domingo, noviembre 8




Son la clase y la fuerza. Los paralelismos plutarquianos son evidentes, el distanciamiento en los métodos, mayúsculo. Kobe Bryant y Lebron James, son casi unánimemente reconocidos como los jugadores más determinantes en los momentos decisivos de la Liga. Esto no impide que haya muchos otros con cualidades extraordinarias (la versatilidad absoluta de Kevin Garnett, el liderazgo de Chauncey Billups, el físico dominante de D. Howar, la clase de Nowitzki, el exquisito tiro de "Melo" Anthony, la rapidez de D. Wade...), pero no parece descabellado señalar a estos dos individuos como los más próximos sucesores al trono que dejase vacante Michael Jordan desde su último adiós con los Wizads.

Ambos han sido precoces, quizás demasiado. Parecen muy alejados ya los tiempos en los que un jugador tan exquisito como Tim Duncan sorprendía a todos declarando que formaría su ciclo universitario completo a pesar de las ofertas de la NBA, para tener una carrera en el bolsillo. Tanto Kobe como Lebron, fueron precoces. El salto del instituto a la Liga Profesional tiene sus detractores, aunque prestigiosos analistas como Vicente Salaner admiten que determinados elegidos tienen la misma capacidad para dominar en su campeonato correspondiente como con rivales mucho mayores. Tanto Kobe como Lebron cumplen ese estereotipo, pero sus caminos ya eran muy distintos.

Bryant no era la súper-estrella tipo Allen Iverson o Gary Payton, mundos infantiles problemáticos, familia pobre y ambiente hóstil donde la criatura sale adelante en base a su talento total para los aros. No, Kobe era un hijo de un NBA, Joe Bryant, de los Sixers, pasandó cómodamente su infancia en Italia, donde su progenitor reverdeció laureles y acabó sus últimas temporadas. En aquellos días, Bryant soñaba con jugar en el Milán al fútbol, hasta que tuvo su particular caída de Damasco viendo jugar por la televisión a un tal Michael Jordan. Desde entonces, en su regreso a Estados Unidos, no hudo duda posible.

El acelerado salto de Lebron fue muy distinto. Críado en un hogar sin padre pero con un madre tan volcada como obsesiva (recordar aquellos primeros partidos de instituto con la camiseta "Lebron´s Mum"), James salió adelante y con unas condiciones físicas que no encontraban parangón, obligando a las grandes cadenas a retrasmitir partidos de un adolescente precoz. "No sé si inventaré algo o qué, pero seré grande", comentan en documentales sobre su vida que decía desde la tierna infancia. Si hubiera que definir a James, las palabras serían preparado, muy preparado, y ambicios, muy ambicioso.

Mientras que James fue primera elección del Draft (por encima de gente como Carmelo o Wade), Kobe etuvo en una posición notable pero intermedia, aunque tuvo la fortuna de que Jerry West quedó prendado de él e hizo una arriesgada apuesta al trasaladar a Charlotte a Vlade Divac a cambio de los derechos de la promesa. Pretendía el icono Lakers crear en este muchacho al escudero perfecto para Shaquille O´Neal, el center más dominante de la última década. Sus primeros años fueron discretos aunque en progresión, aderezados con un sorprendente papel en un Concurso de Mates que se llevó. Incluso Kobe admite que aún estaba un poco verde y le faltaban cosas por saber, entonces, ¿a qué el salto? "Porque así podría jugar con Mike". De hecho lo hicieron, con un vano intento del angelino de privar de protagonismo a Michael en un All Star, solamente para encontrarse frente a la mejor versión de Jordan.

Lebron no ha mostrado esa misma reverencia por el legendario Bull. "Ahora el 23 lo lleva otra persona y está en buenas manos", declaró exultante tras un triple milagrosos que igualaba la Final de Conferencia con Orlando. Tampoco Kobe se ha llevado tan bien con otras leyendas, sí, por supuesto que ha bromeado mucho con MJ, pero no es menos que Scotty Pippen y él mostraron casi desde el inicio una malsana rivalidad que los comentaristas de la Liga no ha dudado en describir como "A estos dos les encanta odiarse". Y si bien con Shaq hubo carantoñas al principio, conforme caían los anillos bajo la batuta de Phil Jackson (que acusó a Kobe en su época estudiantil de fallar tiros a posta para llegar a finales apretados y ser el héroe), poco tiempo después, a los dos empezó a molestarle el otro, la gloria no es fácil de compartir. Tras 2004, Kobe logró que largasen a Shaq con malas artes y támbién protagonizó una pelea de "me han dicho que dicen que tú dices..." con Karl Malone. Los tres años siguientes LA no superó la primera ronda o ni siquiera fue a postemporada.

