domingo, abril 8
Hay pocos torneos más ingratos que la NBA. Juzgadlo vosotros mismos si no. Si compotes en la Liga Universitaria, a lo mejor ganas el torneo de la ACC aunque no entres en la Final Four; o, si estás en España, tal vez pierdas la ACB pero arrases en una afortunada Copa del Rey. Sin embargo, la auto-proclamada mejor Liga del Mundo solamente permite a un equipo reír el último en junio. Uno solo, el resumen de 82 partidos y 4 eliminatorias fraticidas por el anillo. No parece justo.


Afortunadamente, hay matices. "Del segundo nadie se acuerda", "El subcampeón solamente es el primer derrotado", "Intentarlo es el primer paso hacia el fracaso"... De cualquier modo, la Historia está llena de casos que contradicen esa opiníón tan taxativa.
La Holanda del 74 siempre será recordada por los futboleros, a pesar de haber caído en la Final de Alemania. De idéntica forma, la derrota de Aníbal Barca en Zama, que certificó su derrota no le ha impedido ser considerado uno de los mejores generales de todos los tiempos por los especialistas. Así, todo el mundo rememora a figuras que terminaron perdiendo, aunque gozaron de las simpatías y la admiración de mucha gente, que incluso les perdonaron el fracaso final de su empresa.
Los Phoenix Suns tienen su propia versión de este fenómeno. Parecería que fue ayer, pero ha llovido desde que Steve Nash, el mejor base de los Dallas Mavericks, era traspasado al desierto de Arizona. Casi parecía un tiro al pie de Mark Cuban para los texanos, pero era una jugada terriblemente lógica, con Nowitzki como pilar indiscutible, su mejor amigo de la plantilla era la única opción seria de sacar cosas rentables de la venta y poder reconstruir una plantilla ganadora pero que quizás necesitaba un cambio de rumbo.
El canadiense, un tipo peculiar y que no se casa con nadie ("Pienso que uno de los problemas actuales es que se toma demasiado en serio a los deportistas profesionales"), no llevó mal la supuesta depresión. Sí, dejaba una franquicia campeona y a su mejor camarada, pero nada le impedía seguir en contacto con Nowitzki como amigo y, los Suns, eran una escuadra joven que no contaba para ningún analista, pero uno de los mejores bases de la plantilla iba a meter en la cabeza de aquellos chicos que podían correr mucho y anotar.
La plaza que ocupaba Steve había sido propiedad de Marbury, un espectacular base de calibre All Star que, al igual que Iverson, pese a ser un creador de juego, era aún más terrible como anotador. "Starbury" como algunos le apodaban, dejaba un hueco difícil de llenar, pero Nash no era tan tonto como para ser el clon de nadie, Marbury era él y Nash era Nash. Desde el primer momento, a pesar de la diferencia de edad, Nasty Nash se dio cuenta de que el joven Amaré Stoudemire era el líder del vestuario. Lejos de disputar nada (tenía muchos años de experiencia en la Liga y podía haberlo intentado), aceptó su rol en el vestuario y se encargó de que todos vieran en él la figura de un hermano mayor enrrollado o un padre benevolente, antes que la de un tipo con el que no conectarían en nada.
Las primeras semanas de la temporada 2004/05 hicieron a más de uno frotarse los ojos. Mike d´Antoni, entrenador de perfil a la europea, no quería que sus pupilos se centrasen en defender o controlar todas las situaciones. Si tenías a Nash aquello era pedir un imposible, era como tener una pareja alocada y divertida a la que quieres meter en casa al brasero un viernes por la noche; era mejor dejarse llevar por la corriente y disfrutar. Con licencia para matar, Steve pasaba de 10 asistencias por noche y sus jóvenes compañeros se sorprendían de que sus estadísticas nunca habían lucido mejor. Es verdad que encajaban muchos puntos, pero como siempre terminaban anotando más que el contrario, problema resuelto.
El primero en notarse liberado fue Amaré Stoudemire. Fruto de un hogar conflictivo, el joven pívot nunca había incurrido en ninguna infracció o nada censurable, por lo que los problemas de su núcleo familiar solamente le habían incentivado a lo contrario. De hecho, incluso evitaba hablar del tema o revindicarse. Con un físico bestial y una gran capacidad de destrucción en el aro rival, Nash le dijo a Stoudemire algo parecido a lo que debió decirle John Stockton a Karl Malone "Tú ponte cerca de la canasta y no te preocupes que te llegará el balón".
Si de Nash y Stoudemore se esperaba buen rendimiento, la metamorfosis de otros Suns fue increíble y la clave de que se hicieran los líderes de la brutal Conferencia Oeste. Shawn Marion, un tipo con una mecánica de tiro horrible y muy heterodoxas maneras, recibió carta libre por parte de Mike d´Antoni para ser el mismo en la cancha y disfrutar de la nueva filosofía de juego. Los puristas se tiraban de los pelos, mientras Kenny Smith, zorro viejo, afirmaba que aquel chico era "The Matrix". El primer milagro de los muchos que sucedieron aquella temporada 2004/05, donde los amantes a trasnochar se chocaban las manos, al fin volvían partidos a más de 100 puntos y contra-ataques mortales, sin miedo a ser conservador.
