lunes, abril 13


El protagonista: Un zar desahuciado


Campeón del mundo. Finales europeas. Pesadilla de los todopoderosos Estados Unidos. Figura máxima de la potente selección masculina de basket de la URSS. A la altura de 1989, cuando se decía su nombre, muchos aficionados no podían dejar de lanzar un suspiro de decepción, una sensación agridulce, las expectativas más altas que nunca se habían dado... maldito tendón de Aquiles. El propio Drazen Petrovic eligió a nuestro protagonista de hoy como el mejor jugador que nunca vio el Viejo Continente. Un CV que invitaba a pensar en un hombre mayor, un venerable veterano de 2´20 metros. Pero no, Arvydas Sabonis apenas tenía 25 años. 




Un milagro deportivo surgido de la oprimida Lituania de la época. Habríamos de esperar al surgimiento de un tal Dirk Nowitzki para ver algo parecido en nuestra parte del hemisferio. Tampoco hay muchos parangones en tierras norteamericanas, salvando a aquel rubio alero en Frenck Lick (Indiana) que era custoriado como un secreto de una universidad modesta en el prestigioso circuito de la NCAA. ¿El descubridor de Sabonis? Juri Fiodorov. Un genio, un iluminado, alguien que amaba el basket más que a los resultados. Porque la insistencia de este formador de talentos permitió regalar a los soviéticos primero, y a los lituanos después, al pívot más atípico que se recuerda. 




Fiodorov no se conformó con que el joven Sabas fuera un mastodonte que abusase de sus compañeros de generación. Arvydas hacía los ejercicios de bote como los demás, debía tener la mecánica de los aleros, asimismo, desarrollar el ojo generoso de sus bases. Muchos años después, su disciplina y capacidad de atender a tan sabios consejos, brindaron un rascacielos que podía destrozar un tablero (trofeo navideño de Madrid) o dar la más brillante de las asistencias con sutileza. 




Gonzalo Gonzalo, entusiasta presidente del Fórum Valladolid en la incipiente ACB, había oído esas historias. Por ello, le extrañaba la falta de arrojo que estaban mostrando los hegemónicos Barcelona y Madrid para hacerse con aquella leyenda, una vez que la perestroika estaba permitiendo el éxodo de aquellos blindados deportistas a otras latitudes. El motivo estaba claro. Sus constantes problemas de rodillas, una extenuante carrera (niño prodigio del basket internacional, sus campañas con el Zalgiris Kaunas se acompañaban de veranos con selecciones de su categoría, convocatorias con los mayores y giras por las universidades americanas) sin descanso que le había dado un desgaste total, traducido en un talón de Aquiles roto. Ficharle era un riesgo que los grandes clubes no iban a tomar.




El oasis pucelano



Gonzalo Gonzalo era terco como una mula y tan ambicioso como sus colegas dirigentes más acaudalados. Una vez se le puso entre ceja y ceja fichar a Sabonis, nada le detuvo, aunque las probabilidades iban en su contra. ¿Un jugador que se había colgado medallas internacionales accedería a ir a un equipo en crecimiento, pero alejado de la élite continental? La respuesta era sí, pero solamente si sabían que teclas tocarle. Arvydas era introvertido y bastante seco en el primer contacto, celoso de su intimidad y alejado de las manifestaciones altisonantes. Por ello, Valladolid se volcó en prometer al crack que estaría  como en su casa. Tendría un cómodo piso en la zona más céntrica de Pisuerga, bien comunicado y tranquilo. Haciendo un nuevo esfuerzo, para facilitar su adaptación, el Fórum ficharía también a Valdemaras Homicius, gran triplista y amigo íntimo de Sabas.



La coyuntura ACB favoreció aquel clima. La marcha de Drazen Petrovic a la NBA había dejado huérfana de una gran estrella mediática al campeonato. Una figura como el lituano era justo lo que necesitaban. Utilizando la ayuda de una compañía de perfumes italiana que quería dar el asalto a España, haciendo las veces de patrocinador, el presidente vallisoletano sorprendió a medio mundo con la adquisición de uno de los deportistas más codiciados de cualquier época. Su físico no era el que solía, pero nunca perdieron la fe.




