domingo, agosto 19

"Never Shall me down" quería acercarse con desapasionamiento a un partido donde la emotividad se puso a flor de piel. La pasada semana, las personas que gustan del deporte de baloncesto pudieron disfrutar de un espectáculo único, una final apasionante que en cierta medida mejoró las prestaciones ofrecidas por la de Pekín, hace penas cuatro años (por supuesto, ninguno hemos cambiado y todos estamos igual de jóvenes). Y, sin embargo, para la selección española tuvo un regusto agridulce, como si a una obra maestra literaria le hubiera faltado una sentencia perfecta para resumir la pieza... algo había incompleto en el trazado que los de Sergio Scariolo habían perfilado en Londres.






¿Resumen? Nos han malcriado. Es triste pero es así, es lo que tiene comer de restaurante de cinco estrellas o vivir rodeado de gente estupenda, que uno termina asumiendo como cotidiano lo que debería ser un privilegio que habría de agradecerse como efímero y digno de exprimirse mientras dure. Desde aquella jornada en Lisboa donde se hicieron juniors, pero de oro, el grupo de Pau Gasol ha estado siempre con unas expectativas brutales, dentro y fuera del campo. La ÑBA recogió el legendario testigo de los protagonistas de la plata de Los Ángeles y ha logrado lo imposible, superarlo, colocando el listón a unos niveles que nos parecerán de ciencia ficción cuando Cronos, justo juez, ponga la cosas en su sitio.





Siendo honestos, los dos finalistas habían llegado de maneras muy distintas. Estos Estados Unidos, aunque compartan muchos protagonistas, no son los mismos que preguntaban quién era el número 4 de la selección helena que les despedazó en Japón, no, ahora ya son perfectamente conscientes de cómo se llama Papaloukas, pero han dado la impresión de ir más allá, que han analizado con su staff a los bases rivales suplentes y no han tenido por ganado ningún partido antes de empezar el juego. Sí, gracias a Puerto Rico, Lituania, Argentina y otras, se ha desterrado el mito del inalcazable Dream Team, pero siguen siendo los mejores bajo los aros, es de justicia reconocerlo, admitiendo lo que falta por mejorar.


Con la única excepción de la formidable Lietuva (esa Cenicienta que ha hecho creer lo imposible durante muchos Juegos), a los estadounidenses no se les vio sufrir en ningún momento. Carmelo dejó su imagen ácrata de los Knicks y tiró como pocas veces lo veremos hacer en un campeonato de ese nivel, convirtiendo los triples en un recurso facilísimo y sencillo (viéndolo de lejos, claro). Aunque se echaba de menos la serena presencia de Jason Kidd para serenar los ánimos del banquillo en algunos momentos, Kobe ha cambiado también, ya no es aquel joven prematuro y vanidoso por su gran talento que aterrizó en California. Tiene muchas aristas y sombras, pero si hay que juzgar por los hechos, en Pekín y Londinium ha sido un embajador exquisito, un líder cuidadoso al máximo de los detalles de protocolo (saludar al recién retirado Jorge Garbajosa al distinguirlo en un calentamiento y verle como comentarista, muestra de respeto por un antiguo rival y humilde memoria para ser un futuro Hall of Fame).





Solamente los pibes de oro de Argentina aguantaron bravamente dos cuartos con su zona, siguiendo el ejemplo de la batuta de Sarunas y sus compinches, pero después, Durántula, Williamas y la compañía despedazaron con sus lanzamientos a unos Scola, Chapu, Prigioni, Manudona y compañía que cayeron como grandes guerreros, después de protagonizar un ciclo que les pone casi a la altura de Maradona en la icronografía popular deportiva del país. En resumen, finalistas como casi siempre, Mr. K buscando cerrar su estrategia con Jerry Colangelo, barras y estrellas, tartas de manzana y minutos para Kevin Love y Chandler.



El camino a Flandes de los de Scariolo fue distinto. Buena fase de grupos pero malestar popular por una clasificación salpicada por patinazos con Rusia y Brasil. No se hablaba de la categoría de los oponentes o de las molestias físicas de muchos integrantes, los enfants terribles nos habían malcriado y todo lo que no fuera pasar por encima de 20, sonaba a que el estudiante estaba bajando, venian 8 y no matrículas de honor. En una guerra de trincheras con Francia (muy triste que un excelente jugador como Batum se hiciera tan flaco favor a su reputación) y una remontada antológica con Rusia (el día que Kirilenko experimentó un sabor que conocieron los jugadores de Portland en 2000 o los Lakers en el cuarto partido de las Finales de 2008), parecía que se habían salvado los muebles y que se debía aspirar a una paliza cuanto menos suave con los favoritos entre los favoritos.



