sábado, junio 9

Hay películas que se hacen célebres por su villano. Generalmente, sabemos qué esperar de James Bond o Indiana Jones, sin embargo, el secreto de que nos guste más una parte de su saga, suele ser el rival de turno. El del otro lado. Ese villano, a veces aciriciando un gato oscuro en un sillón a tono, con una sonrisa macabra. Esa clase de malvados suelen funcionar, aunque no garantizan la inmortalidad de la película, ya que un secreto que saben los buenos guionistas es que se debe lograr que el público comprenda, respete, e incluso quiera, a ese adversario al que enfrentar a los suyos.






En la NBA, durante más de una década, nadie ha desempeñado mejor ese rol que los San Antonio Spurs, la organización texana, que con un presupuesto de mercado pequeño, ha sido el archi-rival todopoderoso de verdaderas súper-producciones. Dallas Mavericks, los glamurosos Ángeles Lakers, los excitantes Phoenix Suns o los Detroit Pistons de Larry Brown, entre muchos otros, pudieron comprobar lo duro de meterse en el cuadrilátero de este duro boxeador fajador que jamás dio un combate por perdido. Nunca dio la sensación de que los Spurs fueran a bajar los brazos o a hacer las cosas de manera incorrecta...






No deja de ser gracioso que precisamente una pésima campaña y un infortunio fuesen la causa del crecimiento de uno de los mejores equipos de comienzos del siglo XXI. Cuando David Robinson, El Almirante de los tableros, se lesionó, los Spurs naufragaron en la temporada regular... pero ganando la primera ronda del draft. Y la elección no fue otra que Tim Duncan, quien, bajo la tutela de Robinson se formó como la Torre Gemela que faltaba y aprendió bajo la batuta de Gregg Popovich, los Spurs cimentaron sobre la defensa y la sesantez en ataque, a una futura súper-estrella, para muchos, el mejor ala-pívot de la Historia, para todos, uno de los mejores jugadores que nunca hemos visto.


Cuatro anillos han sido la cosecha. El primer anillo ante los Knicks no fue flor de un día, así como Duncan, aquel jugador que vino porque un huracán destrozó todas las piscinas de las Islas Vírgenes. Con el baloncesto como terapia para superar la pédida de su madre, "siglo XXI Duncan", como dijo Andrés Montes, ha sido una estrella atípica, un hombre discreto, inteligente, tímido y muy poco dado a las declaraciones que fueran un poco más allá de su labor en la cancha. Un tipo único e irrepetible, pero si él ha sido el tótem del equipo, no cabe duda que nadie gana solo y la gerencia texana, de la mano de unos dueños discretos y eficaces, dieron la batuta al discípulo aventajado de Larry Brown como timonel en una especie de marines de élite donde era axioma indiscutible la disciplina. 





Manu Ginóbilli, un argentino brillante del que muchos dudaban para la NBA, pero no San Antonio, siempre necesitados de olfato para competir contra la atractiva California y poderosos talonarios como el de su Némesis Mark Cuban. Tony Parker, el base galo que logró un MVP de las Finales, destrozando con aplastante lógica y eficacia de juego, ante los Cleveland Cavaliers de Lebron James. Tras la retirada de Robinson con dos anillos y necesitados de cambiar a veteranos importantísimos como Avery Johnson (El Pequeño General), los Spurs fueron una máquina de regenerarse y sorprender a quienes queríamos librarnos de ellos para que nuestras franquicias ganasen. No había forma, entre mayo y junio, la plata oscura aparecía y era un hueso durísimo de roer. "Esperemos que no les queden más balas en el cargador..." cruzaba los dedos Kobe Bryant, pero no, siempre volvían a por más.



Y aún si les respetábamos. Parecía que ninguna estocada les mataba, igual que el Doctor Doom en los 4 Fantásticos o Moriarty, nunca soñamos ni remotamente con que se hundirían. Ya fuera con el tiro agónico de Derek Fisher o las malas decisiones arbitrales de la Final de Conferencia de 2010, los chicos de OK Corral volvían y, podemos asegurar que, como escribiría Pérez Reverte, no era el equipo más vistoso o el más piadoso (nariz del genial Steve Nash incluida), pero eran un equipo honesto y valiente.


Eso comprobaban quienes terminaban sirviendo con ellos. Robert Horry como antiguo Laker y Antonio McDyess como ex Piston, comprobaron la familiaridad de esa cohorte de currantes donde las tres estrellas marcaban el ritmo con su esfuerzo. Nunca hemos visto a Duncan gritar, zarandear o usar otras técnicas directas de motivación, pero su serena presencia hizo a compañeros como Malik Rose, Brent Barry, Mohammed y muchos más, rendir al máximo nivel.




Saquille O´Neal, Bryant, Kevin Garnett... ahora Westbrook o Durant, saben que, independientemente de su calidad, El Álamo era una fortaleza donde nunca se ganaría sin sangre, sudor y lágrimas. Aunque muchos admiraron su eficacia y resultados, quizás la leyenda de San Antonio resida en su capacidad de sobreponerse. Nadie ha administrado mejor las rentas, pero cuando a los Spurs se les escaparon partidos donde iban ganando de 20 en el tercer cuarto (a todo el mundo le pasa) o se pegaban un batacazo en Playoffs (el año pasado, Memphis), volvían la temporada siguiente y seguían haciendo sus cosas, venían veteranos como Steve Keer, el capitán Jack o Nick Van Exel o Michael Finley, entre muchos más.




Emocionalmente estables en la victoria y la derrota, a veces beneficiados y otras perjudicados por rivales, árbitros, organización y caldenario, los Spurs han caído en una Final de Conferencia trepidante donde fueron 2-0 arriba y llegaron a ganar 20 partidos seguidos antes de la primera derrota en Oklahoma. En el sexto, salieron con ganas de marcha, la última cabalgada de un regimiento mítico y con basket de campeón, orgullo digno de los Celtics y la siempre serena imagen de Parker, Duncan y Ginóbilli liderando con el ejemplo. 



Scott Brooks, el maravilloso entrenador de los Thunder, se quitaba el sombrero tras desenfundar antes que el maestro Popovich. Los jóvenes Thunder, con algún viejo enemigo como Derek Fisher sirviendo de asesor de lujo, dieron buena cuenta de un equipo que quizás no tenga la legión de seguidores de los mediáticos Lakers, pero que no tiene nada que envidiarle a algunos de los mejores conjuntos de la NBA.





Quizás haya caído el telón, pero no me fio de estos queridos súper-villanos, siempre que ha parecido que mi Nowitzki y Nash los abatían... los guionistas se ponían a teclear y volvían a surgir, más temibles que nunca y con el doble de fuerzas.





Y es que la NBA sabe que nunca ha tenido ni tendrá mejor antagonista que estos San Antonio Spurs. Un equipo de primera. Un equipo campeón. Una dinastía.
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