Todo el cuerpo médico se focalizó en él, especialmente Miguel Ángel Salcedo. Reposo y tranquilidad, acostumbrado a un ritmo agotador de encuentros, disputar en su primer año solamente el campeonato doméstico (una ACB enrarecida, con un complejo sistema de grupos que no venía mucho a cuento), permitió coger aliento al titán. Las pruebas reflejaron que en su pie derecho estaban los grandes inconvenientes del pívot. Sin embargo, le prometieron que con el tratamiento adecuado podrían ponerle a punto para su gran sueño: jugar la NBA.




No era una fe infundada. El Valladolid empezó a ganar partido tras partido. En su primera derrota, acontecida en Sevilla, el antiguo astro de la URSS de disparó a los 44 puntos. El ritmo de competición le beneficiaba. El Fórum se metió en los Playoffs. Tocó el completísimo Joventut de Jordi Vilacampa (recordar anterior entrada), pero las sensaciones fueron inmejorables. No obstante, Sabas seguía perdiéndose un ritmo alarmante de partidos por molestias físicas.


No es bueno que el mito esté solo... 



El buen doctor se encontraba en un plácido retiro. Tras haber dirigido como un maestro la batuta del Real Madrid, con su carrera profesional bien orientada a la medicina, Corbalán renunció incluso a una suculenta oferta en Israel para volver a ponerse los pantalones cortos y a botar un balón. Pero Gonzalo Gonzalo y su equipo seguían sin admitir un no por respuesta. Su insistencia y la nostalgia de uno de los héroes de la plata de Los Ángeles por la cancha le llevaron a aceptar aquella oferta. No debió de pesar poco el hecho de compartir vestuario con Sabonis.



Un nuevo fichaje que traía una influencia muy positiva. Corbalán habló con el lituano y le hizo comprender lo importante que era para los más jóvenes de aquel club, quienes le veneraban como una leyenda. Le convenció de que, incluso cuando estaba lesionado, era muy bueno que lo vieran por las instalaciones de Pucela, su mera presencia espoleaba a los suyos. Homicius no estaría aquel segundo año, pero la directiva le trajo a otro compinche a su altura, Tikhonenko.



Fue un año mágico... y que pudo ser mejor. Si bien bajo un poco sus estadísticas al comienzo del curso por su salud, Arvydas terminó desplegando toda su magia en la cancha. Hasta tal punto llegó que en los cuartos de final pusieron a uno de los favoritos indiscutibles al título, el Barça de Epi, contra las cuerdas. En vísperas de jugar la F4 contra la antigua y temible Jugoplastika, el conjunto culé perdió el factor cancha y se la jugó a vida o muerte contra la escuadra púrpura del Pisuerga. El encuentro fue una guerra aún hoy recordada.



Con el gran Audie Norris lesionado del hombro derecho, pero heroicamente en la cancha, Sabonis abusó del juego interior blaugrana como nadie lo había hecho en mucho tiempo. Se mascaba la tragedia, a pesar de que Solozabal y Epi mantenían con su casta a una escuadra con muchos frentes por cubrir. No obstante, para frustración eterna del lituano, el arbitraje distó mucho de ser casero. Decisiones muy controvertidas acabaron con los anfitriones viendo como sus oponente sobrevivían y regresaban a un Palau donde ya no podía haber confianzas en milagros. Sería una de las mayores frustraciones de nuestro protagonista en aquel periplo.



Remember my name


Había vuelto. Todos se frotaban los ojos, pero el descanso y los mismos de una ciudad española entregada a su causa le habían permitido reconstruirse. Incluso contraer nupcias, Sabas sentaba la cabeza, mientras llevaba al Fórum a quedarse a un partido de disputar la final de la Copa Korack. Noches europeas para la nostalgia, doblegando al poderoso Cantú, llevando por todos los rincones del continente la camiseta púrpura.



Mike Schlegel fue el último de los grandes fichajes que hicieron para acompañar al pívot. Un nuevo año donde se saldó con garantías la fase regular, pero no los playoffs, siempre duros ante equipos de mayor presupuesto, fondo de armario y bula arbitral. Ya empezaba a rumorearse el inminente fichaje de la estrella para el Real Madrid, huérfano de una poderosa referencia interior desde la reciente tragedia de Fernando Martín. Al poco, el lituano les hacía triunfar en la Final Four, pero eso es ya otra historia.




