse frecuentes a los oídos de los espectadores españoles. La Cibona dependía de su dorsal 10, pero era un conjunto muy inteligente y que no discutía al líder de la manada, al contrario, lo potenciaba. Sainz, quien ya había ojeado a su verdugo cuando era un zagal en Sibenik, no se lo podía creer, su poderosa escuadra no pudo aguantar ese ritmo en el segundo tiempo.



   

La herida tardó mucho en cicatrizar. Novosel y su cuerpo técnico eran un staff yugoslavo del más alto nivel, pero comulgaban, igual que sus pupilos, con una guerra dialéctica y de provocación que incluyó episodios tan bochornosos como el escupitajo de Petrovic a Fernando Martín en su primer duelo. Todo se agravó la temporada siguiente, el genio de Sibenik llevó a los suyos a su segunda Copa de Europa consecutiva, sin ceder un encuentro en su feudo. Pero el día D y la hora H fueron los 49 tantos y 11 asistencias del torturador más talentoso en su visita a la capital española el 17 de enero de 1986.



En Concha Espina no se recordaba una paliza así desde hacía mucho tiempo. La Cibona había perdido a Aleksandar por su servicio militar, también su juego interior estaba en renovación (entraban nombres como Vukicevic o Arapovic), pero daba igual, se amparaban en un deportista que estaba inventando un estilo. Sus cruces entre las piernas, las míticas fintas antes de lanzar la suspensión, su lengua fuera y manipulación de todo lo que estaba en la cancha bastaban para que el Palacio del Hielo siguiera inexpugnable en Europa. El Madrid invirtió un buen dinero en hacerse con los servicios de L. Townes, un más que profesional defensor para parar al incombustible yugoslavo. Ni él, ni del Corral, ni Iturriaga ni los otros marcadores lo consiguieron. 5 duelos, otras tantas derrotas, cada una con un decibelio más de provocación. 




El fichaje de Townes y el buen hacer de Sainz y la institución blanca permitieron mantener, un duro año más, el dominio en España, aunque el Barça era una fuerza pujante y su directiva soñaba con juntar los destinos de Epi y Drazen en una especie de celada mortal para su Némesis en las canastas. Pero, paradójicamente, todo el dominio que exhibían los de Zagreb internacionalmente se iba marchitando en Yugoslavia, Un campeonato doméstico feroz (pensemos en la Jugoplastika) y donde el legado de los Kikanovic y cía habían encontrado más que dignos herederos. 




Las siguientes campañas confirmaron el cansancio de los dos irreconciliables rivales. Drazen volvió a sacar fuerzas para liderar a sus lobos a la Copa Korac, si bien su Cibona había dejado de ser aquella invencible máquina en eliminatorias, aunque el Palacio del Hielo seguía siendo territorio vedado. Defendiendo el título, avanzaron ronda tras ronda... Como pueden imaginar, al final del camino esperaba cierto equipo con el dorsal blanco. 




Fue una batalla extraña, donde uno y otro equipo parecían cansados. Ya estaba más que consolidado el rumor de que Drazen, si no se iba directamente a la NBA, jugaría para el Real Madrid. Se reconocía a la bestia negra, si no puedes con tu enemigo, únete a él. Atrás quedaban aquellos días donde el púbico español se volvía ruso con tal de fastidiar a los yugoslavo en general y Petrovic en particular. Incluso el espectacular torneo navideño de la casa blanca era empleado por el astuto Sainz para calibrar estrategias defensivas contra el pistolero. Tras concienzudos análisis, siempre apostillaba la misma conclusión: "¿Cómo pararlo? Hay que hacer un muy buen partido... y rezar".


Y así, un tanto desangelado, comenzó una ida donde los blancos fueron imponiendo su ley. Fernando Romay, el gigantón benigno, era una de las más visibles muestras de la evolución que puede alcanzar un jugador con esfuerzo y sacrificio. Pívot atípico, Corbalán siempre elogiaba su singularidad para explicar un factor X del éxito del basket hispano de la década de los 80. Sin embargo, pese a su excelente trabajo en las sombras, los focos se los llevó Wendell Alexis, el norteamericano del Real Madrid que logró tirar al suelo a Arapovic, en un mate de concurso. Aquello electrificó a la grada y llevó en volandas a una victoria por 13 puntos que dejó toda la presión a la Cibona. 



