domingo, mayo 19


Los supersticiosos afirmarán que fueron dos espejos rotos, los que el Atlético de Madrid rompió un día, en casa de su vecino y archi-rival. Sin embargo, hasta el viernes, nadie podía cuantificar cuánto podía alargarse una racha histórica, dulcísima para el Real Madrid, agotadora para los colchoneros. 14 años no son nada, hubiera dicho Gardel, pero solamente aficiones como la rojiblanca, podían soportar con ese estoicismo unos días muy duros, que incluían el descenso al infierno de segunda, mientras los paisanos del Santiago de Bernabéu, se mantenían en su nivel de excelencia. 





La maravillosa falta de Bernardo Schuster y el zapatazo de Futre una soleada tarde de 1992, parecía un recuerdo demasiado dulce pero atávico, para toda una generación de chavales que nunca habían visto superar a la Némesis Blanca. No obstante, los indios volvieron a atacar y lograr, al fin, una victoria que se complicó muchísimo, merced a un certero cabezazo de Cristiano Ronaldo, quien hizo revivir a su grada, la feliz prórroga de Mestalla contra el Barcelona de Guardiola. Nadie pensaba entonces en el ostracismo al que Mourinho había relegado a Casillas y a Pepe, o los rumores de la llegada de un nuevo técnico. Era una final y, los de blanco suelen ganarlas, como muestra su CV.




Fue una estocada increíble que, pese a ello, no hizo desmoronarse, mientras un hombre, "El Cholo" Simeone, les mantenía con los brazos arriba. Había llegado hacía 16 meses, siendo un rostro muy conocido para una afición que le veneró por su entrega (a veces brutal, como en el caso del gran Julen Guerrero) y el año del doblete. "El Cholo", entregado al máximo, había prometido volver, cuando no tenía más reserva en el tanque para defender la zamarreta rojiblanca. Nunca habían perdido una final con él (incluyendo repaso histórico al Chelsea, vigente campeón de Europa aún y de la Eurola League, toda una hazaña), pero, los madridistas seguían ganando cada duelo liguero y copero, mientras un Barcelona agotado y con el estómago lleno de la reciente Liga, les ganaba 1-2 sin grandes apuros.




Llegó entonces, poco antes del descanso, la jugada genial de un hombre que es un ídolo en el Vicente Calderón, pero, de quien se ha hablado más por su casi inminente marcha este año. Falcao agarró el balón, el entramado local buscaba tenerle fuera del área de Diego López, pero el jugador sudamericano se inventó una jugada imposible en el medio campo para mostrar su visión de juego. Diego Costa corrió con fe y remató un gran trallazo que silenció por un momento a las dos aficiones (ejemplares, con la única excepción de un descerebrado que arrojó un mechero al guardameta Courtois).





Precisamente el espigado portero belga, fue siendo cada vez más y más protagonista. Sus manos a mano con Higuaín y Ozil lo elevaron al santoral de la hinchada atlética, que además tuvo la fortuna de tres, sí, tres, postes (remates de Ozil, Benzema y una brillante falta rasa de CR9). Cada una de esas acometidas tenía la respuesta de un Simeone eufórico, queriendo mantener la moral de su tropa. El fútbol estaba en el Madrid, pero, la suerte parecía al fin sonreír al "Pupas" y debían aprovecharlo.




Aconteció entonces lo que muchos esperaban, el ácido punto final de una temporada que, quizás sea el epílogo de The Special One en la capital española. Fue una decisión un poco apresurada, con su forma pasional de dirigir, Simeone había hecho también aspavientos en reiteradas ocasiones, había mucho en juego, pero, el técnico portugués saltó y la fama hizo el resto, La expulsión dejó a los locales sin el timonel, ese hombre que despierta tantas pasiones como rechazos, que se ha creado para sí mismo demasiados fuegos este año.




Costaba comparar su crispación con la forma de entender el juego de Casillas. Desde la reconciliación tras la Súper Copa de España, el capitán del Madrid, ha vuelto, tanto en los tres palos como en el banquillo, a abanderar el señorío de la entidad blanca. Respetuoso y cortés con su colega adversario, dispuesto a recoger la medalla de subcampeón, a saludar a todos y espolear a sus compañeros, en noches tan tristes como la del viernes o el Borussia. Pocos pueden dudar de los méritos  de uno de esos contados jugadores que te garantizan un rendimiento súper-lativo en las finales, a la hora de la verdad. 



Llegó una prórroga y los apaches cercaron el fuerte de los casacas azules. "El Mono" Burgos, legendario arquero argentino, observaba con semblante de Jerónimo, en el círculo central, como los técnicos del Madrid mantenían a los suyos. Hacía años, un tipo llamado Luis Aragonés llamaba a "El Mono" a su despacho en el Mallorca.



ARAGONÉS: ¿Se quiere usted venir el año que viene al Atlético de Madrid en segunda?


BURGOS: ¿Para qué?


ARAGONÉS: Para volverlo a llevar a primera.




Aquellas palabras del Sabio de Hortaleza no fueron una jactancia vacía y Germán, escuchó lo necesario, espía piel roja, mientras Simeone, convertido en Obdulio Varela, insistía en que estaban mejor que los merengues en el tiempo extra. Futbolísticamente había merecido muy poco el Atlético en la segunda, parte, pero, a su fe incombustible se encomendaban. 


Cuando Diego López resolvió el mano a mano con Diego Costa, incluso llegamos a pensar en los 11 metros como juez ejecutor. Nada de eso, expirando los primeros quince minutos, Miranda voló para el delirio de un 50% del Bernabéu. Era demasiado dulce romper el maleficio así. Pero quedaban 15 minutos ante un oponente que no se rinde, como si incluso en medio de tantos cismas, aún fuera el pontificado blanco un rabioso león al que no podía venderse antes de cazarlo.





Reinó la tensión y pocas cosas la mostraron mejor que la expulsión absurda de CR9. Tanto Gabi como el resto se hartaron de darle, pero, la infantilidad de alzar el pie fue juego peligroso y, reglamento en mano, dejar al Real sin su mejor arma ofensiva y con 10 menos. El Cholo no se lo podía creer, a pesar de la diferencia de presupuestos y frente a los libros de historia, lo estaban logrando. Estaba acabándose la tan manida bipolaridad entre culés y madridistas.





Voló el balón mientras el esforzado Diego López intentaba bajar tras intentar rematar en el saque de esquina, pues la rendición no es una opción, como bien ejemplifican combustibles como el de Ramos, quien en la noche del Dormundt, se dejó todo lo que tenía para subir, bajar, marcar, repartir, recibir y volver a dar cera, progidio físico del de Camas. Pero no había tiempo para milagros, o mejor dicho, solamente para el rojiblanco.




Hubo lágrimas desordenadas, Simeone incluso se acordó del malogrado Jesús Gil, mientras una afición que no había bajado los brazos nunca se iba a Neptuno. La noche más dulce de los colchoneros. La cara que vimos los seguidores del baloncesto cuando, tras cuatro años batallando, los Bulls de Jordan al fin dejaban atrás la maldición de los Bad Boys...




Lo cantó el gran Sabina, qué manera de sufrir, qué manera de palmar... qué manera de ganar.





El viernes, se había roto el peor de los maleficios. 


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