El divorcio no fue tenso. Más bien, era una pareja que se había querido mucho y cumplido un ciclo. Gonzalo Gonzalo y cía eran conscientes de que la orgullosa águila herida que habían recogido necesitaba volver a despegar a altas cacerías. Por su lado, el jugador era sabedor de que aquellos años de trabajo y apoyo de todo el staff médico del club, acompañado de la devoción de una ciudad y sus compañeros, le habían permitido regenerarse así. Sin el Fórum, quizás nunca hubiera podido ir como "viejo" rookie a deslumbrar con su clase a los Portland Trail Blazers.




No fue un adiós, era hasta luego. Sabonis y Fórum habían compartido un hermoso camino. Era momento en Never Shall me Down para recordar ese momento. Hay cosas que no se olvidan, menos en uno de los históricos de la competición doméstica. Días que esperamos que vuelvan a un equipo que ha sufrido la trágica perdida de Lalo García, dorsal 5 del Pisuerga, cuyo trágico final no trunca la impronta y el sello que dejó imborrable en los colores de sus amores.

BIBLIOGRAFÍA: 


GIL, A., Arvydas Sabonis: El zar lituano, Ediciones JC, Madrid, 2013.



GOÑI, I., "Arvydas Sabonis", en ESCUDERO, J. F. (coord.), Extranjeros en la ACB, Ediciones JC, Madrid, 2009, pp. 309-328. 



SABONIS, A., "El 3-0 al Barcelona fue un gran momento", en VVAA., Guía oficial ACB 2003-2004, Marca, Madrid, 2003, p. 149.

FOTOGRAFÍAS: 



lunes, abril 6

Madrid y Barça. Barça y Madrid. Un bipolio en el que todos caemos. El baloncesto español no ha permanecido ajeno a ello. Incluso, parece que molestan esos terceros en discordia, como si pretenderían robar un fuego sagrado que no les corresponde. Afortunadamente, hay criaturas que salen respondonas. El pasado 28 de marzo se celebró el 25 aniversario de la Copa Korac que la Joventut de Badalona obtuvo frente al Scavolini Pesaro, escuadra italiana comandada por Sergio Scariolo y con ilustres nombres en su roster como Walter Magnifico. 



Cuando Jordi Villacampa levantó aquella Copa, una afición y una generación de jugadores respiraron tranquilos. Se lo habían merecido... y desde hacía mucho tiempo. Josep María Margall había liderado a una Penya que en la década de los 80 se hallaba en números rojos. El Barcelona empezó a devorarlo todo, el Madrid siempre estaba allí y los verdinegros no parecían capaces de igualarles en presupuestos. La apuesta de Margall y cía fue clara: cantera y descaro. Entonces, comenzó una revolución que dejó atónitos a los más escépticos. 




Ruf, Pardo, los Jofresa, Montero, etc. Nombres y apellidos desconocidos para el gran público, pero capaces de llenar su pabellón y generar el aplauso de las aficiones rivales. Un juego vistoso y alegre, la capacidad de Villacampa para correr la contra y otras imágenes que quedan indelebles a la entendida afición de Badalona, Sin embargo, el gran riesgo fue la etiqueta que medios y adversarios le dieron de equipo simpatiquísimo y perdedor a la hora de la verdad. No sos vos, sos yo. Te quiero como amigo. Una daga que, temporada tras temporada, final perdida que daba a otra caída por menor margen de puntos, siempre cayendo a unos centímetros de la línea de meta. 




Cinco finales de la Copa, una de la Recopa y muchas caricias a la idea de llevarse la Liga. Montero fue uno de los grandes héroes del duelo contra los discípulos de Scariolo, anotando 28 puntos decisivos a la hora de la verdad. Los catalanes vencieron de un punto en Italia y reafirmaron su dominio en la vuelta, logrando una Korac que fue la piedra de toque definitiva para confiar en que era su momento y lugar. Tras la anterior que estaba en sus vitrinas en 1981, era el momento de asentar el proyecto deportivo. De confirmar una dinastía. 



