sábado, abril 28

Unos parecen recién salidos de una película de Guy Ritchie. Los otros, de una cinta de la nouvelle vague. Ambas fórmulas pueden caminar paralelamente, e incluso compenetrarse, pero desde el año 2000, siempre que Barcelona y Chelsea han cruzado sus caminos en un campo de fútbol, polémicas, remontadas, goles en el último instante e intercambios de golpes se han ido sucediendo. Los libros de Historia no comentan nada de viejas riñas entre Londres y la Ciudad Condal, pero el deporte ha ido forjando una rivalidad que alcanza tintes de leyenda, con notas oscuras y claras, de sombras y tonalidades grises... Una guerra, no física, pero sí de palabras, sentimientos y filosofías de vida.



Nadie imaginaba que una coincidencia fuera a desembocar en tan airadas consecuencias, pero que José Mourinho hubiera sido segundo entrenador del Barcelona antes de triunfar en el Oporto y ser llamado por los cantos de sirena de Abramovich (que podría ser perfectamente el antagonista de "Rock and Rolla") en 2005, provocó dos duelos memorables, teatrales y que sellaron una mutua animadversión. Un tanto de John Terry tras falta al guardameta Víctor Valdés permitió a los blues pasar a cuartos de final, mientras que al año siguiente, una genialidad de Ronaldinho sellaba la venganza. Fueron choques de alta tensión, los complejos napoleónicos de Mou contra la tranquilidad bohemia de Frank Rijkaard, el músculo inglés frente al juego de toque azulgrana...



Aunque no fuera para cruzarse a vida o muerte, coincideron en la siguiente liguilla, la última vez que "The Special One" (como modestamente se auto-proclamaba) pudo festejar con sus gladiadores el empate a 2 en Can Barça con un tanto de Didier Drogba. Combate nulo, pero ni siquiera que el míster luso se fuera, rumbo a hacer historia con el Inter, impidió a los duendes volver a cruzar ambos destinos, en un año destinado a marcar el devenir de las franquicias. En 2009, con nuevos inquilinos en sendas escuadras (Pep Guardiola para el conjunto español y G.Hiddink para los chicos de Stamford Bridge), semifinales de la Champions; definitivamente, Dios no jugaba a los dados con el universo.  



Otra vez, sus vidas paralelas se cruzaban. El Chelsea era el favorito de muchas quinielas, vigentes subcampeones del torneo, solamente un errado penalti (resbalón en campo mojado) de su capitán les privó de alzar la Copa Orejuda la edición anterior ante el Manchester United, la gran obsesión de su entregada grada y la justificación de los millonarios emolumentos de su presidente. Mientras, con una apuesta que mezclaba muchachos de la Masiá con solventes fichajes extranjeros (Samuel Eto´o, Henry...), el Barcelona se había convertido en la debilidad del público neutral, debido a su hipnótico manejo del esférico y su apuesta por un fútbol ofensivo y alegre.  



Escuadras francesas, alemanas y de Europa del Este, habían probado que 90 minutos en el Camp Nou podían ser eternos, sometidos al asedio de un ataque vertiginoso y donde el rival sufría el frustrante desgaste de perseguir como fantasmas la pelota. Sin embargo, ningún equipo de aquella temporada tenía el fondo de armario de aquel aspirante a todo, que incluso se había permitido el lujo de fichar a Michael Ballack, estrella bávara, como si Lampard, Terry, la serena presencia del checo Peter Cech o Drogba no bastasen. Durante el ritual de marear con sus pases cortos y de locos bajitos, los blaugrana se quedaron sorprendidos de una masa que no cedía y respiraba igual de bien en el descuento que al inicio, cuando a otros les había costado goleadas asistir a esa danza.




Para la polémica (es un Chelsea-Barça, ¿recuerdan?), un penalti muy difícil (pero evidente en la repetición) de ver, cometido por Ivanovic al delantero galo Henry y la demandada expulsión de Ballack por parte de varios de sus rivales, especialmente Andrés Iniesta, encargado de comprobar que el teutón, jugador de calidad, se había imbuido de la consigna de resistir a cualquier precio y que la eliminatoria se decidiese en Stamford. Después de un recital en el mismísimo Santiago Bernabeu, el optimismo imperaba en la expedición de los de Guardiola, solamente para encontrarse con un golazo de Essien que empalmó un balón con aroma a destino de un equipo que ansiaba la gloria de la Champions con anhelo.