James también conoce lo infame de no ir a Playoffs. En el primer año se le perdonó, estuvo sensacional y Cleveland estaba en una dinámica perdedora muy acentuada. Su segunda temporada fue muy distinta, los Cavaliers llegaron a liderar su división, pero se desinflaron y cayeron fuera de lo 8 elegidos. Algo cambió y James estuvo en el Palace viendo las Finales San Antonio-Detroit, ¿apuntando sensaciones? A partir de entonces dio un subidón en su juego para ganar un inolvidable duelo con Gilbert Arenas y forzar a los todopoderosos Pistons a siete duelos. La derrota en El Palace escocía menos y había dejado muestras de su valía, lástima (para él), que su amigo Wade le robase focos al ganar el anillo. Eso quizás sea un punto que le enfurezca, pese a ser el MVP más joven de un All Star.

Y es que a ninguno de los dos le gusta perder. Kobe estuvo a punto de forzar su traspaso a los Bulls, pero finalmente entre el acaudalado Jerry Buss y el psicólogo Jackson le calmaron. Fue un acierto, poco después llegaría Pau Gasol, temporada espectacular y solamente el varapalo con los Celtics. Estaba cerca de serlo, ¿el qué? El líder de un proyecto individual, nunca más el maravilloso complemento de Shaq. Sí, tenía tres anillos, pero, ¿qué no hubiera hecho Iverson, T-Mac o algún otro con El Perro Grande a su lado? Entonces David Stern, el sabio, ambicioso y taimado comisionado de la NBA, puso en marcha el dispositivo para el duelo que más audiencia daría: Lebron versus Kobe. Para esas alturas, Lebron había ganado casi en solitario (bueno, con Gibson) su batalla a Detroit y se coló en unas Finales para tener el gusto de que la defensa de San Antonio apalizase a su equipo con un barrido, polémica arbitral incluida en una penetración suya.

En los dos duelos Kobe lució a mayor nivel. Tiros desicivos en el Staples y todas las alarmas cuando llegó a Cleveland con un resfriado. Lamar Odom tiró del carro y la sapiencia de Jackson, mientras un sobre-excitado Lebron que estaba liderando a los Cavs al año de su vida, no daba el golpe de gracia. Bryant salió con décimas para hacer poco, pero entre lo poco, un lanzamiento tremendamente elegante en suspensión delante de James. Y es que si algo no perdonan a Lebron (rey del triple-doble, experto dunker, defensa de pinchos de merluza brutales...) es su poca gracia cara a la alegría, el dispositivo orquestado a su alrededor tramado por Nike, una bestialidad que ha costado por ejemplo una de las heridas de su vida a Hinrich. Bryant, que tiene más clase que un códice bizantino del siglo VI, nunca ha tenido ese problema. Lo único malo para él es que tiene 31 años, su madurez ha llegado, pero con la edad de Lebron no había liderado nada en solitario, más bien eran los veteranos de su equipo quienes toreaban su narcicista ego. No tiene nada de extraño que los récords de precocidad de Kobe esté siendo barridos por Lebron.

O al menos eso es lo que quieren vender los medios. Porque hay demasiados horizontes, el Big Three logró impedir la embestida del autoproclamado monarca en siete encuentros y hace un año, Orlando, jugando al baloncesto, con mayúsculas, le alejaron y él dio una imagen de estupendo jugador pero pésimo perdedor. Kobe, que a pesar de sus aires paternalistas de ahora sigue teniendo viejos defectos (mandar callar al publico en Pekín), pero ha aprendido mucho, el Juicio de Colorado hizo que viera las orejas al lobo y hasta firmó el armisticio con Shaq. Está más prudente que nunca y negó con una sonrisa la maliciosa pregunta tras ganar su cuarto anillo de si se veía capaz de batir la marca de Jordan.

De nuevo el merchandising y la propaganda están con estos dos genios, pero, ¿qué pasa si en junio falta uno de los dos a las Finales? ¿O ambos? ¿Hasta que punto será fiel James a las raíces de su hogar en vez de lanzarse a la fortuna (Jay-Z tiene mucha pasta) de New York? ¿Volvería el viejo Kobe a las andadas si por ejemplo San Antonio tiene más suerte con las lesiones en Playoffs?

Publicar un comentario en la entrada