lunes, marzo 5
Cuando Phil Jackson fue fichado en 1999, la directiva angelina quería títulos y a ser posible ya. El Maestro Zen, con seis anillos a sus espaldas, llegada con toda la auctoritas del mundo, dispuesto a pasar la escoba y explicar por qué San Antonio y Utah habían masacrado a sus talentosos jugadores los tres últimos años.
Desde el principio, Phil y su inquisitivo cuerpo técnico se dieron cuenta de que la comunidad del vestuario estaba dividida. Por un lado, los jugadores más veteranos estaban alrededor de Shaq, lenguaraz y líder de masas. Mientras, los chicos más jóvenes de la plantilla, miraban con admiración el talento y la ética de trabajo de Kobe, el primero en llegar a entrenar y el último en irse, espectacular en la cancha y muy intro-vertido fuera, con cierto aire de arrogante, decían algunos.
Con su habitual confrontación, desde el primer momento, Jackson se encaró a O´Neal y le declaró que pensaba que era un maestro en lo que hacía, pero que no tendría hueco en la plantilla si no era el líder que todos los suyos necesitaban. Shaq, que no tenía nada de tonto, asintió y comprendió lo que su nuevo técnico le prometía, MVPs y anillos, a cambio de obediencia y dar un paso al frente. La asignatura pendiente del Perro Grande era hacerse con un campeonato. En plena madurez física, O´Neal estaba dispuesto al reto.
Todo el mundo se mostraba contento con la actitud participativa de Shaq, que hacía muy felices a sus tiradores y se ganó merecidamente el premio a mejor jugador del año, ganando los angelinos más de 60 encuentros. Desgraciadamente, el segundo mejor hombre del equipo, Bryant, tuvo una importante lesión, no obstante, cuando volvió, Jackson y los suyos tenían muy claro qué hacer. Kobe y Shaq debían combinarse, como en el pasado, Pat Riley había logrado que Jabbar y Magic conectasen.
Los efectos fueron mucho más devastadores de lo que nadie hubiera pensado. Kobe castigaba a los equipos que se centraban en O´Neal desde fuera, mientras que si doblaban defensas al escolta, el angelino con el dorsal 8 daba brillantes pases a un Shaq que en aquella época mataba a cualquiera con un feroz mate.



Eso sí, llegados a los Playoffs, los fantasmas de antiguos descalabros se notaron ante Kings y, muy especialmente, Blazers. Tex Winter criticaba la actitud derrotista de algunos jugadores veteranos del equipo, pero Jackson, les animaba a exteriorizar antiguos fracasos, además de enseñarles, mediante metáforas fílmicas y literarias, que había opciones de cambiar ese ciclo.
Entre los menos derrotistas, estaba Bryant. Superando la excelente defensa de Jason Kidd, Kobe anotó su primera canasta de la victoria en postemporada, algo a lo que el público de todo el globo debería acostumbrarse. Ante Sacramento y Portland, fue el jugador más fiable (Shaq va aparte) y cuando le preguntaron por los encuentros a vida o muerte, declaró que era lo que soñaba desde que entró en la familia californiana. Arrogancia y autoconfianza hasta límites increíbles.



La Historia recordaría las Finales de Conferencia de 2000 como una de las mejores de todos los tiempos. Kobe firmó su mejor asistencia de siempre tras quebrar a Scottie Pippen y encontrar a O´Neal entre mares de brazos Blazers, un tremendamente talentoso equipo que no cedió hasta el final.
En aquel duelo, el Maestro Zen amonestó a Bryant en privado por su odio a Pippen. Si por Jordan sentía admiración, el escudero de su ídolo fue casi desde el primer momento una fijación a derribar. No obstante, como advirtió Phil, Kobe se sentía superior a Scottie hasta límites absurdos, no respetándolo y permitiéndole al veterano sacarle los colores en no pocas ocasiones durante esa serie.