Los medios europeos señalaron a un Petrovic irreconocible (apenas 2 puntos en la segunda mitad, tras haber firmado 19 al comienzo), acusado de hacer guiñitos al equipo que le tenía ya fichado. No conocían a Drazen. Había dejado ser invencible ante el Madrid, pero contaba aún con sus lobos y el Palacio del Hielo. La mística pareció sonreír a los balcánicos cuando Corbalán, modelo de seriedad, perdió el vuelo a Zagreb por un error en el aeropuerto. Su técnico le castigó con una nula presencia en la primera parte que fue aprovechada por un Drazen poseído. Su afición olvidó que era el último año que le tenía, vitoreando cada penetración suicida y triple milagroso. De repente, los lobos de Tuskanac volvían a hacer lo que mejor se les daba, despedazar a hombres de blanco. 




75-58. Para colmo de males, ni la ausencia de Petrovic unos minutos con la ceja rota había servido a los merengues para recortar el marcador. Muchos recordarían las bajas en la enfermería de los hermanos Martín, era el momento de bajar los brazos y admitir lo inevitable. Entonces, ocurrieron 8 minutos de fantasía que se resumirían en una frase cruel para los lobos, pero no menos cierta a lo que ocurrió: lo que le costó a la Cibona todo el partido se truncó en menos de diez. Con el incombustible Alexis, Corbalán, Biriukov (enemigo íntimo de Drazen) e Iturriaga encabezaron un corre-calles que arrancaba en los rebotes de Romay y terminaba con una contra en avalancha para la que no hubo respuesta yugoslava. 




Todo podría resumirse en una secuencia: el doctor Corbalán encabeza una nueva marcha de flechas blancas, dibujando un precioso pase para la fácil entrada del célebre palomero. Itu, una de las víctimas predilectas de Petrovic, no se conforma con los dos puntos y presiona a sus rivales al subir la pelota, un esfuerzo ingrato que permite que el esférico quedé en tierra de nadie, nuevamente Iturriaga logra quedárselo y se lo manda a su base, los papeles cambiados para rematar una oleada mágica. Drazen, en una demostración de grandeza, no especula con la prórroga para morir en la orilla, su último triplazo sirve para guardar la honra, 94-93. 4 años con Drazen, 4 años invictos continentalmente en el Palacio del Hielo, aunque eso no salvaguardaba la revancha más dulce. La Korac viaja a Madrid. Petrovic lo haría poco después. Pero esa historia habremos de verla otro día.
  
FOTOGRAFÍAS (PROCEDENCIA DE LAS IMÁGENES EMPLEADAS EN EL ARTÍCULO):


http://kezdo5.hu/europa/blogok-a-kosarlabda-mozartja-4315




http://www.realmadrid.com/sobre-el-real-madrid/historia/baloncesto/1981-1990-bodas-de-oro-fernando-martin-y-petrovic




http://www.losojosdeltigre.com/el-club/Trophy/KC




http://www.milanuncios.com/revistas/real-madrid-copa-korac-1988-131131281.htm

BIBLIOGRAFÍA Y RECURSOS EN RED:


CORBALÁN, J.A., El baloncesto y la vida, Ediciones JC, Madrid, 2014.



ESCUDERO, J.F., Drazen Petrovic: La leyenda del indomable, Ediciones JC, Toledo, 2006.



ITURRIAGA, J., Ahora que me acuerdo, Turpial, Madrid, 2014.



BLOG JORDAN Y PIPPEN: LA ÚNICA VICTORIA DEL MADRID SOBRE PETROVIC



VÍDEOS ENLAZADOS RECOMENDADOS:


PETROVIC, FINAL DE ATENAS (1985)





WENDELL ALEXIS SOBRE ARAPOVIC




FINAL COPA KORAC (1988) (VUELTA)
lunes, marzo 16


Quienes asistieron a aquella cita en Ginebra recuerdan a Epi casi levitar. Marzo estaba a punto de expirar en una jornada europea de 1984. El Barcelona se encomendaba a su mejor jugador para lograr consolidar un arduo y trabajoso re-ascenso de la sección. Los pupilos de Antoni Serra habían dado el do de pecho para llegar hasta allí. Algunos como Ferrán Martínez, uno de los jóvenes talentos interiores de los culés, escuchaban el partido por la radio, puesto que su salud no le permitió estar en aquella cita. Durante 20 minutos, las suspensiones de Epi y los rebotes de Starks y Davis mantenían un cómodo colchón de más de 10 puntos ante el poderoso Banco di Roma. En juego estaba la ansiada Copa continental, un cetro que debía consolidar un ascenso de los azulgranas a la élite de la canasta. 