Dinastías: Una pequeña empresa familiar



Tomás y Rafa. Rafa y Tomás. Dos hermanos unidos por el basket y la Penya. Sin embargo, los dos no fueron los primeros del linaje, el dulce veneno de la canasta ya les fue inyectado por su padre, Josep, quien logró alcanzar la internacionalidad absoluta y despuntó en clubes como el Hospitalet. Comencemos por Rafa, Jofresa, el base discreto, el hombre que empezó a la sombra de los Margall, Montero y Andrés Jiménez, para terminar siendo el last playmaker standing, un seguro de vida, desde que Enrique Prats apostó por él siendo un chavalín que no destacaba especialmente en nada. Pero todo lo hacía bien. 



Además, fue una esponja sumamente hábil. Cogió lo mejor de un jovencito Aíto García Reneses y, posteriormente de Lolo Sáinz, uno de los mitos del basket de Madrid, quien impregnó el paladar de sus jóvenes cachorros por mimar el baloncesto y hacer una ofensiva vistosa. Pero Rafa tenía el freno de mano de la coherencia cuando se terciaba. Su hermano Tomás era diferente, la típica dinamita que salía del banquillo y agilizaba el ritmo, ese segundo base por el que suspira el sufrido aficionado cuando no han salido bien los planes iniciales. 



Una cantera que siempre estuvo en peligro. Aíto acabó marchándose al Palau, llevándose consigo a Andrés Jiménez. Sin embargo, los verdinegros tuvieron siempre un fino olfato cuando debían pagar una nómina. Sus norteamericanos fueron buenos, bonitos y considerablemente baratos. Harold Pressley era algo más que un jugador NBA, tenía experiencia previa como campeón de la NCAA; por su lado, Corny Thompson era un estadounidense que se había fogueado en la potente lega italiana hasta llegar a saber latín acerca del basket en el Viejo Continente. Cuando se fue la diferencial figura de Jiménez en su pintura, lograron encontrar a Ferrán Martínez. 




Y en ese vaivén constante brilló Villacampa. Un escolta de 1´97, un jugador atípico y que rompió moldes en el baloncesto español. Uno de los artífices de aquella mojada de oreja al sistema, tras tantos sinsabores. Por primera vez desde 1978, el campeón español no era blaugrana o blanco en su camiseta. Buena parte de la culpa la tuvo un histórico robo de Tomás Jofresa en el Palau. Y, para demostrar que no era suerte, reeditaron a comienzos de la década de los noventa la proeza con un disputado triunfo frente al Real Madrid (3-2). Otro de los sospechosos habituales fue Reggie Johnson, según Villacampa, el mejor extranjero que paseó su clase por allí. Una época que se doctoró en Europa.  




La última estocada



Se había logrado. Los de Badalona habían dejado de ser los más simpáticos del barrio ACB, bueno, lo seguían siendo, pero ahora habían añadido los adjetivos "competitivo" y "ganador" a la hora de definir a su estilo. Lolo Sáinz les llevó con su batuta y estilo de juego al sueño de Estambul. Estamos en el año de 1992. El máster se lo habían sacado en la liga, ahora, iban a por la matrícula. Habían dejado en semis a un potente Estudiantes, con una de las mejores camadas de su historia. Los últimos segundos de aquel choque ante el Partizán de Belgrado permanecen en la retina del buen aficionado. 




Fue una final extraña. En primer lugar, sus rivales llevaban todo el año jugando como locales en Fuenlabrada. Las guerras balcánicas habían provocado aquella medida de urgencia. A pesar del buen trabajo hecho por el Joventut, el conjunto español no tenía ninguna seguridad de que la ansiada Euroliga (competición en la que el poderoso Barcelona de Epi se había estrellado en muchos asaltos, y que el Madrid no alzaría en ese formato de F4 hasta la llegada de un tal Arvydas Sabonis a sus filas) sería suya. En liguilla previa, los dos enfrentamientos acabaron en manos de un conjunto joven y competitivo, comandado por un astuto zorro llamado Zeljko Obradovic. 




