lunes, junio 2

La mirada al frente y el gesto tranquilo. Uno sospecha que, si pudiera preguntarle a los inquilinos del banquillo de los San Antonio Spurs, el marcador del partido o el número de faltas personales del mejor jugador contrario, nadie tardaría más de una décima de segundo en contestar. Cada miembro de la plantilla que dirige con sabiduría y mano de hierro Gregg Popovich, conoce a la perfección su papel y el de los demás. 



Ya eran así cuando, corriendo la temporada 2002/03, lograban tomar el sexto partido en el Staples Center. Kobe Bryant y Shaq habían dominado la NBA por tres años, pero los texanos lograron encontrar el antídoto a la fiebre amarilla. Hoy, curso baloncestístico 2013/14, acaban de privar de una Final a los exuberantes Oklahoma City Thunder de Kevin Durant y Russell Westbrook, logrando batirles en seis encuentros en su propio feudo. En ambos casos, la prensa y los aficionados los veían como una escuadra veterana y eficaz, aunque incapaz de enamorar y a la que, por la edad media de su plantilla, no se le auguraba una larga vida en el feroz mercado salarial de los veranos de la auto-proclamada mejor Liga del Mundo (con gigantescos conglomerados de despachos en Los Ángeles, New York, Florida...). 




Pero no se quejan. Quizás no les hayan querido todo lo que merecían, mas lo disimulan con educación y una pequeña y casi imperceptible mueca de confianza. El Maestro Zen, quien ha ganado y perdido muchas veces contra ellos, ese legendario técnico que coloca asteriscos en algún título de una de sus Némesis, parecía empeñado, hacía unos meses, en querer quitarles el aura que, tras más de una década brindado más de 50 victorias en regular season: "No serán una dinastía hasta que ganen dos seguidos. No puedes llamarlo dinastía, sí fuerza, una gran fuerza. Siempre han estado allí. El ejemplo es Tim Duncan haciéndose una rebaja salarial para traer buenos fichajes".





Los viejos odios no se olvidan y las guerras privadas entre el glamour púrpura oro y la numantina resistencia del Álamo permanecen. Igual que muchos detractores de la maquinaria forjada con disciplina de marines (impronta de David Robinson), el gran Phil Jackson parece incapaz de afirmar el elogio a lo innegable sin darle un pequeño toque de atención. No se puede elogiar a Duncan sin hablar del único asterisco de su gran carrera de Hall of Fame: no ganar dos anillos seguidos. Lo bueno de esto es que Timmy "Siglo XXI" Duncan seguirá a lo suyo... 



Aquel tipo fuerte y callado...




Fue un huracán que acabó con las instalaciones para la natación de las Islas Vírgenes. Posteriormente, un nuevo método de evasión para superar la muerte de su madre. El resto es historia o, mejor dicho, leyenda. La NBA de comienzos del siglo XXI se prodigó en dar genios en un puesto concreto, ala-pívot: la versatilidad sin límite de Kevin Garnett, el liderazgo espiritual de Rasheed Wallace, la clase de Chris Webber, la inteligencia táctica de Pau Gasol, etc. Tim Duncan es una de las joyas de la corona de ese puesto y uno de los pocos supervivientes de esa privilegiada cosecha que sigue dando lecciones en el poste bajo cada noche. 



Cuatro anillos y seis Finales contemplan a uno de los escasos astros de la actual Liga al que no responde a un perfil de video-juego o estrella mediática. Duncan es casi tan imperceptible en sus gestos fuera de la cancha como demoledor dentro de ella. Casi pareciera que la música va con él. Puede patrullar la zona para evitar una entrada a canasta de Lebron James o buscar la tabla en cualquier situación de ataque con una eficacia que no recordábamos desde los días de Scottie Pippen. "Puede que no lo parezca por mis gestos, pero me encanta estar cada año en el All Star", decía hace tiempo, buscando excusarse por no poder ser parte más activa de uno de los eventos más divertidos del basket. 




