jueves, abril 21






Red Auerbach se echó las manos a la cabeza. No era posible lo que estaba ocurriendo aquel día en Boston, la ciudad de Cheers, cuna de cánticos irlandeses de victoria, de momentos mágicos y épicos con los Orgullosos Verdes como protagonistas. Su santuario, el mítico Boston Garden que había hecho hincar la rodilla a grandes adversarios, estaba siendo profanado por un equipo inexperto, los Chicago Bulls. Eso sí, los Toros tenían a Jordan, me llamo Michael Jordan... como Bond, Jame Bond.




Jesús Sánchez ha rescatado esta preciosa historia con motivo de la celebración de su 25 Aniversario. Os recomendamos de todo corazón leerla porque ese periodista escribe muy bien y trasmite con mano maestra las emociones de lo acontecido aquel segundo partido de 1986. Aquellos célticos era una maquinaria imparable que solamente podía ser domada por escuadras tan poderosas como el inigualable Showtime de Magic Johnson o los físicamente espectaculares Detroit Pistons, con músculos como Laimbeer y la clase de Isiah Thomas, Joe Dumars y el liderazgo espiritual del indomable Dennis Rodman. No obstante, nadie pensaba que un solo hombre pudiera dejar en evidencia a algunos de los mejores defensas de su tiempo.




Aquel día MJ perdió pero se ganó otro hueco en el hogar de las leyendas. Hizo de todo, suspensiones, regates, mates... Demostró la combinación más grande hasta la fecha de físico y talento unidos. Larry Bird y Magic habían desafiado toda la lógica bajo el suelo con su inteligencia y talento, ahora, como el propio angelino admitía, llegaba un chico que quería que todos jugasen en el aire. KCJones no encontró el antídoto y los locales tuvieron que recurrir a toda su batería para batir al 23.



Personalmente, en mi opinión el momento clave fueron los tres tiros libres en el último cuarto. El partido acabado y Chicago 3 abajo. Tenía que meterlos todos y tirar solo. Nada de comopañeros dándote palmadas en la espalda. Tú solo contra feroces bostonianos que juegan al límite. Convirtió los tres. Y eso que había estado lesionado y nadie en su franquicia quería que se arriesgase. Pero al igual que Messi, Sabonis y otros genios, esta especie solamente se divierte con el balón en las manos.




Aún hoy, el hecho de que perdiera refuerza aún más la gesta.¿Qué es una buena épica sin una gloriosa derrota? Un hombre, frente a los vigentes campeones de la NBA, durante más de cincuenta minutos, jugando con las emociones del reverenciado Garden... Larry Bird empleó palabras divinas que nadie olvidó, pero en el fondo, siempre hemos preferido al derrotado Prometeo que a los capirchosos hados del Olimpo, forjados en tantas victorias. Jordan le robó el fuego de la leyenda patrimonio de Los Ángeles y Boston para mostrar que otros equipos podían crear sus propios mitos.



A veces, como con estos dos titanes, hay quienes convierten una caída en el cimiento de una gran victoria. Y ésa es una magia que no tiene precio. Aquel día, Jordan iniciaba el largo pero fructífero camino que llevó a los Bulls a dominar la NBA durante toda una década.



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