miércoles, junio 13

Son un proyecto sólido, pese a su insultante juventud. Da la sensación que desde su movilización desde Seattle, los Oklahoma City Thunder han ido creciendo cada año, haciendo las cosas bien, muy bien y excelente. Con una piedra angular muy clara, el explosivo Kevin Durant, cada vez más completo y capaz de dominar tanto con normas FIBA como NBA, los de Scott Brooks han configurado una escuadra que va 1-0 en las Finales contra los todopoderosos Miami Heat.






Hay quien quiere ver el duelo de 2011 como el pulso entre Lebron James y Durant, pero la cosa no va de eso, aunque evidentemente ambas estrellas tendrán muchos focos y momentos memorables. Si algo ha dejado claro la tormenta perfecta que bautizó Antoni Daimiel, es un fuerte equilibrio, espléndidos atacantes y serenas presencias como Sergei Ibaka (portentoso en la guerra de trincheras que siempre ofrecen los San Antonio Spurs) y Perkins (una de las llaves maestras de la defensa céltica que llegó a dos Finales en tres años).





Parece un siglo pero apenas han pasado dos años, los Lakers, futuros campeones, tardaron seis partidos apretados en desembarazarse de unos correosos octavos de conferencia. De nada sirvieron las guerras psicológicas de Phil Jackson, el mortal instinto de Kobe y la defensa pegajosa de Artest, Oklahoma rozó el séptimo hasta que Pau Gasol se inventó un palmeo agónico. Lejos de conformarse con las promesas del futuro, desde ese momento, Oklahoma empezó a diagnosticarse sus males y a afinar sus puntos débiles.

La primera cuestión era la relación (mala) mantenida entre Westbrook y el buque insignia, Durant. Explosivo, la gran pregunta que se hacían Brooks y el resto de staff era, ¿con qué se conformaría Russell? Si aceptaba ser la segunda espada, podría iniciar un camino extraordinario para él y el equipo, una especie de nuevo Pippen. Por el contrario, si persistía en su actitud alocada, podía acabar la cosa con un divorcio a lo Kobe-Shaq en 2004.






Con esa piedra afinada, imprescindible para repartir galones, uno de los mejores baloncestos se empezó a ver en Oklahoma. Explosivos, terribles, una pareja letal que iba noqueando con un ritmo vertiginoso a sus oponentes. Memphis vendió caró el acceso a las Finales de Conferencia, pero los Thunder, con la lección aprendida de los Lakers, aguantaron hasta el séptimo día y lograron acariciar el sueño... que sepultó un Nowitzki excelso que ambicionaba su primer anillo.





Este año, nuevamente, se ha reforzado la ausencia, la presencia defensiva. Ibaka y Perkins comandan con entusiasmo operaciones de batallas campales que van minando a los interiores rivales, a la par que Derek Fisher, fichaje de última hora, añade una dosis de experiencia ganadora y tiros en momentos de presión que quizás se echasen en falta en las Finales de Conferencia contra Dirk.


Dallas precisamente fue el oponente de primera ronda, pero a pesar de combatir a cara de perro los dos primeros encuentros, ya no era el año y, con un Nowitzki siempre digno, los Thunder pasaron la escoba sobre el oponente que les había eliminado. Esperaban los Lakers y desde el primer día quedó claro que jugando al ataque, los angelinos no tenían ninguna oportunidad. Por eso, Mike Brown planteó con sagacidad un encuentro a cara de perro el segundo día, donde Steve Blake no tuvo la suerte que sobró a unos chicos que empezaron a creer el matacampeones de la NBA...




Kobe Bryant dio una última alegría a los suyos hasta que Kevin Durant silenció al Staples, a Gasol, Artest, Kobe y los propios colegiados, extremadamente generosos con los tiros libres para los locales. Durántula hizo sobrevivir a los suyos de una encerrona y en Oklahoma no se perdonó, Fisher podía seguir mientras su ex equipo se despedía en semifinales.





Del test de San Antonio ya hablamos, allí, los Thunder enseñaron respeto a la tradición y la honestidad de querer formar legítimamente una nueva dinastía.



Ahora esperan los campeones del Este, pero de momento, ese adjetivo no asusta a unos muchachos que llevan los deberes hechos, llevan haciéndolos desde hace cuatro años...
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