miércoles, junio 15

Tras una ligera transición, los Orlando Magic eran ya una potencia de la Conferencia Este. Con suma habilidad, la figura de Shaq se veía reforzada por Penny Hardaway, un extraordinario y maravilloso jugador exterior. Jóvenes y temibles, para más IMRI, se hicieron con los servicios de Horace Grant, un ala-pívot veterano, eternas gafas y compañero de Michael Jordan en sus tres primeros anillos.
Y lo que ocurrió después rayó en la blasfemia. Shaq, ya entonces un clarísimo candidato a ser un permanente All Star, lideró a los suyos, con la magia de Penny y la defensa de Grant, a una victoria imborrable ante los Chicago Bulls del mejor de siempre, recién aterrizado de su primer exilio. El Chicago Stadium enmudecido ante un puñado de niños que habían mojado la oreja a los imbatibles muchachos de Phil Jackson. Después, ante los Indiana Pacers de Reggie Miller y Larry Brown, los Magic lucharon siete vibrantes encuentros y derrotaron a los de Indiana fundamentalmente gracias a un pívot que empezaba a amenazar, se hablaba en la prensa de Godzilla.
Pero el viejo y cansado equipo que les esperaba en la Final de la NBA, con un modesto récord, los Houston Rockets, tenían a un bailarín. Un nigeriano de Lagos que tenía el mejor juego de pies que se había visto en mucho tiempo. Shaq jamás volvió a verse en una así, ¿de qué te sirve machacar si yo me colocó mejor para los rebotes? ¿Qué importa que puedas partirme en dos si no puedes tocarme? Olajuwon se merendó a O´Neal como nadie lo había hecho antes, tanto que, sus maravillosos Rockets les barrieron en cuatro encuentros.
Hay muchas maneras de reaccionar ante la derrota. Shaq fue hasta casa de Olajuwon para felicitarle por su Final, de la que fue designado MVP. Se dio cuenta de que necesitaba perfeccionarse y quería tener el honor de que el africano le enseñase. Hakeem lo hizo, como a todos en la Liga, le caía bien Shaq. El nigeriano enseñó a Shaq a moverse de espaldas, además, empezaron a confesarse secretos. "Con Olajuwon no había problemas. Codazos, arañazos, golpes... Lo encajaba todo sin pestañear. Lo colocó por encima de mí. El único de los pívots de mi época".

A pesar del chasco, el futuro de Orlando parecía esplendoroso. No fue así, los Bulls lograron incorporar a Dennis Rodman, Jordan tenía los ojos de venganza y hasta le deja algún tapón para el recuerdo a O´Neal. Penny Hardaway, su genial compañero, comenzaría el calvario de las lesiones. Entonces, quizás por primera vez, O´Neal tenía miedo a algo, a terminar siendo uno de esos grandes jugadores sin anillo de la NBA.
Eso lo supo ver Jerry West, antigua leyenda de los Lakers, ahora era un brillante General Manager. Estaba obsesionado con que la franquicia angelina debía encontrar un nuevo Jabbar, una fuerte presencia en el interior. No obstante, si a alguien admiraba O´Neal era a George Mikan, el primigenio center, eternamente torre blanca de gafas bien colocadas, mucho tiempo después, al presentarse ante un abuelo entrañable en silla de ruedas, le dijo: "Sin ti no habría existido". Cuando Mikan murió, Shaq corrió con todos los gastos del funeral, que fue dado con todos los honores, al darse cuenta de que sus familiares no tenían potencial económico para ello.
Orlando se quedó sin sus dos estrellas y empezó una travesía por el desierto. West, que era muy inteligente, sabía que O´Neal era una presencia bajo tableros, pero sí querían un anillo necesitaban a un Penny Hardaway de escudero principal. Y allí, a cambio de mandar al talentoso Vlade Divac, West logró a un jugador que había enamorado a los ojeadores de Adidas, Kobe Bryant. Niño precoz, Jerry pensaba que podía ser el apoyo que necesitaba el perro grande.
Como era de esperar, el niño grande cayó perfectamente ante la selecta grada de Hollywood. Con el número 34, una cohorte de pretorianos como Derek Fisher, Rick Fox o Robert Horry empezaban a rodear al gigante que quería postularse como líder. Desafortunadamente, el joven Bryant, introvertido y muy seguro de sí mismo, no encajaba muy bien fuera del vestuario, aunque enamoraba dentro de la cancha. Shaq le invitó a cenar un día, pero solamente sirvió para que se dieran cuenta de sus dos personalidades antagónicas, Kobe el joven prometedor y callado y O´Neal buscando madurar como líder vocal del grupo.
En una Conferencia Oeste muy dura, los archi-rivales de los Chicago Bulls, los Utah Jazz, les apalizaron en dos temporadas consecutivas, mientras que David Robinson veía reforzado su potencial con la llegada de un jovencito llamado Tim Duncan. Cuando los texanos barrieron a los de El Álamo, tras desfile de entrenadores, todo el mundo pensaba que o a Shaq le faltaba algo o sus compañeros no estaban a la altura...
Llegada la temporada 1999/2000, Phil Jackson desembarcaba en California para demostrar que A y B eran incorrectas.
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