miércoles, febrero 29
Esta es la historia de un prodigio. No se puede comenzar esta semblanza negando dicho hecho. La leyenda, la blanca y la negra de Kobe Bryant, para muchos el mejor jugador de la última década, e, indudablemente uno de los mejores de la NBA de todos los tiempos, solamente se puede iniciar con ciertos axiomas innegociables.

En primer lugar el nombre, Kobe, un azar, el capricho del destino que hizo que sus padres considerasen oportuno homenajear el nombre de una comida japonesa. Hijo sí, porque hasta los prodigios tienen padres, no salen de la nada, en este caso, la carga genética vino dada por Joe y Pam Bryant.
Aunque fue el único varón, y muchos podrían pensar por su carácter durante sus primeros años en la NBA, no fue hijo único. Shaya y Sharia fueron sus dos hermanas mayores, en tierra de Filadelfia, la ciudad del amor-fraternal, una de las cunas del basket callejero, el lugar donde algunos como Allen Iverson se hicieron célebres, gracias a lucir la elástica de los Sixers. Casi desde el principio, el baloncesto se presentó como una misión irremediable, más porque su progenitor era jugador profesional de la auto-proclamada como mejor Liga del mundo, pero no fue así, porque hubo algo que cambió cuando nuestro protagonista contaba con 6 años...
La familia Bryant se trasladó a Italia, donde Joe acabaría su carrera en la siempre agradable tierra transalpina. Entonces, Kobe fue desviado del basket por mediación del también auto-catalogado como mejor campeonato del mundo, el Calbio, donde el AC Milán dominaba sin rubor la Liga y el Viejo Continente, con jugadores tan espectaculares como Marco Van Vasten o Frank Rijkaard, a quien escogió como ídolo. También fue investigando y fascinándose con las historias que se contaban de Maradona en el Nápoles... desde entonces, el muchacho, que destacaba por una constitución atlética heredada del progenitor, se propusó ser futbolista profesional.
Entonces vino él, la sombra, el ídolo... La historia fue de Jordan a Kobe, no de Kobe a MJ... aunque ninguno de los dos lo sabían. El astro de los Chicago Bulls se metió en su camino, a través de la televisión. Desde entonces, Bryant, al igual que otros niños como Chris Webber, saltaban en calcetines en sus apartamentos, soñando con ser como MJ, el maestro del tiro en suspensión.


Para satisfacción de su padre, Kobe decidió que cuando volvieran a Estados Unidos, en 1991, se haría jugador de baloncesto. El lugar escogido fueron las aulas del Lower Merion High School, donde el primer año le fue muy bien en lo individual (sobre todo estéticamente, su juego ya impresionaba, un saltarín muy plástico) pero mal en lo colectivo. A partir de entonces, vino la explosión y el ojo del huracán.
Como muy bien advirtió Isabel Tabernero, el caso de Kobe era distinto. A diferencia de Arenas, Wade... ser un profesional no iba a sacar de pobre a su familia, era un chico de familia de clase media bastante bien acomodada.
Si muchos de sus compañeros de generación vendrían de hogares desectructurados (Rasheed Wallace se crió prácticamente sin padre, o, tiempo después, Lebron James), Joe entrenó a Kobe el segundo año, cuando Bryant cogió las riendas, tras veranos practicando los movimientos de la deidad de Chicago, para crear una racha de 77 victorias por 13 derrotas.
El mundo entonces empezó a prestarle mucha atención al chico de Philly, introvertido, de pocas entrevistas y que mantenía los focos alejados una vez salía de la cancha. Pero una vez en el terreno de juego, era un volcán de creatividad, aunque en ocasiones demasiado espectacular para su propio bien. Con malicia, Phil Jackson escribió en "The last season", que de una manera consciente, fallaba tiros a propósito para llegar a finales apretados donde decidía con un buzzer beater. En ocasiones, su afán de querer ser como Jordan rayaba en lo fanático.
También jugaría en Pensilvania, además de ser nombrado jugador joven del año por el prestigioso Usa Today, ser un All-Star del campeonato McDonald (el equivalente al All Star de los jugadores mayores) y un inspiradísimo recital en un campamento de Adidas. Es curioso pensar que algunas figuras de su vida profesional iban a estar ya por allí, no podía saberlo, pero coincidió en el espacio con un tal Lamar Odom que sería dos veces campeón con él, además de poder disfrutar de un uno contra uno frente a Jerry Stackhouse.
Sumando los números de sus dorsales aquella mítica jornada, a Bryant le salió el 8 y sonrió. Ya sabía el dorsal que elegiría cuando le eligiesen en el Draft. Un momento, pensara algún lector, pensara algún lector, ¿no pensaba seguir formándose en la universidad y jugar en la NCAAA? Pues no, sería un salto del instituto a los profesionales, según sus propias palabras, "Porque así podría jugar con Mike".
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