domingo, mayo 29



Efectivamente, fue el rey del juego. Michael Jordan llegó como una promesa universitaria, un chico que ya tendría su nota a pie de página por su canasta ganadora sobre Georgetown. Lo que nadie, ni siquiera sus progenitores podían pensar, es que no sería una nota, tampoco un capítulo... MJ sería el número 23, figura de muchas películas, libros y análisis, siendo la discusión únicamente si es uno de los mejores deportistas de todos los tiempos o el mejor a secas.




Una historia de superación que vuelve a ser recuperada por Máximo José Tobías, uno de los discípulos aventajados de F. Escudero en la crónica de basket en castellano, que presente una obra que sin duda no es el máximo exponente del significado del 23, pero sí que es un libro bien escrito, ameno, ordenado y que ha arrojado información interesante.




Mucha gente criticó el oportunismo del autor y la política editorial. ¿Por qué no tratar un tema menos sobado? Evidentemente, son muchas las biografías y equipos menos conocidos por el gran público por analizar, pero no creo que sea suficiente motivo para crucificar a Tobías, más bien al contrario, este tipo de estudios son pioneros para profundizar más. En primer lugar, un hallazgo es que no estamos ante una hagiografía ni tampoco ante un libro sensacionalista que busca aprovecharse del buen nombre del autor de "The shoot".




Son resultados algunos de los grandes méritos de Michael. Por ejemplo, su incansable ética de trabajo, Jordan jamás se conformó con los múltiples piropos de sus primeros años de novata, las críticas, por pequeñas que fueran, eran las que estaban colgadas en su frigorífico. No solamente había talento naturtal para el salto, los gemelos y las piernas del protagonista de "Space Jam" no son el fruto de la vida ociosa y contemplativa, sino un reflejo casi obsesivo de un objetivo, terminar siendo el mejor de todos los tiempos.



El problema fue la mutación, la transformación que paulatina pero inexorablemente fue ocurriendo. Está claro que algunos periodistas de nivel, como Sixto Serrano, nunca han olvidado ni podrán olvidar al súper-dotado baloncestista que atendía a los medios con una gran sonrisa y manejaba todo lo existente a su alrededor con la magia de los elegidos. No obstante, el amarillista "The Jordan Rules" reflejó que no todo podía ser dorado en la estatua del dios de ébano.




Jordan era absolutamente exigente con sus compañeros. Por no decir cruel. No se trataba de animadversión personal, sino que al igual que Isiah Thomas o Larry Bird, no toleraba la idea de ser el mejor equipo y el único que se esforzaba. Pero en algunos extremos, llegó al exceso, como burlarse de la tartamudez nerviosa de Horace Grant (quien se vengó con todas las de la ley en la Final de Conferencia al frente de Orlando) o criticar a Scotty Pippen por no querer jugar con jaqueca. Da la sensación de que estos dos grandes jugadores se sobrepusieron a la alargada sombra del 23, más que decir que MJ les ayudó. Sir Charles Barkeley lo resumía con ironía: "Scotty, Michael debería besar el suelo que pisas".




De la misma forma, un jugador injustamente atacado de muchos aspectos oscuros. No fue solamente él quien vetó a Isiah Thomas, su archi-enemigo de los Bad Boys de Detroit, sino que todos, incluyendo un gentleman como Magic, aprovecharon al 23 para tapar su propia animadversión. De la misma forma, muchos dijeron que fue la causa de la prematura salida de Charles Oakley de los Bulls. Ese bulo es absurdo al máximo, ya que el día que Oakley fue despedido por la gerencia, estaba con Jordan en un combate de boxeo, disfrutando y relajándose.



También un malicioso dardo de Pat Riley acerca de su táctica de fingir amistad con rivales potenciales como Pat Ewing o Sir Charles. Ese hecho no podía ser sino otra mentira más, la amistad de Jordan por ambos fue sincera y ha sobrevivido a la carrera de los tres, MJ no reconocía ni a sus hermanos en una cancha de baloncesto, pero fuera de ella sus sentimientos eran reales, aunque los medios y aficionados nos empeñásemos en alejarlo de todo, en una especie de Olimpo inalcanzable. Poco a poco, nos fuimos olvidando de aquel niño que simplemente quisó empezar a jugar para enamorar a la chica más linda de su clase, como diría Valdano.




Y el propio Michael lo fue haciendo. No fue solamente por él o por exceso de ego, la personalidad de Jerry Krause (tan inteligente en sus fichajes como personalidad extraña e incluso arisca), sino que no entendía los palos de la prensa de Chicago que parecía ansiosa de titulares incluso a costa de su máxima estrella. Desde entonces midió más lo que iba a decir y echó más cuentas a sus asesores, fue imposible desde entonces que el verdadero Michael dijera lo que pensase de aspectos concretos de la actualidad. Igual que un monarca o incluso un líder religioso, el mejor deportista de la NBA temía que si abandonaba su neutralidad pudiera perder seguidores, su aureola que le hacía ser el gran icono de la Liga de David Stern, encantado con el volador que se convirtió en el mejor defensa del mundo y el señor de los seis anillos.