Por desgracia, no todo iba a ser tan positivo. Si Quentin "Racheado" (Andrés Montes dixit) Richardson marcaba más triples que en toda su vida, uno de los mejores jugadores del equipo, Joe Johnson, terminaría saliendo de la plantilla, a pesar de rendir a un excelente nivel. Reservado hasta el extremo, siempre pareció el menos alocado de los Suns, aunque en la cancha era una voz bien audible, algunos avisaban que su marcha se debía a mala relación con Amaré (mala relación con Steve Nash sería como considerar a Gandhi agresivo). Aunque ambos lo desmintieron, fue la única lamentación sería de aquel año.
Avasallando a los Gizzlies de Gasol en cuatro partidos y vengándose Nash de Dallas en una serie trepidante, Cenicienta entró en las Finales de Conferencia del Oeste, donde aguardaba un perro viejo que no correría como quería D´Antoni. Toda la NBA buscó vacuna a la velocidad de los jóvenes Suns, pero los San Antonio Spurs impusieron el ritmo de andar y Ginóbillo y Duncan hicieron el resto. Aún tuvieron una jornada de orgullo los de Phoenix al forzar un quinto partido, pero eso fue todo, aunque Nash ya había recibido el MVP y su equipo estaba en el corazón de todos los buenos aficionados.
Entonces entró en juego la presión mediática y la obligación que el entorno provocó que aquellos artistas vivieran los siguientes años con la presión de lograr un anillo, como si sus merecimientos no fueran suficientes para perdurar en el recuerdo. Y el destino ya les hizo la primera broma macabra cuando la temporada 2005/06 les privó de Amaré, lesionado de alta gravedad. Muchos les quitaron de todas las quinielas, mientras D´Antoni y Nash dijeron "doble o nada".
En verdad, lo que hicieron aquellos Suns fue un coqueteo con la grandeza de los que perduran. Siguieron en la élite y todo el mundo corrió el doble para que no se notase la baja de uno de los mejores jóvenes interiores del planeta.
Raja Bell se convirtió en una presencia defensiva capaz de sacar de sus casillas al mismísimo Kobe Bryant, Shawn Marion alcanzó estadísticas de All Star y Leandrinho Barbosa aceptó el reto de ser el suplente de Nash y lograba impone a sus muchachos el mismo ritmo trepidante que el canadiense, por aquellos días infalible, si le defendías dejaba solo a su compañero, si cerrabas los pases, te clavaba el triple o la penetración. La NBA le volvió a distinguir con su segundo MVP, mientras otros como Pau Gasol lo resumían: "El milagro de Phoenix es él".
En los Playoffs, un triple milagroso de Tim Thomas evitó que los Lakers dieran la campanada y Phoenix forzó siete encuentros para lograr que por primera vez un equipo dirigido por Phil Jackson cayera en primera ronda. Sin moverse de California, los Suns, diezmados y orgullosos, forzaron otros siete encuentros contra los Clippers, con un Elton Brand en estado de gracia. En un duelo precioso y de altas anotaciones, Phoenix acabó imponiendo su ley, dando la sensación en el séptimo de que podían seguir corriendo toda la noche si era necesario.
Nuevamente en la Final del Oeste, Nowitzki y Dallas lograron la venganza, aunque los de Nash vendieron cara su piel en seis choques. La imagen de los Suns el último día hizo que incluso los más pragmáticos se inclinasen: "Nowitzki dobleó al equipo incansable que no dio síntomas de rendición hasta el último día", titulaba NBA Marca. Una vez más derrotados, pero aquel año, muchos, que íbamos con Dallas, celebramos con poca arrogancia haber visto perder a un finalista tan digno.
La 2006/07 era el año donde ya no estaría el asterisco de la baja de Stoudemire y no existía la excusa de que era el primer año. Los medios y la afición parecían empeñados en obsesionarse en lo único que faltaba, antes que deleitarse en lo mucho conseguido. Y los Suns volvieron a salirse del parchís en la temporada regular, solamente Dallas sobrepasó su ritmo, mientras Amaré y Steve perfeccionaban el pick and roll hasta límites insuperables.
Sin complicaciones, los Lakers cayeron 4-1 frente a aquel rodillo, a pesar de los esfuerzos sobre-humanos de Kobe Bryant. Nash, que no ganó su tercer MVP, al menos pudo disfrutar que se lo dieran a su gran amigo Nowitzki. De hecho, con mucha lealtad y cariño, defendió al bávaro de su descalabro en primera ronda, algo inexplicable para los críticos, pero sí para él: "Es muy sencillo. Todos pierden en los Playoffs menos uno. Dallas siempre ha tenido problemas con los Warriors las últimas temporadas. No empaña para nada el gran año que Dirk hizo".
