lunes, agosto 11

"Quien mira mucho a un abismo, termina permitiendo que el abismo mire dentro de él". La frase es obra del filósofo alemán F.Nietzsche, un autor genial, polémico e incomprendido en la mayoría de las ocasiones. Aquí, en Never Shall Me Down, con la página remodelada gracias al amigo Klego, la sacamos a coalición para recordar a una de las escuadras más irreverentes, heterodoxas y odiadas de la historia de NBA: los temibles Bad Boys de Detroit, uno de los equipos más potentes de finales de los ochenta y comienzos de la nueva década. 




Igual que en la anterior frase, la prestigiosa cadena ESPN se ha atrevido a adentrarse en un abismo que nunca debería ser olvidado por el gourmet de este deporte, aquellos aguerridos jugadores de Michigan que lograron desafiar la hegemonía mediática y de talento de dos de los conjuntos más reverenciados por los aficionados y críticos: el bellísimo basket showtime de Magic Johnson y sus Lakers frente a los orgullosos y competitivos Boston Celtics, siempre bajo el liderazgo en todas las facetas del juego de Larry Bird, quizás el tipo más inteligente que nunca piso una cancha, cuanto menos a la hora de mostrar sus virtudes y tapar sus defectos. Por supuesto, la cadena ha terminado permitiendo que los veteranos chicos malos miren en sus entrañas. 



El serial 30 of 30 nos ha traído algunos documentales de calidad extraordinaria: personalmente, el dedicado a la amistad perdida (por la maldita guerra de los Balcanes) de Vlade Divac y Drazen Petrovic, junto con el excelso monográfico consagrado a los Fab Five de Michigan han sido auténticas delicias. De cualquier modo, este retorno al Palace de Auburn Hills ha sido una máquina en el tiempo extraordinaria. Ni lo bueno ni lo malo se ha omitido. Hemos vuelto a montarnos en el barco pirata. 


Una historia de codazos, arañazos, faltas flagrantes, rebotes homicidas, trash talking que rompía todas las convenciones de Ginebra, etc. Pues bien, eso es cierto. Asusta ver como los angelitos (Bill Laimbeer, Rick Mahorn y los distinguidos sospechosos habituales) recuerdan sus barrabasadas. Lo único que se podía decir en su descargo es que eran democráticos, el codazo podía ser a Michael Jordan o a un novato recién llegado de los Bucks. Cuando los Pistons perdieron una series ultra-ofensivas contra los New York Knicks del genial Bernard King, Isiah Thomas (prodigio universitario de Indiana y uno de los pocos jugadores que discuten a Iverson el trono de mejor jugador de 1´80 de la Historia) decidió que su escuadra no podía ganar solamente con sus penetraciones a canasta y triple. Si los Celtics eran duros, ellos debían ser puro tungsteno. 



Pero, y eso también lo refleja bien el recorrido, también fue una leyenda a su manera, el relato de una ciudad fatigada y obrera, la cual paga hoy los pecados de otros con una crisis económica brutal y una tasa de desempleo que ha disparado la delincuencia en sus calles, pero que en aquellos años tuteó a los grandes. Los chicos de Detroit dejaron helado el glorioso Forum de Inglewood con dos de los primeros cuartos más devastadores que recordaba la parroquia de Jack Nicholson. Eran sus primeras Finales y se despedían del primer tiempo con un triple desde su casa. Magic lo reconocía: "No sabíamos que atacasen tan bien"




Y vaya sí lo hacían. Dennis Rodman, un nombre semidesconocido para los ojeadores de su draft, terminó convirtiéndose en uno de los defensas más mortíferos de todos los tiempos. Chuck Daily, un hombre con fama de encantador y respetado por sus colegas, parecía una paradoja de los banquillos: ¿cómo podía ser el arquitecto de ese Berserker que avanzaba buscando pelea en todos los pabellones de los Estados Unidos? La capacidad de Detroit para sobrevivir a devastadoras derrotas (el robo de Bird en las Finales del Este, la lesión de Isiah cuando tenían ganado el anillo, la "falta fantasma" de Laimbeer a Kareem, etc.), muchos habían sido sepultados por la magia de la rivalidad verde y los de púrpura y oro. Los Pistons lo hicieron con métodos casi diabólico, aunque debe darse al César lo que es del César. Pocas veces un aspirante al trono ha sido tan consistente.  


Y es que eran una panda callejera y ruidosa que nadie quería en su salón. Kid Rock (fan incondicional de la Motown) es el narrador de este relato donde no hay prisioneros. Hay elogios, por supuesto, pero también viejos rencores. Pippen sigue negando con la cabeza al recordar la estampida (se salvó la dignidad de Joe Dumars, asesino silencioso del conjunto, MVP de unas Finales NBA y quizás el mejor defensor contra Jordan en toda su ilustre carrera) de sus verdugos (por tres veces eliminaron a los Bulls, usando un demoledor ataque y una defensa que parecía Vietnam) antes de estrecharles la mano cuando se pasó la antorcha, o el killer James Worthy, quien puede reconocer todas las virtudes baloncestísticas de sus rivales, pero sigue asegurando que no era lo mismo que enfrentarse a los legendarios descendientes de Red Auerbach. 




De cualquier modo, el Palace les dio todo el cariño que no tenían fuera. La espectacular cancha se tornó en uno de los fortines más inexpugnables que se recuerdan, un club modesto que hizo un brutal crecimiento de diez temporadas para rodear a Isiah (un astro formidable, desgraciadamente asociado siempre a polémicas), las cuales son recordadas como una novela de Robert E.Howard, una historia salpicada a sangre y fuego. Lo recuerda Jack McCloskey, más como un general que un presidente de club: "Sí, fueron todo lo que quieras, pero qué magníficos soldados"



Ello explicó la alegría con la que las tropas del Maestro Zen fueron felicitadas por acabar con aquel nuevo baloncesto, musculoso, de rebotes y desquiciar al contrario en todos los planos posibles. Jordan y Pippen hicieron pasar por el yugo a los Bad Boys, aunque los de Michigan dejaron su última marca de guerra al no pasar por el aro. Isiah y MJ mantuvieron una rivalidad malsana que era vergonzosa entre dos futuros Hall of Fame, salpicada por el escandaloso asunto de las elecciones del Dream Team del 92, donde sí estuvo Chuck Daily. 



El documental tiene el acierto de no omitir esa descomposición, que incluye el divertido lamento de Kid Rock al recordar que Rodman volvería a ganar anillos... en Chicago "De todos los sitios posibles". Muy recomendable que lleguen hasta el final y escuchen las palabras de Jordan, invitado estrella del asunto, quien demuestra una grandeza muy especial, la que se tiene tras haber luchado una ardua batalla contra esos incómodos demonios corajudos de azul y rojo. 



Por último, reunir a muchos de ellos en ese caserón abandonado y con ladrillos caídos, únicamente podía pasar en Detroit... Eran villanos, pero, Dios mío, cómo se les echa en falta. Por favor, bring me the bad guys and play some basketball. 

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