lunes, agosto 18

Comienzos del verano de 1998. Los Chicago Bulls, amparados en la excelencia de Michael Jordan y Scottie Pippen, reinan sin oposición en la NBA. Únicamente los Utah Jazz han aguantado el ritmo de victorias-derrotas de la maquinaria de Phil Jackson, quien había mostrado su sapiencia al incluir en su triángulo a demonios bendecidos con el rebote como Dennis Rodman o antiguas estrellas como Ron Harper, los Bulls habían ganado cinco anillos en apenas siete temporadas. En 1996 habían firmado el inhumano registro de 72 triunfos y 10 derrotas en regular season. 




Muchos analistas intuyen un paseo en el Este. Miami y New York, dos de las potencias de la conferencia, habían trabajado duramente por oponerse al tren de mercancías de la Ciudad del Viento, aunque sin haber logrado abatir realmente al coco del campeonato. Los jóvenes Orlando Magic habían osado mojarles la oreja en el pasado, pero Shaquille O´Neal fue seducido por los cantos de sirena de California. Tras ganar 7 de sus 8 encuentros de postemporada (Charlotte y New Jersey), parecía que únicamente Stockton y Malone podrían cuestionar el inexorable anillo de MJ, el eterno dorsal 23, quien había cumplido la profecía de Chuck Daly: "Es bueno, muy bueno. Es tan bueno que va camino de avergonzar al resto de la liga"



Pocos habían prestado la debida atención a una escuadra dirigida por Larry Bird, antiguo ídolo del Boston Garden, la cual había ganado con mucha solvencia a Indiana y New York. Dominar con tal claridad a los Knicks debía ser una advertencia a navegantes, si bien la jordan-manía no parecía concebir que aquellos Indiana Pacers fueran hacer alguna otra cosa que una muesca más en el revólver. Los dos primeros encuentros del United Center parecieron confirmar los augurios. Indiana no jugaba mal, mas los Bulls subían de marcha en el momento oportuno para ganar con comodidad en los últimos cuartos. 


Muchos parecían haber olvidado que los aspirantes a desbancar al campeón empataron a 2 en sus encuentros de regular season. En el pasado, Reggie Miller, el escolta estrella de la escuadra, se las había tenido e intercambiado golpes con Jordan, cuando ambos comenzaban en la NBA. Ahora, los dos genios estaban alejados de aquellos muchachos de talento exuberante e impulsivo. Michael dominaba todas las facetas del juego, entendía a la perfección el sistema de triángulo de Tex Winter y el concepto de liderazgo espiritual de Phil Jackson; por si fuera poco, si todo fallaba, el 23 recurría a sus viejos trucos de anotador total para llevarse el encuentro. Miller era un deportista de perfil diferente. 




Reggie fue seleccionado en el draft con pitos por un estado que se jactaba de que en el resto del país era solamente baloncesto. Allí, al igual que Lietuva, los aros eran una religión. Miller estaba oscurecido por su hermana, considerada una de las jugadoras más importantes de todos los tiempos. Delgado y con poco físico, era un escolta que nunca dejaba de moverse. Larry Brown le enseñó todo lo relativo a aprovechar bloqueos, mientras que Bird, un genio disputando partidos de alto voltaje, le supuso la madurez definitiva para los instantes de la verdad. Fruto de ello, Andrés Montes inmortalizó una frase en las eliminatorias por el título: "Tiempos de un killer, tiempo de Miller". De los abucheos iniciales, el Conceso le había adoptado ya como ídolo y hombre fuerte para darle la vuelta a una serie que iba muy cuesta arriba. 




No tendría que hacerlo solo. La gerencia de Indiana había drafteado, intercambiado y comprado al más puro estilo de la triple B (bueno, bonito y barato). Miller contaba con un base genial, Mark Jackson, trotamundos de la NBA y un adalid de la generosidad y manejo del esférico. Desde Holanda, había llegado el educado y correcto Rick Smits, un pívot que tuvo un doctorado bajo tableros con Patrick Ewing, quien lució un rapado total para la visita de Chicago. Otros nombres a destacar, dentro de un conjunto muy equilibrado, eran el pícaro Jalen Rose (joven talento surgido de aquel hermosísimo sueño de verano que fueron los Fab Five de Michigan) y Dale Davis, todo un guardaespaldas de los tableros, alguien capaz de hacer todo el trabajo sucio que una serie como la que iban a tener exigía. 


