viernes, diciembre 31
Hoy en Canastas Sagradas, nos trasladamos a la Liga ACB, en concreto al año 1989, donde sin importar el resto, solamente existía un nombre: Drazen Petrovic. Durante años, ese joven croata insolente había batido récord de anotación tras récord de anotación, a la par que el corazón de muchos equipos, entre ellos, el Real Madrid.
Eterno candidato y con una maquinaria de jugadores bien dirigida por Lolo Sainz, el Madrid se había topado en los últimos años con la Cibona, donde entre otros grandes jugadores, Petrovic hacía su ley. Emotivo como pocos, al jugador balcánico no le bastaba con ganar, sino que se burlaba constantemente de sus esforzados defensores, especialmente del gran Juan Manuel Iturriaga.
En una jugada que sin duda desquiciaría aún más al Madrid, su archi-rival en España, el Barcelona de Aíto García Reneses, decidió fichar al crack. Era una máxima, el enemigo de tu enemigo es tu mejor aliado. Muchos se sonreían cuando Petrovic tomaba un vuelo hasta la Ciudad Condal. Sin embargo, ni el por entonces presidente de la institución, José Luis Núñez, ni nadie de su directiva, podían imaginar hasta que punto era Petrovic un tipo especial.
Desde allí y en exclusiva para la mítica Revista Gigantes del Basket, Drazen apareció posando con una bandera del Madrid. Cierto era que se había caracterizado por luchar a muerte contra la institución blanca, pero, ¿qué mejor aval para Ramón Mendoza que su instinto de ganador que aquello? Por desgracia, hubo efectos colaterales como la marcha de Iturriaga (aunque en honor a la verdad, el croata siempre se sintió incómodo por eso y preguntó especialmente por el bilbaíno al llegar a la capital española). Cuando se presentó al nuevo entrenador, algo chulesco, como él era, quisó saber si venía a meter 40 puntos por partido o a ganar títulos, Sainz, curado de espanto y habituado a estrellas de la talla de Fernando Martín, respondió: "¿Acaso es incompatible?". Con sonrisa, el croata respondió: "Creo que me va a gustar estar en Madrid".
A quienes no les había gustado nada era a los culés, de objeto de deseo, Petrovic era ahora el enemigo público número 1. Aíto García Reneses, entrenador del Barcelona y futuro mito ACB, no dudaba en atizar los fuegos acusando a los colegiados de permitir bula al jugador extranjero. Como fuere, los especialistas empezaron a llamar a aquella campaña "La Liga de Petrovic". Antes de haber salido a la palestra, ya todo el mundo le señalaba. Pero, sabido era que Fernando Martín, era un hombre celoso del liderazgo de su equipo y que concebía el basket de una forma coral que no encajaba con el personalísimo estilo del crack europeo.

Tardaron muy poco ambas escuadras en encontrarse. En el mes de noviembre de 1988, cuando en La Coruña ambos se metían en la Final de la Copa del Rey. El Barça había perdido a su segundo mejor tirador, el dominicano "Chicho" Sibilio y uno de sus pívot, Trumbo, pero confiaban en que el efecto psicológico de la anterior entrega (triple de Solozabal sobre la bocina) en Zaragoza, sería suficiente.
Fue un partido apretado pero que puso en entredicho la máxima que que los azulgrana tenían menos talento pero eran más equipo. Comenzaron muy bien, pero Epi, un ejemplo de regularidad, se diluyó en el segundo tiempo, mientras el pelirrojo Johny Rogers y Petrovic iniciaba una remontada que culminó en victoria. 28 puntos de Drazen y doce faltas provacadas a los blaugrana. Ahora, era la bestia negra de los catalanes.
En Europa, la historia fue muy similar. El Barcelona hizo una excelente Copa de Europa, pero en la Final Four volvió a toparse con la todopoderosa Jugoplastika, una máquina de hacer baloncesto, un puntito por encima de los de García Reneses, incluyendo la partida psicológica. El Madrid, por su lado, liderado en la retaguardia por Martín y su intimidación, se colocaba en la final de la Recopa. En frente, el Caserta con Oscar Schmidt, el artillero brasileño, una máquina de anotar. Petrovic, como los depredadores naturales, olió la sangre y aceptó el reto.
117-113 y Atenas enmudecida ante un solo nombre, sin querer despretigiar en ningún momento a un lesionado pero heroico Martín, a un siempre solvente Fernando Romay o al genial italiano Gentile. Petrovic con más de 60 puntos se metía al continente en el bolsillo, incluyendo a un enloquecido Ramón Trecet. Mendoza y la directiva brindaban con él en el avión de vuelta, pero algo había pasado, una parte de la plantilla pensaba que ya no eran un equipo, para lo bueno y para lo malo, dependían siempre de lo que hiciera el croata.

