lunes, septiembre 8

Genio, figura y demonio



Pau Gasol se mostraba tranquilo en el banquillo. España había confirmado su dominio sobre Serbia en la primera fase de grupos, aunque la primera plaza ya estaba garantizada. Algunos de sus compañeros inquirían qué había sucedido. El ala-pívot catalán disimulaba una sonrisa cómplice. Así era Sasha Djordjevic cuando jugaba en el Barcelona con Navarro y él. Genio y figura hasta la sepultura, un explosivo talento balcánico, un competidor voraz y, en no pocas ocasiones, un mal perdedor. No le pillaba de nuevas al jugador de los Chicago Bulls la expulsión del técnico de Serbia. 






A pesar de las tres derrotas y las malas pulgas, o quizá precisamente por eso, Serbia se salió con la suya ante uno de los rivales que nadie quería, la invicta Grecia. Los Printezis y compañía terminaron, al fin, echando de menos la presencia de un Spanoulis o un Papaloukas, es decir, ese jugador referencia que es la referencia cuando todo lo demás falla en el bloque. Bodganovic firmó su mejor partido en el momento más oportuno, volviendo locos a sus pares. La técnica a Bourousis, ese Bill Laimbeer heleno para lo bueno y lo malo, justo cuando había recibido una antideportiva de Bjelica, reflejaba cómo los serbios siempre supieron sacar rédito de cualquier situación. 



Otro talento exuberante y con la cabeza a veces extraviada, Teodosic, marcó el ritmo de un clinic de esta camada que supo calmarse el día D y a la hora H. Ver al bueno de Krstic dando la mano a los rivales al final fue un perfecto exponente de quién supo controlar las emociones en todo momento. Djordjevic, a lo suyo, no pudo dejar de provocar en los micrófonos, sus dardos señalaron a Brasil, una de las favoritas a medalla. Él sabrá por qué lo dice. Con él a mando y esta camada de fieros competidores, el cielo es el límite, aunque a Sasha no debería extrañarle que, si los eliminan, más de uno respire con satisfacción. Un placer tenerlo de tu lado y un tipo insoportable en la línea enemiga, en el Palau lo sabemos bien. 


El Gran Hombre



Estaba el recuerdo muy cercano. Una memoria dolorosa. En su país, con su incondicional y devota afición, Lietuva cayó ante aquella canasta de Vlado Ilievski, quien certificó uno de los Maracanazos más grandes que recuerda el Eurobasket reciente, cuando eliminó a uno de los favoritos a podio. Ese espectro volvió a surgir en las mentes de uno de los combinados más clásicos de la alta competición de basket, una brava Nueva Zelanda se ponía por delante en el último cuarto. 



Entonces, se encomendaron a él. Algo lógico, llevaban toda la tarde haciéndolo. Valanciunas es uno de esos jugadores que enamora por su clase y desespera por su actitud. Aún estaba fresco aquel día D y hora H donde un perro viejo como Antic supo marcar el territorio macedonio bajo tableros. Sin embargo, el ala-pívot de los Toronto Raptors pidió el esférico, recibió faltas y llevó a los suyos a estar, otra vez más, entre los 8 mejores del mundo.  




La sombra del inimitable Arvydas Sabonis es alargada y engulló a muchos. Más que probablemente, Jonas no logrará alcanzar ese nivel, pero sigue siendo un jugador de mucho más potencial que otros de sus auto-proclamados sucesores. Ayer, los Tall Blacks demostraron coraje, competitividad y respeto por el juego. Demostraron una fortaleza mental superior a un conjunto de clase, pero huérfano de temperamentos como Jasikevicius. Sin embargo, Valanciunas supo convertirse, en estos octavos sí, en el Gran Hombre, ese tipo de referencia que te lleva a ganar partidos perdidos. 



Pasaron un testigo


Rubén Magnano sabe mucho, me decía un gran amigo. Y llevaba razón. Su ruta estaba clara en este Mundial, ganarlo todo y olfatear a España. Brasil lo hizo por dos cuartos, vio que no era el día y decidió descansar, guardar aliento para ser segundos de grupo y volver a cruzarse (el basket es impredecible, simple hipótesis) con España en semis y los todopoderosos Estados Unidos en la final. Les salen las cuentas, de momento, aunque Djordjevic podría enfadarse, mejor no levantar al lobo serbio, visto lo que le pasó a un conjunto tan potente como Grecia. 




Brasil-Argentina, duelo clásico, rivalidad, tensión, cambios en el marcador y mucho talento. La Generación Dorada apenas se salvó la última vez por el milagro de Luis Scola, el bailarín de la zona, uno de los mejores interiores que han paseado su clase por la ACB. La canarinha de pabellón sabía que no podía volver a ocurrir, maniataron al referente ofensivo de la albiceleste, mostrando esa artillería que los convierte en favoritos: el músculo y presencia de Hilario, el heterodoxo y explosivo Marquinhos, ese Neto que hace soñar a Murcia, el aresenal pirata de Barbosa para entrar a canasta, el siempre incansable Varejao, etc. 



Muchos fuegos para apagar. Argentina sobrevivió a base de triples, sobre todo gracias a un Prigioni impresionante, listo como pocos y ejemplo de profesionalidad. Sin embargo, murió también por el recurso de los tres puntos. Cuando el acierto por fuera acabó, a sus invencibles tercios solamente les quedó conservar las banderas y el honor en el Rocroi do Rio Grande. Supieron perder y abrazarse a su vencedor, una Brasil que apunta altísimo. No hace tanto, eran los de Ginóbili (cómo le han echado de menos, también al colosal Oberto, Sánchez y tantos otros excelsos jugadores) quienes avanzaban y sus oponentes quienes cogían las vacaciones. Gloria al Obelisco, futuro para los brazukas. 



Brasil ganó ayer su clásico más querido. Pero, la mejor noticia para los sudamericanos es que piensan que pueden triunfar guerras aún más importantes en el futuro. 

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