domingo, febrero 10

 Sirva como ejemplo que todo un guerrero curtido en mil batallas como Pete Mickeal haya sido el elegido para MVP de la Copa del Rey edición 2013, para comprender la intensidad de una competición que de jueves a domingo enfrenta a los 8 mejores del primer cuatrimestre, en este caso, bajo el incomparable marco de la siempre entendida y entusiasta afición baskonista. 




Quizás desde los Knicks de Patrick Ewing y A. Houston en la temporada del lockout pre-nuevo milenio, no habíamos visto a un octavo dar tanta guerra como la de un Barcelona que bajo la dirección de Xavi Pascual (que ha salido muy reforzado), ha hecho la machada de ganar una Copa donde la gran duda era si lograría clasificarse. Así fue, en buena medida gracias a la magia de un Juan Carlos Navarro cuya fascitis plantar no le impidió levitar en unas semifinales antológicas para "La Bomba", uno de esos jugadores especiales. 




Casi podría decirse que los azulgranas se encomendaron a la guerra y saber sufrir desde el primer día. La sorpresa ante el Madrid se gestó en un partido hermosísimo, de poder a poder entre dos pesos pesados a quince asaltos, hasta que la campana los separe. El favorito, el equipo que había hecho retumbar récords ACB, siguió fiel a su rápida filosofía de triples y carácter ofensivo. Mejor promoción de la competición imposible, mientras merengues y culés firmaban un clásico en el que los fallos casi parecían exigencias del guión para alargar el interrogante. Silencio, se rueda, película de Hitchcock, que diría Andrés Montes. 




Ganó el Barcelona de infarto porque alguien tiene que ganar en basket cuando ambos merecen el empate. Pablo Laso criticó la ética deportiva de sus rivales por tirar a fallar el último lanzamiento de tiro libre (recordando a la picaresca de Pedro Ferrándiz)... otros lo harán con no cerrar bien un rebote que el talentoso y "despechado" Tomic agarró para que Lorbek hiciera el enésimo milagro donde los Rudy, Rodríguez, Felipe, Juan Carlos y cía nos hicieron disfrutar de un partido de los que marcan época.

Después de eliminar a quien por méritos propios era el candidato a todo en Vitoria, las opciones de todos se abrieron. El Caja Laboral de Lampe olió sangre y no tuvo piedad de un Zaragoza que hizo muchos más méritos para estar en la cita que en un duelo donde los anfitriones no quisieron sorpresas. Los hombres del antiguo Tau Cerámica eran comandados por un Z. Tabak que había supuesto nuevos aires en un vestuario necesitado de ellos tras muchos años de exigencia máxima. 




Algunos nombres propios como X. Rey se colocaban en las quinielas, mientras cierta escuadra canaria confirmaba esa defensa que tanto nos ha gustado este año. El Pamesa Valencia había tenido el cuadro que todos querían (más por lo temible de los otros ogros que porque fuera fácil el suyo) y lo aprovechó como nadie, metiéndose en la autopista de una nueva final que en la Fonteta se quería desde hacía tiempo. Ilustres como Jorge Garbajosa (entrada pendiente del blog, palabra) observaban al detalle vestidos de civiles, mientras voces como M. Comas, J. Iturriaga o Arsenio Cañada, amenizaban los encuentros con sus análisis.




En la otra semifinal, Nocioni puso la garra de un Caja Laboral que compitió como sabe hasta un inexplicable último cuarto donde los hombres de Xavi Pascual, tras mostrar que sabían sufrir, helaron a un público sanamente hóstil pero caballeroso, de la mejor manera que se puede batir a los baskonistas en su feudo... con buen basket. Navarro mostró sus credenciales como Ginóbilli (Chapu dixit) mientras los pupilos de Tabak veían paulatina pero inexorablemente alejarse el sueño del título en casa. La Copa era muy distinta de la temporada regular y pocas escuadras lo entendieron mejor que valencianistas y blaugranas. 


 

Hubo pitadas al palco antes de empezar la Final. Normalmente, este tipo de gestos no son de mi agrado porque constituyen una falta de educación antes que cualquier otra revindicación. Dudo que cualquier persona racional viera con malos ojos que un equipo dijera, tras quórum, que deciden no sentirse representados con la institución monárquica y que no compiten en algo en lo que no creen. Es decir, ¿por qué silbar cuando te han invitado a algo, no es mejor rechazar la invitación con buenas formas y dando el punto de vista? De cualquier modo, creo que la normalmente ejemplar grada de esta cancha silbó por motivos muy de rabiosa actualidad y es que, ni el exquisito basket puede tapar los agujeros morales y económicos (tanto montan, montan tanto, aunque se empeñen en disociarlos) la decepción que se palpa. Va en el sueldo y con tantísimo parado sonaría a frivolidad que ministros y máximas autoridades no puedan aguantar la indignación justificada de muchos. 




Pasado ese momento de tensión, muchos culés respiramos aliviados de que Perasovic prefiriese seguir de entrenador que salir a jugar de corto. El Pamesa salió bien plantado y con orden, dando guerra durante tres cuartos donde todo quedaba en el aire. Un plan básico para mostrar que igual que en la ACB, podían ganar al Barça. Y así fue hasta el último cuarto... Un mérito innegable del staff de este inesperado campeón ha sido la capacidad de acabar como motos de una escuadra que no ha perdido la fe pese a meses horribles a comienzos de curso. 




El pasado año, un brillantísimo Real Madrid bajo la batuta de Sergio Llul conquistó el Palau con una exhibición de las que hacen época. Con menos brillo, pero con un corazón ejemplificado por un Pete Mickeal cuyo ADN recuerda mucho al de Kevin Garnett, los barcelonistas seguían martilleando el aro naranja, con un M. Huertas haciendo quizás los mejores minutos desde que fichó por la entidad catalana. Cada posesión les acercaba a la mítica cifra de Copas del Rey alzadas por el eterno y poderoso enemigo blanco. 




Fueron unos instantes raros. El Pamesa, tras una ejemplar actuación, igual que el Caja Laboral, perdió en el último cuarto donde los aros se le cerraron, ¿pájara compartida o mérito del engranaje defensivo de Pascual? Lorbek empezaba a gustarse con sus tiritos de media distancia y, sorprendentemente, Navarro, ese ganador compulsivo, veía como se le escapaba otra vez ser el MVP de una Final de Copa. Poco importaba a juzgar por su felicidad, igual que la del genio lituano Sarunas Jasikevicius, actor protagonista en El Viejo Continente que ahora se conforma con pasear gotitas de su inagotable clase y ser un agitador de vestuario de talentos más jóvenes. 




Poco importaban los números individuales en la Copa de muchos MVPs.

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