En un cansado tercer choque, los visitantes tenían colchón de dos puntos. Entonces, Reggie se dispuso a hacer uno de sus mejores trucos, una picardía que se haría legendaria, a costa de todo un héroe. Saliendo de la marca de Harper, el número 31 de los Pacers empujó a Jordan, quien iba a la ayuda. El astuto y tramposo Miller encontró la décima de segundo que necesitaba para hacer un triple increíble. La indignación de Jordan y el Maestro Zen sería legendaria. Sin embargo, el destino había movido sus cartas y los duendes de la tierra del maíz hicieron lo propio para escupir el certero tiro a tabla de Jordan. 




El taimado y astuto plan de Bird y su staff técnico iba materializándose. En otro encuentro agónico, los Pacers empataron la serie, justo cuando muchos parecían empeñados en enterrarlos. Ahora, Chicago miraba de reojo a Utah, donde los Jazz iban aplastando a sus oponentes del Far West. Aquel año, los de Jerry Sloan tenían ventaja de campo y estarían muy descansados. Si los Bulls tenían prisa, Reggie y sus muchachos iban a jugar con esa ansiedad como nadie antes lo había hecho en el Este. 




Un quinto encuentro siempre era bravo, pero los orgullosos inquilinos del United Center tenían demasiados argumentos. Hombres como Toni Kukoc, el excelso genio croata de aquella privilegiada generación balcánica, apoyó a Pippen y a MJ para que nos e vieran demasiado solos. Pese a ello, Bird no alteró las coordenadas de su plan, el cual había previsto una serie agotadora y a largo plazo. El sexto día, utilizando a perros de presa como Aaron McKie (quien había hecho historia en el basket de instituto de Filadelfia con Rasheed Wallace y a las órdenes del rígido pero sabio Bill Ellerbee), los Bulls vieron algo insólito: Michael Jordan cansado.  



Ante los medios, MJ pronosticó la victoria en el séptimo. Se trataba de la autoconfianza de un genio, un grito de ánimo a sus compañeros, sin embargo, nadie hubiera apostado, antes de comenzar, que el mejor jugador del planeta tuviera que recordar aquella supremacía. Ningún equipo había sido capaz de ganar en cancha contraria. Pese a ello, los de Bird salieron a mojar la oreja a una de las mejores escuadras de todos los tiempos. La grada que había celebrado cinco anillos enmudecía, mientras los ajustes, bloqueos y ritmo lento de los de Indiana iba adormeciendo un encuentro que se ajustaba perfectamente a sus intereses. 



13 puntos de colchón que no entraban en ninguna quiniela. Fue un momento donde los campeones demostraron de que estaban hechos. Cada intensa e inteligente defensa de Indiana era respondida con la fe incombustible de Pippen, Jordan y Rodman, quienes intentaban derribar la muralla a base de rebotes defensivos. Lenta, aunque inexorablemente, fueron recortando el marcado, si bien, los de Reggie Miller no habían dicho su última palabra. Llevaban de tapados durante aquella agotadora final, era el momento de que les mostrasen el respeto debido. 



Bird tuvo el honor de que ver cómo sus pupilos provocaban que uno de los mitos más grandes del deporte se arrojase al suelo con ellos en cada rebote, metiendo manotazos y recibiéndolos... Indiana no iba a ser ningún paseo, ni siquiera para aquel ogro infernal que parecía decidir los partidos cuando el héroe de Space Jam lo determinaba. Un milagrosa lucha de balón acabó con el sueño de los Pacers, quienes perdieron por apenas cinco puntos en su séptimo encuentro. Hombres como Travis Best eran la viva imagen del cansancio y el orgullo. Hacía seis partidos, había mirado extrañado a Bird cuando le dijo que él cubriría a MJ. Ahora, se podía considerar uno de los defensores que más le había hecho sudar. 



Aquel día, Chicago empezó su andadura a un épico sexto anillo, batallando a brazo partido con los mejores Utah Jazz de toda la historia de la franquicia mormona. De cualquier modo, a un servidor le gusta pensar que aquellos Pacers ganaron en aquella peleada y valerosa derrota algo más, un pedacito de tierra en el Olimpo baloncestístico que desde entonces solamente les pertenecería a ellos. 
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