Poco le importa a los incondicionales de los Spurs, tampoco a los que le hemos sufrido y admirado con simpatía por otros colores que se toparon con The Big Fundamental. Shaquille O´Neal, Dirk Nowitzki, Karl Malone, los dos Wallace... La nómina de ilustres enemigos es tan grande como el reconocimiento que ha dejado. Queda en la memoria reciente su palmeo en el séptimo día en la cancha de los todopoderosos Miami Heat. Debió de recordarle a su quinto día en El Palace de Detroit, aunque en esa ocasión no estaba el bueno de Robert Horry para borrar la preocupación de su sereno rostro. No importó, si bien muchos querían enterrarlo por su edad, su pequeño fallo (tras hacer una serie maravillosa pasada la treintena contra tipos más jóvenes) y la rumorología de su divorcio, los del club de Andrés Montes y Daimiel sabían que Duncan siempre vuelve.  
 


Y lo saben sus compañeros. Tony Parker vive con la felicidad del gran base que sabe que comete pocos errores, pero en días menos felices, cuando gente como Jason Kidd o Chauncey Billups buscaban abusar del francés, el jugador franquicia de su conjunto se dirigía sin grandes aspavientos. Duncan habla poco en pista y cuando lo hace, el resto escucha. Lo de gritar para que no te griten no sirve con él. Popovich afirma que él y su representación en la cancha son ya como un viejo matrimonio harto de escucharse, pero engañan a muy pocos. Como Stockton y Malone, el rígido y sabio técnico y la estrella sin popularidad banal se hermanan en una simbiosis casi perfecta... aunque el Sargento de Hierro ha necesitado más piezas del engranaje para poder rodear a su torre de excelsos alfiles en el tablero, con capacidad de tornarse reyes si la serie lo requiere... 


Las dos excepciones a la regla

La imposibilidad de competir con presupuestos mayores llevó a pensar, pensar y volver a pensar a la administración de San Antonio cuando se buscaba encontrar el talento bueno, bonito y barato. Las miras han sido amplias y han pescado en todos los rincones posibles del globo, sin la necesidad aprieta, la apertura cultural da muchísimo. Argentina y Francia han ido aparte en esta carrera. Tony Parker y Manu Ginobili van por libre en aquellos que acusan (a veces, con justicia) de racanería eficaz a los partidos de los Spurs. 




El veloz MVP de las Finales de 2007 y uno de los mejores sextos hombres de la Liga, el más talentoso miembro de la generación dorada albiceleste. Con reglas FIBA o de más allá del Atlántico, dos exteriores que han protagonizado el sueño americano. Han sido los dos mejores paladines de Duncan y sus esforzados acompañantes tras la retirada de Robinson (Nazr Mohammed, Malik Rose, el incombustible Antonio McDyess, etc.), la chispa que necesita la prosa más eficaz. 




Popovich puso los mimbres para ello. Hubo temporadas donde Parker querían ir en una dirección y ellos en otra. Sin embargo, el interés y el respeto siempre han estado allí. El veterano técnico viajó a la localidad argentina de Manu en plenas vacaciones estivales, simplemente porque quería conocer de dónde venía uno de sus mejores jugadores. Ginobili le fue básico para batir a uno de los mejores amigos de Gregg, Larry Brown, su maestro en el arte de las pizarras y los bloqueos, en unas épica serie contra una poderosísima segunda generación de Bad Boys (sin duda, hasta las pasadas Finales y el pulso con Dallas en 2006, la lucha por el anillo más dura de los incansables Spurs). El MVP se lo acabó llevando Duncan, pero a nadie le hubiera extrañado que fuera el sudamericano. El vestuario lo tomó con la tranquilidad de quienes saben que se rema por un objetivo común. 