Un joven Nikola Loncar, futura estrella del Estudiantes, recordaría a Sasha Djordjevic, base estrella del conjunto, y a los más veteranos del Partizán jugando a las cartas en el hotel de concentración. Llegada la final, todo se presidió de una igualdad impresionante. Dragutinovic fue la gran sorpresa de Obradovic para limitar mucho a Villacampa. Pero el intercambio de golpes fue brutal, Tomás Jofresa logró dos puntos de ventaja que hicieron acelerar muchísimos corazones a miles de kilómetros de distancia. Villacampa recordaría con horror como su compañero Juanma Morales no pegaba un manotazo para alejar el esférico del rápido saque de banda balcánica. 



En verdad, el fenomenal escolta es injusto. Nadie se acordaría de la opción del esforzado de Morales si no hubiera sucedido un milagro, como tampoco vendría a nuestra memoria como una mala decisión el despeje de Vlade Divac en finales de conferencia a décimas del final... hasta que llegó Robert Horry. Los de Belgrado apostaron todo a Djordjevic (que corrió la banda cuando todos los libros hubieran recomendado centro) y se cuadró perfecto para hacer uno de sus primeros milagros en Europa. No existía forma más cruel de perder una final tan importante. ¿Volvía la maldición?    



La Tierra prometida


Más de 11 años sin dejar de estar entre los cuatro mejores del país. Innumerables presencias coperas. El Joventut se había consolidado, uno de los más hermosos proyectos deportivos de las canastas españolas no bajó los brazos y tardó apenas 2 años en volver a una F4. Tel Aviv. En semifinales, se midieron a un Barcelona que aún pagaba el pecado de haber coincidido en su mejor época continental con la insaciable Jugoplastika. El viejo maestro Aíto García Reneses, ahora culé, maniató a sus pupilos con una zona en el primer tiempo. A la vuelta de vestuarios, Tomás Jofresa revolucionó el arranque con dos triples seguidos. Fue el principio de la Penya y el final de las posibilidades blaugranas. 




A aquel duelo decisivo en Israel habían llegado los de Badalona con su anterior verdugo, el joven y ambicioso Zeljko Obradovic, un entrenador ganador y estudioso del juego. Explicó a sus jugadores que ante los Paspalj y Tarlac (puntas de lanza de un Olimpiakos poderosísimo bajo tableros, exultantes tras apear en semis al Panathinaikos) debían plantear un basket que control que habría hecho tirarse de los pelos a los más puristas. El encuentro fue una guerrilla, pero los verdinegros llegaron a los minutos finales con marcador igualado. Justo lo que su míster quería. 



Cara o cruz. La suerte les debía una tras lo de Djordjevic. Corny Thompson inscribió su nombre en la lista de héroes en Badalona, secundando con su triple, los dos previos de Villacampa. Faltaban unos segundos que se hicieron eternos. Errores en los tiros libres de los griegos y un triple errado de Tomic, sin cerrar bien el rebote los catalanes... pero, ¿qué importaba todo aquello? El Joventut se convertía en el segundo conjunto hispano en levantar la Copa de Europa. Era el final de un largo y esforzado camino. 




Con todo, el momento más mágico y de nivel de juego sin ataduras lo habían hecho en otro de sus prodigios cotidianos, aquel Open McDonald de 1991 donde tutearon a los Lakers del Showtime, comandados por un señor llamado Magic Johnson y a quien Rafa Jofresa tuvo la osadía de robar un balón. No podemos culpar a los californianos por ganar apurados; tampoco a que el colegiado omitiera alguna cosa en aquel desenlace. Los pobres no sabían cómo se las gastaba aquel tercero en discordia, ese grande disfrazado de tapado: el Joventut de Badalona.   

BIBLIOGRAFÍA: 


ESCUDERO, J. F., "Jordi Villcampa" y "Rafa Jofresa", en ESCUDERO, J. F., Históricos del baloncesto español, Ediciones JC, Madrid, 2008, pp. 215-241. 



-VILLACAMPA, J., "Lo que tanto se hizo esperar fue sublime", en VVAA, Guía oficial ACB 2003-2004, Revistas Marca, Madrid, 2003, p. 148. 

