lunes, marzo 21
La NBA estaba perpleja. Tras haber liderado a la franquicia de los Bulls a tres campeonatos, Michael Jordan anunciaba su retirada del basket profesional. La pérdida de su padre y cierto hartazgo emocional habían pesado más que las argucias psicológicas de Phil Jackson. La Liga perdía a su gran estrella, pero el anillo estaría más abierto que nunca en la temporada 1993/94.
Nadie lo sabía mejor que los New York Knicks. Pat Riley había abandonado el glamour californiano para crear músculo y una cohorte de prohombres alrededor de la súper-estrella Patrick Ewing, siendo la escuadra con mejor récord del Este, mientras los Houston Rockets de Olajuwon lo eran del Oeste. Pese a ello, Chicago, tras un tibio inicio donde la estrella croata Toni Kukoc y Scotty Pippen (que tras una emotiva despedida de Michael había declarado que quería llevarlas riendas del liderazgo) habían mostrado no ser del todo compatibles, se esmeró tras el paron del All Star y volvieron a pasar de las cincuenta victorias. Aún hoy, aficionados de todo el mundo, consideran que las votaciones del MVP fueron justas con el escudero de Jordan.

Llegados los Playoffs, los de New York no se sorprendieron al saber que las semifinales serían contra unos Bulls emergentes que barrieron sin piedad a los Cleveland Cavaliers. El mítico Red Auerbach hizo unas muy positivas declaraciones sobre El Maestro Zen, diciendo que era el año donde más había hecho con menos, manteniendo la química del vestuario y para satisfacción de Jerry Krause, acostumbrando al genial Kukoc a un nuevo rol tras deslumbrar en Europa.
En el primer encuentro, la ventaja psicológica de ir de tapados fue fundamental para que los toros colocasen 15 puntos de colchón. Siempre que Jackson ganaba el primer partido, las eliminatorias eran suyas, pero quedaba mucho tiempo y la maquinaria defensiva de los de New York (que incluían algunos ex de Chicago como el reboteador Charles Oakley) funcionó y terminaron remontando 90-86. La moral de los Bulls estaba varios metros bajo tierra y la poderosa prensa de la Gran Manzana se puso al servicio de su equipo para recordárselo.

Durante épicas luchas, Knicks y Bulls habían batallado hasta el último aliento, pero los segundos se habían valido de la inspirada presencia de Jordan para decidir. Ahora, sin el 23, la mayor fuerza intimidatoria en la pintura de New York rompió por segunda vez a los visitantes, 96-91. Saltaban todas las alarmas.
El siguiente encuentro siguió los mismos derroteros, además, pese a jugar en casa, la discordia acosó a los locales en la Ciudad del Viento. Pippen se enfadó porque Kukoc no calibró bien los espacios y le forzó a un mal tiro. Jackson, uno abajo, pidió tiempo muerto y se mostró visiblemente elocuente: ¿Estás dentro o estás fuera? Olvídate de esa jugada y hagamos otra cosa". Pero Pippen, al que no complacía que la pizarra de su míster hubiera señalado a Kukoc para el tiro decisivo, se sentó en el banquillo. Fue un momento frustrante. Pero Jackson estuvo muy rápido y sacó a Peter Myers, un excelente reserva pasador que conectó con el croata y esté anotó salvando el 3-0 y colocando a los Bulls uno.
Pese a los buenos y físicos partidos, el Comisionado David Stern empezaba a alterarse. Jo Jo English y Derek Harper habían empezado una tangana en el segundo cuarto y ahora, un futuro Hall of Fame se ponía en entredicho. Bill Carwright, cocapitán con Pippen, no sabía cómo enfocar aquella situación. Mientras, Riley alineaba a su equipo con la ventaja que da tener un líder indiscutible.


Pero entonces se produjo una transformación que los de New York no podían imaginar. Jackson dejó a sus jugadores solucionarlo entre ellos, Pippen supo pedir disculpas y ellos aceptarlas, todos estaban ansiosos del reto de ganar un anillo sin MJ. En el cuarto día, los de Riley fueron arrollados 95-83.
No había que ser un perspicaz analista para darse cuenta de que el quinto choque era la llave para dominar la serie. El Madison Square Garden mostró las galas que lo han hecho un santuario baloncestístico, con Spike Lee incluido, como no podía ser menos. Lleno hasta la bandera, una vez más, los dos equipos lucharon hasta el último aliento.


Con una brillante acción defensiva, Pippen impidió estar cómodo a Hue Hollins, que erró el lanzamiento a la desesperada. Pero el delirio se frenó pronto, los colegiados le pitaron falta y tres tiros personales. Aquello fue un mazazo para los Bulls, una injusticia que Hollins aprovechó con gran aplomo para anotar sus tres tiros libres, para delirio del eléctrico y explosivo John Starks.
Phil Jackson pensó que era el karma, para Pippen y buena parte de los aficionados, un grave error, en la Gran Manzana, no se negó, aunque se le recordó a los Bulls que ellos también se habían beneficiado de esos sistemas caseros y que protegían a las estrellas. Como fuere, Chicago se rearmó en un ejemplo de madurez y apabulló 93-79 a los de Riley.
Todas las miradas se posaron sobre Patrick Ewing. Con el Madison a rebosar, la estrella de New York vivió el infortunio de los duendes de los aros, palmeos fáciles, aro pasado, la red de araña de Horace Grant y compañía le estaba asfixiando. Pero en un partido bronco, Ewing encontró su momento, cuando anotó la primera, todo el mundo supo que se había acabado. Empezó a martillear el poste bajo de sus rivaes y el público a jadear, era el mometo de la revancha, de la retribución.
Un triple antológico del mismísimo Ewing fue la gota que colmó el vaso, los Bulls ya no sabían a quién puntear y a quién no. El 87-77 les mandaba a la Final de Conferencia y acababan con cuatro años de imbatibilidad de sus archi-enemigos. Era el primer paso de un equipo histórico para volver a las Finales de la NBA. Mientras, los hombres de Chicago habían demostrado que incluso sin el más grande, no eran un bocado fácil de tragar para nadie.



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