Y es que la década de los 60 española había pertenecido al Real Madrid. El Barcelona dejaba languidecer la disciplina, mientras que el Joventut, con un trabajo muy bien hecho, se consolidaba como la más seria alternativa a los merengues, un aspirante mucho más sólido que sus rivales locales. Pero entonces resucitó el interés en la Ciudad Condal, fundamentalmente gracias a un nombre: Ranko Zeravica, un formador de talentos, los ojos que necesitaba tener la nueva escuadra para recuperar el tiempo perdido. Paciencia y trabajo. Ambas cualidades las reunía un espigado jugador de origen maño que pasaba muy desapercibido a la sombra de su hermano mayor y de escasas condiciones naturales para el basket: San Epifanio. Lo de súper-Epi vendría después. 



Lo suyo no era ser un talento precoz como algún ilustre compañero de generación (Iturriaga, por ejemplo), o de una superioridad física al estilo de Fernando Martín. La gran baza de Epi era una ética de trabajo incansable, sobre eso descansó una filosofía que lo llevó a sobrepasar cualquier expectativa. Su fiabilidad como lanzador permitió al Barça consolidarse en la Liga como un candidato de pleno derecho. Aquel día ante los hijos de la loba, estaba a muy pocos minutos de coronar una actuación brillante, más de 30 puntos. Era su día, el momento en que sus compañeros y él reirían por los sinsabores pasados, todos los complejos quedaban enterrados. Pero no fue así. 



Larry Wright había esperado su oportunidad. Lo apodaban la Libélula. Un norteamericano astuto, un anotador que había sido reserva en los Washington Bullets campeones; es decir, un profesional que se las sabía todas y se ganaba con honradez sus liras transalpinas. No podía saberlo, pero compartía ya un credo común con un jovencito llamado Michael Jordan: Si vas a perder, hazlo tirando y sin dejarte nada. Aquel habilidoso y descarado jugador que monopolizaba las posesiones se lanzó sin piedad a las trincheras blaugranas. Empezó a entrar todo lo que no había ido bien en la primera parte. 




Wright y Epi lucharon por ser los héroes de aquel duelo de campeones. Sin embargo, el tan temido "entorno" en Can Barça del que hablaba Cruyff encontró su villano predilecto en Chicho Sibilio, el tirador de exquisita técnica, sutil, elegante y con una filosofía de vida diferente al lacedemonio aragonés. Se podía barajar que el fino estilista no sería un marcador terrible para la iluminada libélula, pero los bajos porcentajes de Sibilio cara a canasta era algo que ni Serra ni ningún otro miembro de su staff se habían planteado. Por ahí empezó a desangrarse la escuadra catalana. 



La locura se apoderó de los protagonistas. El estadounidense disfrutó de la tensión del momento cuando a otros les hubieran temblado las piernas. A veces, generaba la impaciencia de Solozábal y cía con sus largas posesiones, botando y botando, ignorando a árbitros, compañeros y rivales. Entonces, penetraba y lograba un jugoso botín. En otras, cuando todos confiaban en que aguantaría la bola para mantener la ventaja, armaba el brazo en apenas unos segundos. Y su talento y los aros decidieron que así estaba bien. 



Psicológicamente, esa fortaleza de su mejor jugador se contagió al resto del Banco di Roma. Serra sentó unos minutos a Epi por no exponerlo a la dureza que le estaba reservada tras su show del primer tiempo. Cuando esos momentos en la banca coincidieron con los problemas de faltas personales de De la Cruz y otros interiores, la segunda parte cambió. Bianchini, zorro italiano en la banca, casi se podía leer tras su astuta mirada, oculta bajo sus gafas, aquella máxima de: "Me encanta que los planes salgan bien". 