Gracias a un flojo último cuarto de Portland, mucha permisividad arbitral con Shaq y la absurda eliminación de Sabonis, y el talento angelino, los Lakers sobrevivieron y fueron a disputar seis excitantes encuentros con los Indiana Pacers. Kobe se metió en la página de las Finales en el cuarto encuentro, acababa de venir de una lesión de tobillo y explotó midiéndose al legendario Reggie Miller, en un encuentro donde Shaq fue eliminado en la prórroga. Antes del encuentro, el escolta afirmó que solamente un franco-tirador podría impedir que estuviera en Indiana.
Volviendo al año siguiente, Kobe y Shaq separaron aún más caminos. Bryant se había llevado la gloria, su ética de trabajo y espectacularidad, no obstante, a diferencia de Allen Iverson, T-Mac o Vince Carter, él contaba con el mejor center del campeonato, uno de los más grandes de todos los tiempos. O´Neal, que se había llevado (y repartido) arañazos, codazos y empujones, se relajó y comenzó la temporada después de unas felices vacaciones donde no vio un balón. Por su lado, casi de un modo castrense, Bryant se puso a visitar el gimnasio y a mejorar aún más sus increíbles prestaciones.
En la 2000/01, Kobe empezó (como soñaba) a ser comparado con Jordan. Saltarín, agresivo defensor (aunque con problemas en el poste bajo, como demostraron Bonzi Wells, Pippen y Steve Smith) y muy plástico, empezó como una moto, sorprendiendo al propio Jackson, tanto por su talento como por saltarse los sistemas en beneficio de su anotación. Bryant enamoraba y los Lakers deambulaban por la temporada, O´Neal apenas recibía balones y el equipo perdía, a pesar del 8. De una forma muy clara, el escolta declaró que no iba a cambiar su juego, que mejoraba cada díaz más y que no le iban a enturbiar.
Quisó el azar que Kobe se lesionase de manera leve y Shaq levantase al equipo con su coralidad. El center dejó en entredicho el sistema kobista y el equipo recuperó el buen pulso. Cuando volvió sano, acató las órdenes de Shaq, aunque fuera a regañadientes. Picados, ambos masacraron la NBA y apenas perdieron un partido para conseguir el título, aunque nuevamente Iverson impedía a Bryant alcanzar un récord (además, el genio de su Philly natal, se llevó el MVP, otra vez, el compañero de quinta le adelantaba).
Jackson lo tenía claro, mientras llegasen los títulos, los dos se llevarían bien, pero su comunión era mucho más frágil de lo que se decía de puertas adentro.
El siguiente año, Kobe siguió siendo asiduo del All Star. En esas fiestas, se pudo comprobar que se llevaba muy bien con algunos ilustres del campeonato, como Kevin Garnett, Jason Kidd o Rasheed Wallace. De cualquier modo, parecía que el MVP del partido de las estrellas estaría en manos de Shaq o Duncan para el Oeste, o, aún peor, si ganaba el Este, sería para Iverson, que le hizo uno de los mejores regates a costa del escolta, emulando a Isiah Thomas.
Con todo, los angelinos le necesitaban como el motor y se permitía exhibiciones anotadoras que le aupaban como un favorito de la grada. Eso sí, en el anillo de 2002, los Sacramento Kings estuvieron a punto de eliminarlos y se vio la faceta menos glamurosa del tridente Jackson, O´Neal y Kobe. Ciertos favoritismos arbitrales (excesivamente visibles en el sexto encuentro para alargar la serie), una visible prepotencia en Shaq (era buenísimo y, arropado por los árbitros, casi invencible) y mucho divismo en Kobe (armó un cirio por una hamburguesa que le sentó mal en Sacramento, acusando de que le habían intoxicado a posta, o rompiendo la nariz de Bibby sin sanción para salir de una presión a todo cambio).
Todo iba bien en el paraíso, pero incluso en los mejores momentos, el matrimonio italiano del escolta y el perro grande se ladraban. "Quítate eso y ponte tu camiseta", le declaró O´Neal sin rubor cuando le vio entrando con el trofeo y la camiseta del 23 de los Bulls.
Hay amistades y obsesiones que matan.
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