Durante las semifinales, esperaban los San Antonio Spurs de Popovich, el hueso más duro de roer para cualquiera. Durante cuatro partidos, los mejores perros de presa se pusieron contra Nash y su sistema de ataque, la imaginación contra la eficiencia germánica e infalible de Duncan y compañía. Pero cuando la ventaja de campo estaba a favor de Phoenix, Robert Horry hizo una fortísima falta a Nash, fracturándole la nariz y dejándolo tendido en el suelo, en una acción gratuita. Amaré desde el banquillo saltó en defensa de su amigo. La Liga actuó de oficio, Horry, brillante jugador pero en el crepúsculo de su carrera y jugador de rotación de Popovich, fue sancionado sin jugar, pero también Amaré y otros Suns, jugadores imprescindibles.
David Stern y su comité prefirieron cumplir las reglas que la justicia. Aunque por escaso margen debido al esfuerzo de Nash y su equipo, San Antonio ganó el quinto y finalmente la serie. El escándalo arbitral fue mayúsculo, pero los Spurs acabaron alzando su cuarto anillo. "No todas las derrotas duelen igual", afirmó Nash al rememorar aquel día. "Cuando estás en un equipo debes querer a tus compañeros. No me arrepiento de lo que hicé, tenía que defender a Steve", se sinceraba un Stoudemire perplejo.
Aquella injusticia dejó tocado para siempre el proyecto. Alguna periodista de prestigio en materia NBA como Isabel Tabernero, incluso lanzaba un ¿Todo el mundo iba con Phoenix? Por supuesto que no, pero es cierto que los neutrales en aquella serie siempre fueron un poco más de los Suns que de San Antonio. Dudando de aquella filosofía, la directiva de Arizona fichó a Shaquille O´ Neal, un espléndido refuerzo, pero que ralentizaba el ritmo de Nash y cía, en una clara renuncia a la antigua estrategia. El experimento no funcionó del todo (aunque O´Neal-Nash-Stoudemire se llevaron muy bien) y San Antonio les apabilló en cinco partidos, sin trampa ni cartón.
Quedaba el desprecio de los resultadistas y el aprecio de los enemigos. Bruce Bowen, que había hecho peligrar los tobillos de Nash mil veces, elogiaba al canadiense como uno de los mejores bases que nunca había visto, Pau Gasol declaraba que el canadiense probablemente fuera la mejor persona de la Liga, mientras Nowitzki siempre estaba dispuesto a defender su causa. Pero aún quedaba un último baile, en 2010, justo después de la aberración de haber estado un año sin postemporada.
Tirando de oficio y con un nuevo entrenador (Gentry), los Suns, con nuevas caras jóvenes y no tan jóvenes (el gran caballero Grant Hill), tiraron de experiencia para sorprender a los jóvenes Blazers y, en la serie más dominante que Nash nunca ha tenido, y eso es decir mucho, barrer a sus verdugos habituales, los San Antonio Spurs. Popovich se quitaba el sombrero y los underdogs de aquel año se dirigían a LA, donde Kobe Bryant, mejor acompañado que en muchos años, esperaba vengar sus dos eliminaciones pasadas.
De un modo milagroso, especialmente el cuarto día, donde Dragic parecía Petrovic, los suplentes de los Suns y la defensa zonal, hicieron colocar un 2-2 que no se ajustaba ni a edad, ni a presupuesto ni a los cabellos largos del pívot Sun, López. El quinto fue una guerra donde Nash, Richardson y Stoudemire, volvieron a remar para morir en la orilla, remontaron lo imposible y el tiro errado por el infalible Kobe acabó en manos del loco genial de Ron Artest. Moría el enésimo sueño, pero Nash y los suyos nos habían vuelto a divertir, incluso con el pique del canadiense con Phil Jackson, maestro de la guerra psicológica que encontró digno rival en el excelente base. Derek Fisher, cinco veces campeón de la NBA, recordó que Nash había jugado con molestias oculares y que solamente podría al nivel de su rival, al gran Stockton.
Hoy, en pleno curso 2011/12, con el anillo de Phoenix cada vez más lejano, sigo recordando aquellos años y rememoró lo bien que nos lo pasamos los aficionados con aquella franquicia, de sus derrotas me acuerdo poco, pero si de los comentarios de Montes, Daimiel, Carnicero, Loncar, Rodríguez... Phoenix algró muchas jornadas a los más fanáticos.
Por eso, sigo esperando que algún día Nash y sus Suns tengan su anillo. Mientras, tendrán un pedazo de cielo en el Olimpo baloncestístico. Y eso, que nunca fui de los Suns...
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