martes, junio 14
Todo es una cuestión de confianza a la hora de analizar la trayectoria de Shaquille O´Neal. Shaq tiene dos padres, uno biológico que pudo ser un gran jugador de baloncesto, pero que tomó la senda de las drogas y abandonar a su familia. O´Neal habla poco de él. Del futuro esposo de su madre, un disciplinado militar, sí comenta más cosas y se le ha visto en pabellones disfrutando de los logros de su hijo.
Fue una criatura precoz la que Lucille O´Neal trajo al mundo. Desde el principio quedó claro, llegaría a desarrollarse hasta alcanzar los 2´16 metros, pero a diferencia de uno de esos espigados y algo ralentizados pívots de buena mano, O´Neal era algo que no se había visto antes. Su fuerza no parecía reñida con habilidad, aunque le faltaban muchos fundamentos y lanzamiento, su mera presencia y capacidad de movimiento lo convertía en un panzer 4X4 dispuesto a aterrorizar a sus coetáneos.
Y fue un viaje desde New Jersey a San Antonio, Shaq había nacido para ser un trota-mundos, tal vez eso le hizo desde el principio ser muy extrovertido, una persona alegre y de sonrisa encantadora, de niño grande. Lo que hizo en Texas se resume con la marca de 68-1, porcentaje de victorias derrotas, llevándolos al título, a base de su impresionante precocidad física. Los ojeadores de todo el planeta asistían estupefactos a ese despliegue de arsenal.
Louisiana fue el lugar universitario escogido por Shaq. Ya entonces destacó por su capacidad de querer aprender, a pesar de poder (literalmente) destrozar tableros y hacerlos pedazos, O´Neal se autoexaminaba se daba cuenta de que debía perfeccionar su juego de pies, su tiro de media distancia y su visión de juego. El resto, sinceramente lo tenía todo. Su nombre sonó por los responsables del basket estadounidense para ir como premio a su trayectoria universitaria con el Dream Team del 92. Su exclusión final fue una de las primeras polémicas que suscitó el gigantón.


O´Neal empezaba a tener muy claro que podía ser uno de los mejores pívots de todos los tiempos. Pósters de David Robinson y Patrick Ewing empezaban a adornar su cabeza, soñaba con el día que se mediría aquellos ídolos, el resto del mundo empezaba a estar de acuerdo con él, tanto que, David Stern pronunció su nombre en primer lugar del Draft.
El equipo que lo eligió fueron los Orlando Magic. Su impacto en el juego fue inmediato, de hecho, incluso su osadía. Pronto se sintió defraudado al vérselas con Ewing y Robinson, finos pívots y tácticos, aquella mole imparable, una especie de bestia, un Mitrídates del Ponto renacido. "Crecí idolatrándoles, pero cuando se enfrentaban a mí lo único que hacían era llorar. Así que me lleve una pequeña decepción".
Desde Wilt Chamberlain nadie había amenazado de esa forma las reglas de la NBA. Los criterios arbitrales no se ponían de acuerdo, mientras que el novato apenas en su segundo año, exigía un sobre-esfuerzo de David Robinson para ganarle por los pelos en la carrera de máximo anotador. En la tierra de Disney, su carácter ganador y versatilidad, solamente se veían eclipsados por su simpática forma de atender a los medios. Muy inteligente ante los micrófonos, Shaq se prestaba a la perfección a la imagen de gigantón fanfarrón y bienhumorado.
Pocas veces una estrella emergente se mostraba tan cómoda con el gigantesco peso de la NBA para los recién llegados. Incluso se permitía el lujo de dar abiertamente la bienvenida a los jugadores que le gustaban, como Alonzo Mourning o Rasheed Wallace. Sin embargo, ¿podría ser tan victorioso en una franquicia de la mejor Liga del mundo?
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