A partir de entonces, la pregunta era cuándo darían los subcampeones el zarpazo definitivo. Drogba, al igual que en la ida, tuvo un mano a mano con Valdés que no pudo aprovechar, de manera meritoria, el cancerbero culé volvería a sacarle otro en el segundo tiempo y hasta una falta envenenada. En pleno acoso, un forcejeo de Dani Alves y Maluda fue reclamado como falta por parte de algunos, aunque incluso visto en repeticiones sigue pareciendo un contacto mínimo. Con todo, el colegiado de aquel día, el noruego Obrevo, tendría algunas de las peores decisiones que se recuerdan. En el partido, tendría muchos problemas, destacando dos caídas de Drogba en el área. Si bien hay una donde Touré Yaya saca el balón limpiamente, en la otra, pese a hacer lo mismo, parece que hay el contacto suficiente. El excelente delantero marfileño quedó terriblemente afectado por las dos señalizaciones que juzgaba clarísimas, mientras el Barça, pese a todo, intentaba llegar al dominio enemigo, aunque Hiddink había cedido la bola a cambio de infectar su feudo de piernas capaces de despejar cualquier lanzamiento. También se pidieron unas manos de Piqué, aunque no había intencionalidad (por tanto no roja), se podía haber señalado que impedían el avance inglés.




Casi como queriendo compensar, Obrevo expulsaría al lateral azulgrana Abidal por mirar como el hombre al que marcaba, el francés Nicolás Anelka, se caía y tropezaba en el césped. Ramón Trecet, que estaba en aquel momento sin ver el duelo, confesó haber oído por la radio que uno de los dos contendientes se quedaba con diez, enchufó el encuentro y juzgó que los locales debían ser los sancionados, porque parecía que el Barcelona fuera el único interesado por atacar. La tensión iba en aumento y solamente una broma entre Hiddink y Guardiola pareció relajar tensiones en un ambiente enrrarecido.





Igual que un triple de Robert Horry, inesperado, terrible y en el momento oportuno para no dejar reaccionar, Andrés Iniesta conectó el primer disparo entre los tres palos de los culés en su visita al feudo de sus archi-rivales. Suficiente, casi en el descuento... Quedaba tiempo para un último voleazo de Ballack que fue despejado por Eto´o tapándose de espaldas. Nueva pena máxima no pitada, según el color, algunos recordaban que lanzó un jugador que, reglamento en mano, no debía de estar en el rectángulo de la fina hierba, mientras que para otros tantos, la intencionalidad era evidente. Drogba lanzando acusaciones a la cámara y Terry, felicitando uno por uno a todos los miembros de la plantilla enemiga, que iniciarían un ciclo de seis éxitos consecutivos, hazaña sin precedentes en las competiciones de clubes.



Los dos destinos se separaron, aunque hubo bromas privadas, como que los dos fueran apeados de la final de Madrid por el Inter de Mourinho, que el Barcelona alazase su segunda Copa de Europa con Guardiola como técnico ante el Manchester, tradicional rival de los blues, pasando porque Abramovich lanzasase cantos de sirena (y de nóminas acuáticas muy rentables) a joyas de la Masiá y staff técnico de quienes les privaron de aquella ansiada Final.





Ha querido el azar estas dos últimas semanas que volvieran a encontrarse. Que el Barcelona ganase a los puntos (cuatro postes, pena máxima no sancionada tras derribo a Iniesta y eterna posesión, ¿están en paz por los cuatro penalties de los que les acusan en algunos medios poco afines, al fin?) y el Chelsea por KO. Droga (es increíble el paralelismo que tiene su forma de jugar con la salvaje nobleza de Kevin Garnett) ha vivido duelos memorables con Carles Puyol y al fin se ha tomado cumplida revancha contra su bestia negra en 2009, anotando el gol decisivo en Stamford en su primer intento y convirtiendo en una pesadilla la aportación de Valdés, héroe de la anterior entrega.




Earl Hickey hablaría de karma a la hora de afrontar el extraño fenómeno que fue aquel partido del Camp Nou, donde el Barcelona lo tuvo todo hecho contra diez, 2-0 y dominio del juego. Pero los blues no se rindieron y Peter Cech (uno de los tipos con más mérito entre los cancerberos de Europa por su fatídica lesión y ejemplar recuperación) se hizo muy grande, para que fallase el infalible Messi. Sus elegantes palabras en la victoria, así como las del "Niño" Torres han granjeado y traído sosiego, respeto y cuentas saldadas, dirán incluso algunos.




No hay favoritismo cuando dos titanes chocan, y, salvo la lesión de Piqué, todo fue espectáculo y tensión, ver a Drogba abrazándose fraternalmente al astro argentino antes de los encuentros y luego comportándose como un guerrero durante 90 minutos (incluso las tonterías de Lampard y Cesc se perdonan en este contexto), para volver a demostrar señorío consolando a un enemigo al que reconoció como uno de los mejores equipos del mundo.






Chelsea y Barça ya no se deben nada. A pesar de estar siempre más centrado en el baloncesto, no queríamos dejar pasar la oportunidad en Never Shall Me Down de analizar desde otra perspectiva estos apasionantes duelos y su intrahistoria.
Publicar un comentario en la entrada