lunes, octubre 6
Aquel tipo fuerte y callado




Los Boston Celtics, presididos por Walter Brown, eran una de las primigenias franquicias de la liga que sería reconocida como la hacedora del mejor basket del mundo. Sin embargo, a pesar de contar con nombres como Ed "Easy" Macauley, pívot de mano prodigiosa, y un prestidigitador de las canchas de la talla de Bob Cousy (cuyo fichaje había sido milagroso y fruto del más puro azar, como bien analizaron Juan Francisco Escudero y Antonio Rodríguez en su estudio sobre los orgullosos verdes), el equipo del estado de Massachusetts seguía sin tener fortuna en las rondas por el título, estando un escalón por debajo de los primeros campeones NBA.  




Corría el año de 1956. Los ojeadores y las comunicaciones no brindan aún detallada información sobre los proyectos de jugadores. Arnold "Red" Auerbach leía artículos de New York, donde se hablaba de un pívot atlético, quien alternaba su carrera deportiva con el sueño de ser arquitecto, sacando libros en las bibliotecas públicas acerca de sus artistas más admirados. Se rumoreaba de que los Globetrotters le habían llegado a ofrecer 50000 dólares por conseguir sus servicios, aunque el muchacho se había mostrado reacio, pues no satisfacía su competitividad el tipo de baloncesto que exhibían. 



Su nombre era Bill Russell, un reboteador nato y que había cogido gran cantidad de rechaces en la universidad de San Francisco. De cualquier modo, era una trayectoria extraña. Apenas 1 año jugando en el instituto, así como un cuasi nulo olfato para el ataque. La Gran Manzana no se dejó impresionar por el muchacho, quien solamente ganó fama como taponador. Sin embargo, Auerbach mantuvo interesantes conversaciones con un viejo mentor, Bill Reinhardt. Amigos personajes desde su época en Washington, Reinhardt animaba a Red a investigar sobre el novato, el cual, según su instinto, iba a cambiar las reglas del juego. 



La maquinaria desplegada para hacerse con sus servicios no fue fácil, confabulaciones y tratos para hacerse con la segunda ronda del draft que les garantizase sus derechos. En aquellos días, Macauley, uno de los mejores jugadores de Boston, estaba más próximo a St. Louis, debido a la enfermedad de su hijo, por lo que su posible salida podía significar un traspaso que permitiera obtener aquellos derechos. Finalmente, pactando con Rochester, Russell acabaría en el lugar donde se convertiría en una leyenda universal del deporte.


Su debut fue frente a Atlanta, uno de los gallitos de la Liga. Allí jugaba Bob Pettit, uno de los mejores físicos de aquel juego incipiente. Russell lideró a sus compañeros a su manera. Más que un anotador, se dedicó a pegarse a Pettit, logrando taponar hasta en tres ocasiones al monstruoso adversario. Bill Sharman selló aquel apretado encuentro con un disparo. A Russell no le importaba que otros se llevarán la gloria, él era un caudillo de las trincheras. Troya había tenido a Héctor, el Barcelona tendría a Carles Puyol, a partir de entonces, Boston tuvo a Bill. 




"Si intento taponar todos los tiros, estaría muerto. Sin embargo, debo conseguir que el rival piense que puedo bloquear cada uno de sus lanzamientos". El código de batalla de un general feroz, un hombre que hablaría, décadas después, del dragón que formaba con sus compañeros cuando los agrupaba para ir al banquillo, mientras celebraban una jugada. Igual que quien vea los vídeos del Cholo Simeone con Argentina o el Atlético de Madrid en su etapa de jugador. ¿El interlocutor de aquella conversación? Un tal Kevin Garnett. De casta le viene al galgo. 




Un titán que empezó a convertir a los verdes en el rival aparte. El Garden se convirtió en una jungla, donde tramposos duendes usaban sus maderas para sacar ilícita ventaja de sus rivales, pues ellos no sabían dónde se desviaba el bote. El único problema es que Cousy la pasaba tan bien que podía romper las narices de sus propios compañeros, quienes no contaban con qué apareciese el balón entre un mar de brazos. 




Solamente hacía falta una guinda del pastel. Se necesitaba un rival, y el destino conspiró para que fuera nada menos que Wilt Chamberlain, el hombre de los récords, Shaquille O´Neal antes de tiempo, capaz de anotar 100 puntos. Red Auerbach, quien no regalaba caramelos cuando hablaba de los rivales, no dudaba en describir a su pívot más temido (tanto en Philly como Los Ángeles) como: "El espécimen físico más increíble que conocí". De cualquier modo, el legendario Wilt encontró la horma de su zapato en Russell y sus legionarios irlandeses, una maquinaria experta en mimizar a los mejores. 