FOTOGRAFÍAS: 









http://www.eurocupbasketball.com/news/i/97859/sasha-djordjevic-istanbul-s-magic-is-still-alive




http://www.redplanet.gr/basket/euroleague/article1762804.ece/BINARY/original/zar.jpg

VÍDEOS Y ENLACES DE INTERÉS:



ENTREVISTA A RAFA JOFRESA




OLYMPIACOS-JOVENTUT
lunes, marzo 30


La nostalgia y el regusto por el pasado nunca debe impedir aplicar el carpe diem cuando toca. El mensaje de un buen amigo, que de esto sabe, no se me había olvidado: "Cuando puedas, ve el Spurs-Cavaliers. Lo vas a disfrutar". Allí estuvo reservado el visionado hasta el siguiente fin de semana, cuando el eco de la batalla del Álamo ya se había diluido. Pero los grandes partidos de basket tienen la capacidad, como las buenas películas, que conocer el desenlace no impide disfrutarlas. 



Sin duda, uno de los mejores encuentros que hemos disfrutado en lo que va de 2015. Intenso, bien disputado y con dos fantásticos entrenadores en cada lado: el incombustible Popovich para San Antonio, y David Blatt, semidesconocido para el gran público estadounidense hasta este año, pero uno de los místeres más admirados de Europa y muy recordado por su gran papel con Rusia en los pasados Juegos Olímpicos, más que digno inquilino de una Cleveland que ha acogido con los brazos abiertos a su hijo pródigo de Florida, Lebron James, hoy por hoy, la estrella de mayor impacto de la NBA en todos los niveles. 



El 125-128 y la prórroga casi fueron lo de menos. ¡Qué despliegue de ambas escuadras! Dan igual los síntomas que hemos percibido este año (en la revista Gigantes de este mes, Antoni Daimiel firma un artículo espléndido sobre el desgaste de los veteranos vaqueros, si bien uno sigue la teoría de George Karl y no se cree que Laforce esté muerto, sino aguardando a su presa con la mirilla en el punto justo), San Antonio sigue, como escribió Miguel Ángel Paniagua, honrando el baloncesto cada vez que saltan a una cancha. Ya sean los jóvenes como Leonard o ese guerrero discreto curtido en mil batallas llamado Tim Duncan (impecable, preciso como un reloj suizo, ejemplar), todos los Spurs suman y, durante muchos minutos, pusieron a King James y su Corte contra las cuerdas. 




No obstante, The King, junto con sus consabidas prestaciones (triples decisivos y su mera presencia, que intimida a propios y extraños), no está nada mal rodeado por sus compañeros. De hecho, la verdadera daga en la cancha Spur vino dada por las canastas de dibujos animados de Kyrie Irving (qué copyright le debemos todos a Jorge Valdano por esa definición). Un recordatorio demasiado cercano para el Álamo. El buzzert-beater de Marc Gasol o la derrota in extremis ante Portland son apenas dos ejemplos más de encuentros que se le escurrieron de entre los dedos. De cualquier modo, si el milagro de Derek Fisher en 2004 no les mató, Duncan y cía están curados de espanto. Nadie querrá verles en mayo. Tampoco a Lebron y su prole, y, con esto nos movemos por el Far West, tampoco con unos tipos que nos han devuelto la sonrisa...



No podemos hacer otra cosa que pedir perdón. Que esta temporada Golden State Warriors no haya aparecido hasta estas alturas de marzo es injustificable. Tal vez, sea el reflejo de un trabajo que, como el de Atlanta, el cual ya comentamos, ha venido paulatinamente, despacito y sin hacer ruido. No en vano, el dorsal 30 de este underdog sublines, no es otro que Stephen Curry, ese tirador de rostro travieso a quien nadie sorprendería que se nombrase MVP. Y es que con lo que están coqueteando los discípulos de Steve Kerr se llama grandeza.



Sin embargo, los Warriors son diferentes a los halcones. Los primeros han devuelto al Este el concepto de equipo. Los primeros recogen un testigo que había sido abandonado desde los días en que Steve Nash (lástima de retirada, cómo te vamos a echar de menos, canadiense) dirigían la batuta de unos Phoenix Suns donde quien no corría, no olía la bola. Ver salir a Iguodala como una flecha para que Curry le lance el esférico desde arriba a una mano como si fuera una camarero no tiene precio.