No obstante, a veces se cruza en el camino algún carácter excepcional, y los de Scariolo lo hicieron desde el primer cuarto, sorprendiendo a los norteamericanos. En todo el torneo no se había jugado con esa fluidez y claridad de ideas. Quienes salían del banquillo aportaban sin ningún complejo, Sergio Llul penetraba con descaro entre brazos que hubieran amedrentado a un mirmidón e Ibaka, serena presencia todo el torneo, un gentleman ifra-utilizado, subsanaba las tres faltas prematuras de Marc Gasol siendo una pareja perfecta de baile para Pau.




En definitiva, todo lo que se podía hacer para ganar la final. Después de dos cuartos mayúsculos, ¿resultado? 59-58 para los de Mr. K. ¿Por qué? Pues porque los amiguetes eran muy bueno. Porque Lebron James ha logrado lo imposible, ser primera opción antes que el mismísimo Bryant, porque mientras todos los analistas señalaban que les faltaba Howard y que en juego interior eran inferiores, a ninguna luminaria se le ocurrió que por fuera podían despedazar como nunca antes lo habían hecho, a unos niveles casi balcánicos por sus porcentajes.


Si en China fue Wade quien se puso el mono de súper-héroe mientras Bryant salvaba el tiro decisivo, aquí los papeles fueron para James (dolor de muelas desde el minuto uno al último) y Kevin Durant, quien estalló como una posesa bestia de triples que siempre estuvo cuando se amenazaba con la idea de que estos compulsivos ganadores del oro pudieran perder. Así se llegó a un segundo tiempo donde Pau Gasol cogió el relevo de su Robin particular, un Juan Carlos Navarro maltrecho todo el torneo y que dio la vigésimo octava mil alegría a sus fans, con dos primeros cuartos antológicos, como casi siempre hace, para hacer un daño que ni siquiera el gran Scola ha logrado en esta ocasión por dentro a USA.





Hasta el golpe, el número 4 hizo creer que era factible sobrevivir a ese bombardeo de tres puntos sin piedad al que se vieron sometidos. Sergio Rodríguez, ese isleño con un descaro digno de Ricky Rubio y la presencia de Calderón (héroe en la remontada contra una Rusia que mereció colgarse un merecidísimo bronce y por momentos debió disputar la final). Pau no pudo acabar el partido, tampoco colgarse uno de los metales que le faltan a una colección brutal, pero si vio el respeto de un adversario formidable que uno por uno fue a interesarse por él y quitarse el sombrero ante su actuación. Heridas de guerra lleva el de S. Boi, y no de generales cualquiera, marcas en el brazo de Rasheed Wallace, golpe en la frente de "King James", la presión de Kobe en LA... el precio de dos anillos y la categoría de All Star.






El choque se iba acabando y parecía que, una vez más, el oro quedaría tan cercano como imposible. Scariolo, a quien todos hemos criticado y a veces creo que con justicia por alguna decisión táctica discutible, demostró su categoría profesional y humana dando minutos a todo, España se quedaba más cerca que nunca, dando siempre la impresión de combatir hasta el final, pero sin aspavientos ni añadidos de malos perdedores.





Se cerró un sueño e, incluso, aún así nos sentíamos un poco contrariados. Esos doce locos volvían a habernos hecho creer lo imposible. Como antes lo hicieron Carlos Jiménez, Alberto Herros, el primero de los Reyes (ahora se retira Felipe, baja importantísima), Garbo, Cabezas y muchos más....



A diferencia de los pasos de Pekín, es de justicia decir que no existe ni trampa ni cartón en lo que han hecho los integrantes del plan de Colangelo. Esperemos que no se haga caso a las propuestas de David Stern y sigan viniendo los mejores de la NBA para poder seguir compitiendo y aprendiendo, aunque tampoco pasaría nada (al pan, pan, y al vino, vino) si también tuvieran que ceder micrófonos para sus charlas de banquillo y se les quitase el régimen especial de preparación física y controles, que les dan una ventaja injusta para el espíritu olímpico.




Ganó el mejor el oro, pero fue el subcampeón quien le dio el brillo, gracias al increíble esfuerzo de una generación que no entiende de edades (desde Aíto a Scariolo, pasando por Pepu), sexos (¿alguien duda que la hermana de Rudy y la esposa del míster han sido dos de las mejores jugadoras de siempre?), procedencia y estilo.



Una generación única, una generación de verdaderos malcriadores que no sabremos apreciar hasta que pasen algunos años, cuando lo que hasta ahora ha sido normal, se vea en su real dimensión... como algo excepcional.



Qué fortna, hemos sido una generación baloncestísticamente malcriada en todos los sentidos.

Publicar un comentario