jueves, enero 27
En los Playoffs de 1988, los Detroit Pistons, claro candidato a ser el oponente de los Boston Celtics de Larry Bird por el trono del Este, aguardan rival. Cleveland y Chicago se baten, Chuck Daly, brillante técnico de los de la ciudad del motor, ve con una mezcla de admiración y temor, lo que un joven llamado Michael Jordan le está haciendo a los competitivos Cavaliers.

Chicago es un equipo joven mandado por Doug Collins, un brillante escolta de raza blanca cuya prometedora carrera es frenada por las lesiones, ahora cuenta con MJ y un puñado de atléticos jóvenes donde hay un chico tímido llamado Scotty Pippen que viene de las Ligas de desarrollo. A nadie le extraña que en el primer choque, los chicos del Palace les den una buena paliza.
Pero en el segundo, Jordan se sube a las barbas, con magníficos movimientos y su letal suspensión, roba la ventaja de campo. Collins está eufórico, pero lo que puede ser un peligroso punto de inflexión ratifica a los chicos de Detroit. Isiah Thomas, el mejor jugador de 1´80 jamás salido de Indiana, lidera a los suyos a dos victorias ante las narices de Jordan, quien empieza a ser bien defendido por Joe Dumars, el asesino silencioso, un tipo sobrio y eficiente. Toda la NBA empezaba a llamarles los Bad Boys, hartos del monopolio de Lakers y Celtics, los chicos de la Motown, bajo el liderazgo agresivo de Thomas y Laimbeer, buscaban focos, aún al precio de tapones y arañazos.
Jordan no olvida la enseñanza y ve como los reservas de Detroit (especialmente Vinnie Johnson, apodado micro-ondas por cómo calienta los encuentros) les machacan en el quinto. El año siguiente, Detroit ha llevado aún más lejos su papel de villanos, han encontrado la atención que querían y hasta los propios Celtics, envejecidos, les tienen respeto. Pero, como bien señala Francisco Escudero, aparte de muy agresivos, son terriblemente competitivos y muy inteligentes, forzando el reglamento al límite. Jordan, por su parte, ha usado el verano para perfeccionarse, Daly, al verlo, no lo duda: "Es tan bueno que está dejando en ridículo al resto de la Liga".


El talento de MJ les lleva hasta la Final de Conferencia, donde nuevamente están los Pistons, quienes salvo el cambio del exquisito Dantley por el explosivo Mark Aguirre, siguen igual. Pero, MJ es aún mejor jugador, les moja la oreja en El Palace y usa a la mejor defensa de la Liga como escaparate de sus proezas. Ser capaz de hacerles 50 cartones a esos perros de presa solamente está al alcance de un elegido mental y con un cuerpo prodigioso para este deporte.
En un angustioso tercer encuentro, Doug Collins le dice a sus chicos que se quiten de en medio y le dejen la última posesión a Jordan. Daly le manda a su mejor defensa, el prodigioso Dennis Rodman, la defensa de El Gusano es de libro, pero el genial escolta de los Bulls tira a tabla y pone un 2-1 alentador, los jovencísimos Bulls quieren la Final de la NBA.

Lo que pasaría después solamente se explica por una combinación de hechos físicos y espirituales. La artmósfera de los Bad Boys se recrudeció, robaron un partido imposible en Chicago y convencieron a Jordan de que estaba solo. Le dejaron hacer de todo, pero borraron del mapa a sus compañeros, incluyendo al mismísimo Pippen. John Salley lo resume: "Puedes hacernos 30, 40, 50 puntos... pero al resto no les dejaremos". Detroit le da la vuelta y coloca un 4-2, serán los futuros campeones. Jordan empieza a sentir que dos años frustrados son demasiados, tres, si sumamos el vapuleo de los Celtics de Bird (exhibiciones de MJ incluidas) el anterior.
Aquellos tipos empezaban a ser odiosos, aunque nuestro protagonista no lo sabía, le estaban forzando a superarse, cada asalto, Jordan llegaba mejor. En 1990, Chicago ascendió a Phil Jackson, antiguo asistente de Collins, que gozaba del beneplácito de Jordan, mientras que Scotty iba cada vez acumulando más galones, así como moratones de los Bad Boys.
Ya no eran imberbes y querían el cetro, pero los vigentes campeones se crearon una atmósfera casi mística contra el favorito de todos. Se urdió entre los asistentes de Daly y con Dennis Rodman como genial gurú, "Jordan Rules", un secreto de vestuario, una mirada cómplice. Laimbeer y Dumars se hacían los suecos, nadie decía nada, pero toda una serie de códigos se prepararon para llegar a aquella Final de Conferencia. Cada movimiento del genial escolta era estudiado, cada provocación a su persona medida para desquiciarle... Isiah había hecho un motín contra él en un pasado All Star para que no le dieran el balón los chicos del Este. Empezaba a haber muchas cuentas personales.