El Oracle Arena (aquella pista que fue un infierno temible para quienes somos fervorosos seguidores de los Mavs) ya les lanzó un guiño este mes de marzo. Fue el homenaje a Rick Barry y su gloriosa camada. Un anillo recordado y que quieren reeditar. Ha pasado mucho tiempo, pero recuperar el título de la división pacífico ha espoleado a una grava que está disfrutando del basket más bonito de este 2015. Andrew Bogut y cía han reverdecido laureles, todos aportan, cada cual tira y, en ese descontrol, se ve un excelente trabajo y un amor por hacer disfrutar, incluso a las aficiones contrarias.



Eso lo pudieron comprobar los Wizards. La bienvenida fue un triple de Barnes, era el comienzo de una tormenta perfecta. Lo que mejor se les da. Lejos de su fortín, tampoco son mancos. Nuestra única duda es si este jovial y romántico estilo superará la dura prueba de los Playoffs. Memphis o San Antonio no se quedarán con cara de póker cuando Curry y sus alegres bandoleros empiecen a correr y buscar rápidas contras. Con todo, esperemos que este modelo logre seguir en mayo-junio, porque vamos a divertirnos mucho.




Derek Fisher y Phil Jackson son dos nombres que hacen esbozar una sonrisa de satisfacción a los aficionados californianos de Los Ángeles Lakers (los cuales, también, están sufriendo muchas penalidades este año, todo sea dicho). Sin embargo, la fórmula ganadora no ha funcionadoperado en la Gran Manzana. Los New York Knicks han vuelto a naufragar, algo que resulta muy doloroso a una afición entregada y a un mercado tan atractivo como el de una de las Mecas del basket. Cuando el Garden era un edén, el Maestro Zen vestía de corto. Ahora, observa con cara de atípica insatisfacción del naufragio de la plantilla; por su lado, Fisher se ha encontrado con una papeleta muy difícil, la misma que provocó el cese de entrenadores tan reputados como Larry Brown.



Un tono de tristeza presidió su duelo con Minnesota este mes de marzo. Dos proyectos que no esperaban estar disputándose el farolillo rojo de la auto-proclamada mejor liga del mundo. Juntar a Kevin Garnett con nuestro Ricky Rubio hubiera sido una película Disney hace apenas un par de años, pero ahora quedará como un agridulce what if...? de lo que pudo ser. Pese a a las molestias físicas, el base sigue mostrando que tiene una calidad técnica y una imaginación a la altura de los más grandes, pero nada de eso ha impedido que los lobos hayan vivido un año terrible en resultados.



Son las otras historias, donde, en ocasiones, los vacíos son inexplicables. Hay quienes no se resignan, en eso andan unos Thunders de quienes hablábamos no hace poco, es una auténtica lástima para los amantes del baloncesto que, prácticamente nunca, hayamos podido disfrutar de una postemporada con Oklahoma con todos sus efectivos. Ahora, todo gira alrededor de Russell Westbrook, ese magnífico jugador, alabado por autoridades como Kobe Bryant o Larry Bird, pero que genera dudas por su cabeza algo alocada y egoísmo. Por él va a pasar mucho de lo bueno y malo de lo que ocurra en uno de los equipos más interesantes del Oeste, pero la sombra de Durant es muy alargada.




Pequeñas pinceladas que van dibujando las muchas lecturas de una temporada 2014/15 donde el premio MVP se antoja uno de los más disputados de los últimos año. Y, en el horizonte, el gran premio en junio, en forma tolkieniana de anillo. 

RECOMENDADO:


DAIMIEL, A., "San Antonio Spurs: ¿Zanja o tumba?, Gigantes del basket, nº 1434 (marzo 2015), pp. 76-77.



FOTOGRAFÍAS:


http://www.ibtimes.com/nba-finals-2015-betting-odds-cavaliers-spurs-among-favorites-win-championship-1846176




http://www.citysportsreport.com/stephen-curry-brooklyn/





http://www.crainsnewyork.com/article/20140610/PROFESSIONAL_SERVICES/140619998/derek-fisher-to-coach-the-knicks