Llegó entonces su viaje inicático en el beisbol, tan criticado, algunos incluso tan autorizados como Jerry Sloan. No comprendían lo mucho que le había afectado lo de su padre, aquel hombre que tanto le había apoyado pero que también se había mostrado escéptico en su niñez acerca de que aquel chico tímido y que prefería la compañía de las mujeres de la casa, pudiera hacer algo. Una vez más se encontró con el engaño, mucho menos dotado que sus compañeros, trabajó como el que más para mejorar su manejo del bate, solamente para descubrir que para su directiva él tampoco era una persona, sino un símbolo, una máquina de felicidad como diría Maradona, un cheque en blanco para los agentes deportivos.




Y volvió. Para convivir con un demonio genial llamado Dennis Rodman y crear los guiones más épicos, incluyendo una temporada con 72-10 y su histórico minuto final contra John Stockton y Karl Malone, aquella pareja imbatible que pudo eliminar a Tim Duncan y a Kobe Bryant con Shaq, pero no al 23, el hombre que en Salt Lake City se fue a la leyenda. Lo había dicho Chuck Daly en vísperas del sexto encuentro, jugando al golf (qué casualidad), "Olvida cualquier otra cosa que no sea esto. Llegarán igualados, y al final, Michael decidirá... Es lo que él hace. Por eso es quien es".




Pudo irse así, en su segunda retirada. Pero no fue así. Era ese extraño rencor que a veces le movía, que le impedía disfrutar de lo mucho logrado, que le hacía recordar el nombre del primer entrenador que lo cortó para jugar en su instituto. Jordan no podía enterrarlo de su memoria, aquel entrenador después había rectificado, le había confesado que fue una hábil treta para que se puliera en el equipo de verano... Pero no, MJ le daría trabajo en el futuro, pero no podía olvidarlo, aquello fue una derrota. Y él era un ganador. Pero, a veces, como él mismo se preguntaba, ¿podía tomarse un respiro? ¿Y si mañana acabará todo?




Y el Jordan ocioso tuvo que sufrir un divorcio, también que al fin se destapasen sus problemas con el juego, las cantidades obscenas de dinero que tiraba... Y entonces volvió, por un ataque de cuernos, porque aquellos imberbes Vince Carter, Kobe Bryant o Allen Iverson le estaban robando a las nuevas generaciones. Una vez más, su espíritu competitivo le daba una visión simplista de las cosas. Los tres le adoraban, Carter le cedería su puesto de titular en el All Star, Kobe se acercaba con una humildad que nunca más le veríamos para pedirle consejo en el poste bajo en pleno partido, mientras que Iverson lloró como uno más con su retirada. Los tiempos cambiaban, MJ, pero ya eras inmortal, pero no supo verlo, los ambiciosos ejectuvos de los Wizards le querían como la atracción, no como directivo.




Nada fue igual. Su relación dura, exigente pero también paternalista con sus compañeros (Toni Kukoc lloró por saber su retirada) ya no tenía sentido, RIP Hamilton no entendía sus incongruentes exigencias, K. Brown jamás fue perdonado por picarse en un uno contra uno, otros le sufrían a la entrada del vestuario... Pero en la pista volvía a transformarse. Las viejas rodillas parecían rejuvenecer, tal vez por diez o quince minutos, volvía a ser el de siempre, el más grande, el hombre que está un escaloncito por encima que leyendas como Magic o Bird.




Se retiró y la NBA ya sabía que no podía pensar más en retornos. Quería se ojeador y GM, le faltaba su disciplina de jugador, seguía exigiendo a los nuevos que fueran tan buenos como él, era imposible...




Su mágica leyenda aún tiene que alcanzar su final, pero, sinceramente, yo no puedo pensar en MJ como jurado de mates, analista, entrenador o GM. Pienso en aquel chico de sonrisa y pies ligeros que le firmó una camiseta a Doug Collins al enterarse de que lo destituían: "Gracias por todo lo que me has enseñado, coach", el jugador que a los mejores perros de presa de la Historia, los Bad Boys, les metió más de cincuenta puntos...



En definitiva, el número 23 (grave error de la portada poner la del 45), siempre corriendo a la pista, con la lengua fuera... y haciendo lo que mejor sabía hacer. Ser el mejor a ambos lados de la cancha.




BILL RUSSELL: "Lo que más me asombra de Michael Jordan es que salía todas las noches con la responsabilidad de ser Michael Jordan. Estás en el pabellón y sabes que nunca va a desconectar ni a tomarse una noche libre. Eso es lo más asombroso de todo".
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