viernes, diciembre 23
Casi pareciera que desde antes de los días del mismísimo Filipo II de Macedonia, los Balcanes hayan sido un territorio donde el talento precoz y los vientos de guerra se caracterizan por darse la mano con excesiva frecuencia.
Nuestra historia es la de uno de los últimos de la vieja Escuela... pero no es una frase manida o un tópico recurrente. Peja Stojakovic es uno de los últimos exponentes de una de las maquinarias técnicas más florecientes del baloncesto mundial, que remitía a aquellos días donde Yugoslavia se enseñoreaba por las pistas de todo el mundo, desafiando a los todopoderosos Estados Unidos y encarándose a toda Europa con una sonrisa de auto-satisfacción.
Nacido en Pozega a la altura de 1977, el joven muchacho pudo experimentar en sus propias carnes y a través de la experiencia familiar, que venía al mundo en días convulsos. Pronto se acostumbró a desfilar por diversas ciudades, zonas limítrofes que se sentían muy distintas, que creían en nacionalidades diferentes y, en ocasiones, rezaban y entonaban sus plegarias con oraciones emitidas en lenguajes y alfabetos distintantes. Parecía que el baloncesto era uno de los pocos aspectos de concordiba. Serbios, croatas... Todos eran buenísimos bajo unos aros, especialmente por su sangre fría y una capacidad única de no intimidarse en los momentos de máxima presión, cuando tiemblan las muñecas.
Desde muy temprano, el muchacho Pedrag, a quien llamaremos por comodidad como sus amigos de aquella época, Peja, demostró que valía para aquel deporte, pero no al buen nivel de muchos de sus compatriotas, sino a otra escala. Especialmente, su mecánica de tiro era muy fluida para su edad, académicamente perfecta, como un fino estilista. Con apenas 15 años, se decidieron a subirlo al Estrella Roja de Belgrado, siendo pieza prematura de un equipo campeón. Nadie había sido campeón de aquella feroz competición siendo tan joven, por lo que la noticia corrió como un reguero de pólvora. Además, contaba con algún camarada también prematuro y con cártel de promesa, nada menos que Tomasevic compartía vestuario con aquel chavalín.
Se le intuía un futuro muy interesante a aquel chico, con el tiempo, sería la máxima arma anotadora de su equipo, debían de venir muchas más ligas, copas y el salto a la selección absoluta. No obstante, Peja y su entorno tomaron una decisión que marcó su rumbo y quién sabe si fijó su distanciamiento de sus brillantes compañeros de generación. La situación en el país era tumultuosa, el modelo yugoslavo naufragaba, había demostraciones del drama que se escondía, incluso en algo tan superfluo como el deporte. Drazen Petrovic y Vlade Divac, ídolos y amigos de confianza, habían terminado rotos por el sentimiento croata del primero y la incomprensión del segundo, no sería hasta mucho después cuando se arreglaron.
Guerras, problemas de etnias y un territorio tan pasional, convencieron al joven de irse a Grecia. Apenas era un crío de 16 años y embarcó sus maletas al PAOK de Salónica. Lo que ocurrió le confirmó como un súper-dotado, un desgarbado anotador que ponía a los puristas entre afirmar que se parecía a Petrovic (por su forma de anotar, aunque no era tan polémico ni tenía la dura mirada de líder del genio de Sibenik) o Kukoc (por el físico, muy delgadito y con cara de no haber roto nunca un plato, pero si la moral de sus defensores).
Durante cinco años, Stojakovic disfrutó e hizo disfrutar a la afición helena, en ese país que, desgraciadamente, pese a su gran legado histórico, está viviendo una de las horas más bajas de su historia. Peja no tuvo la mala suerte de vivirlo residiendo allí y, en otra decisión que reflejaba su prudente distancia del polvorín de los Balcanes, se nacionalizó también como griego, sembrando las dudas de unos compatriotas que tenían en el basket casi una religión, con un fervor que rivalizaba con los lituanos.



Sus triples en unas semifinales que hubieran podido ser narradas por Tucídides, sirvieron para demostrar que el hijo de Miodrag y Branka Stojakovic había nacido para triunfar. Estaba claro, el chico no había nacido para tener una escopeta en la mano, sus disparos más mortíferos tenían arco y el único enemigo al que pensaba abatir era la dictadura baloncestística de un Olympiacos al que ayudó a desbancar.
El salto de independencia que demostró al aclimatarse a otro país y sus prestaciones baloncestísticas, siempre jugando con gente mayor que él, convencieron a muchos ojeadores de la NBA de que allí había un nuevo Petrovic... alguien capaz de cruzar el charco a la auto-proclamada mejor Liga de baloncesto profesional del mundo.
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