Una hermosísima batalla baloncestística tuvo lugar. 3-3 y con el 23 levitando en algunos encuentros frente a uno de los bloques más duros de la historia, Pippen dando un paso al frente, Paxon, Cartwright... Pero el séptimo era en El Palace. "Para eso hemos trabajado durante 82 partidos... para jugar éste en casa", se jactaba Laimbeer.
Y con Thomas como el creador de magia, Detroit se gustó frente a unos Bulls que se borraron como un azucarillo. Aquella magnífica escuadra destinada a gobernar la NBA tres años y otros tres más, fue borrada del mapa, con El Maestro Zen perdiendo un séptimo, una cosa rarísima, pero lo peor fue la claridad con la que sucedió. Detroit se había convertido en el hombre del saco, banderas piratas ondeando entre motores, obreros de Michigan golpeando camisetas con el 23... miedo.
1991 fue el año del exorcismo. Bajo la batuta de Jackson, Chicago se elevó una vez más, como el mejor equipo de la Liga. Pasaron con relativa facilidad las dos primeras rondas, pero, en la Final de Conferencia... ¿a qué no lo adivinan? Los Pistons, verdugos habituales... Pero, aquel primer partido, pese a estar reñido, mostró un Chicago distinto. Los reservas acudieron al rescate y Jordan nunca más estuvo solo, Pippen se multiplicó a ambo lados de la cancha y no se dejó picar.
Con 2-0 abajo, los Pistons hicieron la guerra verbal propia de campeones, pero los esforzados espectadores de los Bulls tuvieron que reconocer que sus chicos estaban agotados después de cinco años competitivos al máximo nivel. La infantería de los Bulls al servicio del mejor equipo del planeta barrió a los temibles Bad Boys, quienes, en un feo gesto, abandonaron el encuentro antes del final, sin felicitar como si había hecho Chicago los últimos tres años. Eso sí, aquellos irredentos tuvieron toda la humildad del mundo al hacer una reverencia al mítico Daly, quien les había llevado a tres finales de la NBA, con dos anillos y la otra, perdida dignamente en siete bravos encuentros con polémica arbitral incluida.
Los Bulls entraban en la leyenda y con las lecciones de sus archi-enemigos, también viajaron tres veces a las Finales de la NBA, tres anillos. Phil Jackson, años después, recordaría con agrado la figura de Daly, fallecido tristemente de cáncer, reconociendo su caballerosidad, influencia en el baloncesto y respeto en aquellas caldeadas eliminatorias. Dennis Rodman, pesadilla de los Bulls, se convirtió en el pilar de la re-construcción, siendo el mejor ayudante de Pippen y el 23. Eso sí, siguieron las polémicas, como cuando Jordan vetó a Isiah de unas Olimpiadas que eran suyas por derecho, revancha en plato frío.
Curiosamente en Barcelona coincidió con Daly, de quien el astro siempre tendría un gran recuerdo: "Fue una pena jugar solamente una vez a sus órdenes. Aún, así, una experiencia inolvidable". Historias cruzadas, que siguieron dándose, El Maestro Zen, vivió una de las escasas humillaciones de su carrera al ser derrotado 4-1 en el 2004 por una segunda generación de Bad Boys liderada en los despachos por Joe Dumars, antiguo perro de presa del mejor jugador de la Historia.
Una rivalidad única.




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