Parker ha sido aún más excepcional, acaso tanto por su capacidad de generar esas trepidantes entrada a canasta como por ser uno de los pocos hacedores de portadas en prensa del corazón de un equipo de caballeros discretos y silenciosos. Su romance con la "mujer desesperada" Eva Longoria fue un acaparador de rumores de prensa amarilla y se zanjaron en uno de los escasos cadáveres en el armario de una franquicia modélica. Un asunto que salpicó a dos matrimonios y presuntas infidelidades, que hubieran podido traducirse en una posible traición de uno de los mejores playmakers de la NBA a su compañero, Brent Barry, cuya cónyuge hubiera podido ser una actriz principal en el divorcio del primero. Como suele suceder en un sitio hermético y discreto, una tupida cortina se levantó y no se ha vuelto a hablar del asunto... el tiempo cura las heridas... o las resucita.  


Milagros cotidianos

Tras otro año haciendo algo más importante que ganar, es decir, honrando las camisetas de su conjunto para la causa del basket (excelente metáfora que acuñó Paniagua para hablar de de los Boston Celtics de Doc Rivers), pocas cosas podrán sorprender a San Antonio en este mes de junio. Saben lo que es ganar sobre la bocina (heroicidades de Horry, Elliott, Avery Johnson, Steve Kerr, etc.), perder en el último suspiro (dagas de Ray Allen, Derek Fisher...), ser favorecidos arbitralmente (semifinales del Oeste, 2007), ser claramente perjudicados en Final de Conferencia por decisiones claves (2008), hacer remontadas imposibles (Dallas, 2006), ver cómo les levantaban colchones de 20 tantos (Lakers, 2003), etc. Lo dicho, nada puede inquietarles en demasía. Incluso dos gourmets del basket como Antoni Daimiel o Andrés Montes enterraron en alguna ocasión a Popovich (un entrenador que no deja de aprender) y su curiosa condición de estratega y general manager. 



Aparte de los puntales ya dichos, la clave para intentar enturbiar la "tiranía" de calidad y fuerza de Lebron James en el campeonato, acompañado de una escuadra que es una apisonadora, Popovich y su excelente staff técnico deberán volver a inventar sus pequeños milagros. El portentoso rendimiento de Leonard en el pasado año, las heroicidades de Green, el excelente estado de forma de Boris Diaw, conseguir que todos los miembros del roster sientan que pueden ser héroes un domingo cualquiera. 



Lo harán, no les quepa duda. Están acostumbrados. Supuestos enfants terribles como Stephen Jackson o Nick Van Exel, tachados de derroches de talento y malas pulgas, fueron chicos ejemplares y útiles para sus generales. Algo en la atmósfera esta especie de monasterio del basket en una época de excelsos saltarines y música alta, impone respeto y obediencia.   





Decía Phil Jackson que los Spurs no pueden ser considerados una dinastía, tal vez, una fuerza, una gran fuerza. Quizás el gurú del baloncesto, a la sazón presidente de operaciones de los New York Knicks, lleve algo de razón. ¿Recuerdan la magnífica Dos hombres y un destino? Las andanzas de dos forajidos de leyenda, Butch Cassidy y Sundance Kid les llevan a meterse en una serie de líos con toda clase de autoridades, incluyendo el ejército de Bolivia. No obstante, los dos aventureros y fueras de la  ley únicamente parecen tener respeto y cuerdo temor por uno de sus perseguidores, un extraño individuo llamado Laforce, quien los sigue de manera infatigable durante todo el metraje, sin que veamos su rostro, pero sabiendo que siempre está allí, mostrando un gran ingenio para sortear las mil trampas y falsos señuelos que le dejan sus inteligentes oponentes. 



Indudablemente, Spolestra y su ultra-favorito conjunto siente su three-repeat más cerca que nunca, pero un extraño picor en la nuca les ha llegado cuando han conocido el desenlace del cuadro de eliminatorias del Oeste... Laforce ha vuelto a la carga y no se lo va a poner nada fácil a los de Miami. 




Llevan 17 años en este negocio por algo...
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