Los rostros de unos y otros no dejaron lugar a dudas. Particularmente dura era la semblanza de Manolo Flores, un guerrero de aquel primerizo y renovado Barcelona de basket que comenzaba a dar sus primeros y tímidos pasos en la alta competición. El veterano de tantas batallas había decidido que era su último partido con aquellos colores que defendía con uñas y dientes. Wright añadía otro título a su brillante palmarés, luciendo unos saludables 33 añazos. 


Características excepcionales que llevaron a sacar dolorosas conclusiones en Ginebra. Tener tan cercana una Copa de Europa dejó un poso de ansiedad y nervios en un club sediento de aquel premio; si bien, la valiosa lección romana permitió a aquel proyecto consolidarse. Apenas un año después, Epi y compañía viajaban a por otro cetro europeo, nada menos que la Recopa. Nuevamente, los medios incidían en que estaba en juego el primer trofeo internacional de la sección. El rival era el poderosísimo Zalgiris Kaunas de Arvydas Sabonis, una presencia interior sin comparación con el resto de sus colegas continentales, el bote de un base, el cuerpo de un panzer soviético y una visión de juego de un entrenador. 



En aquella ocasión, Flores sustituía a Serra, a quien dedicó aquel triunfo en Grenoble... aunque, por poco se repite la historia. Los culés dominaron la primera parte por 51-35. Pero ya habían caído en tres finales anteriores de estas características, poner la pica en Flandes no sería fácil. Wright les había enseñado que la piel del oso jamás debe venderse antes de la caza. Y, además, aquella vez ya se había introducido la línea de tres puntos. Aquellos lituanos (por aquel entonces, bajo la órbita soviética), contaban con un genio llamado Kurtinaitis, quien abanderó la furiosa remontada de los suyos en la reanudación. 




Pero sus oponentes ya no eran aquellos talentosos bisoños que podían bajar la guardia. Sibilio, el artista, el tipo con sangre helada en las venas, aquel espigado anotador de ébano que generaba adhesiones y aversiones a partes iguales en la grada, se destapó con 29 puntos que hicieron a sus compañeros mantenerse firmes en la fe de que aquella fiesta, ahora sí, era la suya. También hubo ventajas como la baja en aquella final de Iovaisha, tercer espada en importancia tras el zar Sabonis y el pistolero Kurtinaitis. 




"El Lagarto" De la Cruz fue pieza básica de la pizarra defensiva, su pegajosa marca a Sabonis le limitó a 14 puntos, cifra más que aceptable, pero muy lejos de lo que el brutal talento podía hacer en una cancha cuando se le dejaba a sus anchas. Epi, siempre paradigma de la regularidad constante, brindó sus 18 puntos de rigor, dejando la batuta a un Solozábal que hizo mantener la cabeza fría a sus camaradas, cercados por la vigorosa arremetida de la oleada verde. 




Un tapón de Sabonis permitió a Kurtinaitis tener la opción de empatar o ganar el encuentro. Sin embargo, la suerte parecía tenerle reservada una los de Flores, el infalible anotador erró, o el balón no quiso entrar. La contra acabó con un furioso mate, firmado por el Lagarto. Mejor imposible. Sibilio acabó arrodillado a mitad de pista, mientras una marea de 5000 aficionados invadía amistosamente la ciudad gala. 



Finalmente, la generación se Epi se había graduado.  

FOTOGRAFÍAS: 

http://www.blaugranas.com/wiki/epi



http://hemeroteca.mundodeportivo.com/edition.html?bd=30&bm=03&by=1984




http://www.mundodeportivo.com/20130521/baloncesto/sabonis-leyenda-baloncesto_54374177184.html




ENLACES DE INTERÉS: 



FINAL BANCO DI ROMA-BARÇA (YOUTUBE)



FINAL RECOPA ZALGIRIS-BARÇA




lunes, marzo 9

No hay nada como el Madison Square Garden cuando las cosas marchan bien. La frase es de John Starks, compañero de fatigas de Anhony Mason. O, si permiten la malicia, Anthony "House" Mason, porque decían las malas lenguas en la Gran Manzana que el esforzado jugador podía construir una casa amplia con los ladrillos que tiraba en la línea de personal. Pero no nos pongamos exquisitos, Shaq será considerado uno de los mejores jugadores de la Historia y no era precisamente mecánica balcánica en esas lides. 