De un modo increíble, el conjunto blaugrana se sobrepusó de sus disgustos en dos finales para terminar primero en la fase regular y superar sus eliminatorias. El Madrid hizo lo propio, Petrovic y los suyos querían humillar al enemigo por segunda vez.
El Palau no pensaba consetirlo y, todos los astros se conjuraron para ello. Fernando Martín seguía lesionado, mientras que Romay tenía grandes dificultades. Así, solamente con él entonces un poco inexperto pero prometedor hermano de Fernando, Antonio, Audie Norris, el brillante pívot norteamericano del Barcelona, destrozó a los merengues para un contundente triunfo 94-69. Aíto, que usa con maestría su sistema de rotaciones, destacando Andrés Jiménez, respira tranquilo.
La concentración madridista era un funeral, no era fácil empezar una final así. Pero entonces, el siempre reservado fuera de la cancha Petrovic entorna una sonrisa maliciosa, Fernando Martín sale vestido con ropa de juego, está maltrecho, pero luchará esa batalla con ellos, el croata empieza a animarlos a todos: "¡Hoy ganamos seguro, hoy ganamos seguro!". Y así fue, 81-88, con 37 puntos de Petrovic, tocado por la varita y para desesperación de la parroquia catalana.
¿Va un equipo de un solo hombre a derrotarles, aunque sea con la ayuda espiritual de Fernando Martín? Aíto les explica una máxima a sus jugadores, si más de siete de ellos meten 10 puntos o más, ganarán seguro. Así lo hacen, especialmente Epi con 27, colocando el 86-100, enmudeciendo al Palacio merengue, que además ve como Romay vuelve a empeorar. La locura se desasta y todos en el fondo desean que los blancos empaten porque esta serie merece un quinto y decisivo partido final.
Sin embargo, Epi y sus muchachos no parecen interesados en dar emocionantes quintos encuentros, salen a Madrid como conquistadores en el cuarto. Con una ventaja de doce, todo es confianza en los visitantes. Rogers se lesiona, Petrovic mira a Biriukov, Cargol y compañía, esto lo tienen que remontar los exteriores, pues Norris y cía los están despedazando y, a diferencia de otras gloriosas tardes, Fernando Martín no tiene el físico ni la salud para frenar al gigante NBA como antaño.
En un esfuerzo sobrehumano el croata anota 8 triples, incluyendo uno agónico que coloca el 88-84, en un día para la épica. La pizarra de Aíto dibuja una excelente jugada par Xavi Crespo, 88-87 y de vuelta a Cataluña. En el camino de vuelta, García Reneses sigue atizando a los colegiados, Petrovic sueña con hacer otro partido igual en Barcelona, Epi insiste a sus compañeros de que están a un paso de hacerle tragar todas sus provocaciones, insultos y gestos malsonantes a Petrovic.
Y el primer tiro de Petrovic es un triple dentro. Aíto vuelve a volcar con acierto el juego en un Norris colosal ante la ausencia de un Martín en plenitud de facultades. Biriukov es el mejor de los madridistas los veinte primeros minutos. Parece que el campeonato se decidirá en los instantes finales, pero hay un factor con el que nadie ha contado. El árbitro principal del partido, Neyro, ha sido la elección menos indicada. Sabido era que años atrás en un amistoso, el balcánico había cometido la grosería de escupierle. Sospechoso o no, Neyro fríe a faltas a los merengues, que se quedan absolutamente en cuadro. El completo juego de los azulgrana bien debería haberse bastado, pero los señores de gris enturbian el ambiente.
Con una cómoda renta, Epi lidera una insubordinación inesperada, Petrovic había provocado con su brillante estilo a media Europa, pero ahora, él era quien iba a ver las celebraciones hiperbólicas. San Epifanio anota canastas ante los suplentes merengues celebradas de una manera tan altisonante que deberá pedir públicas disculpas a aficionados y compañeros de selección en pocos días. Además, en un acto de humildad, declararía que aquello no cambiaba nada, que no dolían prendas en mostrar a Drazen como el mejor jugador del Viejo Continente.
Finalizaba un excelente pero excesivamente tensa final, 3-2 para el equipo con factor cancha, polémica incluida. Petrovic se decidió entonces a cruzar el charco para la NBA, mientras que Lolo Sainz ponía broche final a su época en el Real Madrid.
La Liga con Petrovic había concluido.
BIBLIOGRAFÍA:
FRANCISCO ESCUDERO, J., Drazen Petrovic: La leyenda del indomable, Toledo, 2006




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