Todo valía en la lucha de la pintura. Russell empleaba todas las artimañas de las que era capaz para enfrentarse a su amigo-Némesis, pequeños toquecitos que iban provocando que Chamberlain se moviese en guarismos menos impresionantes que los acostumbrados. Anotadores como Sam Jones eran expertos en sacar de sus casillas al gran Wilt, buscando desconcentrar al astro con su trash talking. "A todos los que me dicen perdedor por haber perdido contra ellos, me gustaría recordarles que, entonces, toda la NBA éramos unos perdedores. Porque nadie podía vencerles"




En realidad, Chamberlain consiguió batir a sus antagonistas en variadas ocasiones, aunque es cierto y, esa sinceridad le enaltece, sorprende la cantidad de victorias alcanzadas por los muchachos de Boston, quienes hicieron encender muchos puros de la victoria a Red Auerbach, provocador nato, capaz de ensarzarse a tortazo limpio con el presidente de Atlante por discutir la altura de las canastas. No obstante, el otro aludido restaba fuego al asunto cuando le preguntaron años después: "Lo único que importaba de Red es que podía iluminar una cancha con su sola presencia"



Un gran entrenador, una afición entregada, misticismo, trabajo en equipo, jóvenes talentos como Don Nelson, corredores incombustibles como John Havlicek y, por supuesto, aquella figura barbada y con el dorsal 6. Bill comandaba una defensa que se hizo la dueña del don del ejército de Atila, ser capaz de amedrentar al adversario antes de empezar la batalla, creando una atmósfera de inquietud. No es tan recordado el hecho de que hubo una época en que el mito no era tan querido. 




Desde su Monroe natal, Russell sabía lo que era el racismo. Se trataba de una época distinta, un tiempo de ciudadanos de primera y segunda clase. El color de una piel podía determinar el asiento de un autobús o el tratamiento de usted. Era un período donde aquellos gladiadores que recibían aplausos del público debían de dormir en moteles diferentes al de sus compañeros blancos. Una lección que todo un país debía aprender. Aunque hoy tenga el estatus de leyenda y embajador de los aros, el gran Bill era uno más en compartir uno de los criterios de discriminación más vergonzosos que recordamos. 



Sin embargo, Boston y él fueron forjando un idilio que se consolidó tras una gran derrota. El posible segundo título de los orgullosos verdes se truncó en seis partidos, merced a la competitividad de Atlanta y un Pettit en estado de gracia. Russell jugó el último encuentro con graves molestias en el tobillo. Un fracaso duro ante un rival superior. La piedra angular que llevó a los Celtics a prometerse que no volverían a pasar por ese trago en un buen tiempo. John Kundla, entrenador de los Lakers, recordaría a aquel pívot número 6 que desarmó psicológicamente a sus muchachos en un contundente 4-0. Los compinches del capitán (KCJones, Tom Heinsohn y un distinguido y victorioso etc.) iniciaban una racha de 8 títulos ininterrumpidos. 




Una sucesión de anillos aterradora, más que suficiente para satisfacer el apetito más insaciable de triunfos. Con Red ya en los despachos, Russell recibió otro encargo pionero, entrenar a sus antiguos amigos, un reto nada fácil. Menos aún siendo negro, ¿un entrenador de la NBA con ese color de piel? Ni en sueños, decían los más atávicos y cavernarios. El viejo guerrero avisaba a navegantes: "Red no me ha dado el puesto por ser negro. Él sabe que puedo hacerlo"




Y así fue, Una honorable derrota en las finales del Este ante Chamberlain no fue su canto de cisne. Se tragó su orgullo para felicitar a su admirado enemigo, mientras se prometía que volvería a llevar a los suyos a la gloria, ya sin el gurú Auerbach fumando en la banda. Con 35 años, Russell diseñó una temporada difícil y sin ventaja de campo, administrando las piernas de sus viejos pretorianos. Sabía que se podían perder batallas, pero la guerra era en junio. La transformación céltica pasó a los anales, sorprendiendo a equipos teóricamente superiores como Knicks y Sixers. El primer partido de postemporada fue liderado por el 6 en los tapones. Desde entonces, nadie miró atrás. 




Todo llevó a aquel desenlace milagroso. El año en que Jerry West fue el primer MVP de unas Finales del equipo perdedor. De aquel séptimo donde uno de los mejores conjuntos angelinos que se recuerdan (con gente como Elgin Baylor o Chamberlain en sus filas) vio cómo un equipo endemoniado lograba la machada de robar un séptimo en cancha contraria. Russell, el estudioso del juego, no podía haber pedido mejor epílogo en su trayectoria, tampoco de aquella afición y, sobre todo, sus compañeros y amigos. Lo habían vuelto a hacer. El tiro de don Nelson tocando en la paleta se coló en los anales de la cultura verde. 




"Desde entonces, sé que no puedo ir al cielo. Cualquier sitio tras compartir ese vestuario sería un paso atrás".  





Actualmente, Mr. Russell sigue siendo uno de los grandes embajadores de la canasta.





PRÓXIMA ENTRADA: Repaso del extraardinario campeonato efectuado por la selección femenina de baloncesto.  
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