Aquellos New York Knicks de los 90 no eran, parafraseando a Reverte, los más piadosos o los más elegantes sobre el parquet, pero eran un equipo valiente. Había que serlo para plantarle cara a los todopoderosos Chicago Bulls de Michael Jordan, a quienes llevaron al límite en varias ocasiones. Mason era una definición perfecta de aquel conjunto mandado en la banca por Pat Riley. Incansable, guerrillero, de trincheras, reboteador, agresivo, ganador... Cuesta pensar que un tipo así se vaya. La vida solamente le pudo ganar a los puntos el combate a 15 asaltos. 




Aunque el grandote pasó por varias franquicias en la NBA,a Never Shall Me Down le cuesta imaginárselo con otra elástica que la de la Estatua de la Libertad. Para el recuerdo aquellas finales a cara de perro contra Thorpe, Olajuwon. Horry y cía, siete partidos sin prisioneros. Tampoco fueron mancas aquellas contiendas contra un tal Reggie Miller y sus Pacers. Lo definía perfectamente un vídeo que le dedicó la franquicia a la que tantos minutos honró: Once a Knick, always a Knick. 



En una triste coincidencia, el baloncesto bávaro también está con la bandera bajada. Generalmente, cuando hablamos de Alemania y los aros, el primer nombre que surge en la mente de todos es Dirk "Robin Hood" Nowitzki, leyenda mundial de este deporte. Sin embargo, los nostálgicos del lugar sacarán (con toda justicia) recuerdos del pionero Detlef Schrempf, uno de los primeros grandes nombres europeos en consolidarse en la NBA, Pero ay, ingrata memoria, no conviene olvidarnos de que existió un señor llamado Christian Welp.



Hombre clave en la medalla de oro que los teutones ganaron con brillantez en el torneo europeo de 1993, Welp era un gigante de sonrisa benigna que empezó a ganarse una sólida reputación bajo tableros en la NCAA, defendiendo a la universidad de Washington. Estrella indiscutible de los Huskies, Welp tenía un futuro muy prometedor que consolidó internacionalmente con su país, si bien no logró encontrar el acomodo que su juego merecía en la NBA, a pesar de pasar por franquicias del renombre de los Sixers o los Spurs.



Su fallecimiento, junto con el de Mason, nos privan de dos de aquellos tipos altos, fuertes y callados que hubiera dicho Tony Soprano al recordar a Gary Cooper, esos que quieres tener cuando hay que jugarse sacar las castañas del fuego o perderlas.


Dos adioses que no querríamos haber dado, siempre iban a ser en mal momento. Cuestión muy diferente es hacer referencia a una imagen que la Liga Endesa protagonizó en uno de sus partidos más atractivos, un Caja Laboral-Bilbao Basket. Generalmente, un encuentro atractivo, intenso y disputado de poder a poder. No obstante, hubo un protagonista indeseable y que ensombreció un choque que siempre suele satisfacer a los gourmets ACB.



Una expeditiva falta de Shengelia tuvo el efecto indeseable que los más viejos del lugar recordamos para un fantástico Pistons-Pacers que acabó en la locura del Palace. Ahora no eran Ron Artest y Ben Wallace, fue Todorovic quien entró al trapo al ver la fea acción, iniciándose una serie de fuegos cruzados que hicieron frotarse los ojos de vergüenza e indignación al público, el duelo no merecía aquello. Cualquier persona que haya jugado sabe de los riesgos de un partido intenso, de cómo una palabra o una fea acción pueden escaparse al más tranquilo de los mortales. El problema es cuando esa locura transitoria se contagia a todos los integrantes, más entre profesionales, individuos de más de dos metros de altura buscándose para felicitarse las futuras Pascuas.



Alex Mumbrú, jugador veterano en mil lides y perro viejo de olfato fino, tardó poco en pedir disculpas por lo que todos los jugadores habían brindado, un dantesco espectáculo. Un partido que ya estaba sentenciado y que abrió una caja de Pandora que siempre corre el riesgo de abrirse. Si no eres capaz de mantener los nervios cuando los demás la están perdiendo...