lunes, noviembre 3

Era una jugada intrascendente. Carlos Boozer lanzaba un tiro al hierro tras un rebote ofensivo. El balón no entró, poco importaba a falta de siete minutos del final y con los Lakers recibiendo un severo correctivo a manos de los Houston Rockets. De hecho, la refinada grada del Staples estaba más preocupada por la lesión de Julius Randle, el novato más prometedor de una campaña difícil para los de púrpura y oro. 





Kobe Bryant intentó agarrar el rechace, solamente para toparse con el muro de Dwight Howard, apodado Superman, la gran esperanza texana (junto a James Harden) para lograr hacer algo grande este año en la conferencia Oeste. Competitivo como pocos, el dorsal 24 de los angelinos intentó robarle la cartera al pívot adversario, quien movió los codos para recuperar la posición. El movimiento de los poderosos brazos por poco acaba impactando en el rostro del escolta estrella de Hollywood, algo que fue determinante para que volviéramos a recordar el mote de Kobe, con resonancias tarantinianas: Black Mamba. 




Un cruce de miradas, sonrisas poco cómplices y encaramiento de unos con otros. Poco disimulo, mientras árbitros y compañeros les separaban. Costaba pensar que hacía un año compartían vestuario. Se hablaba de que Steve Nash, Kobe, Gasol y Howard serían los 4 Fantásticos que harían la proeza de igualar el número de anillos de los Boston Celtics. Hoy, el base canadiense sufre una terrible lesión que lo mantiene alejado del lugar donde nos hace felices a los amantes del basket; Pau se encuentra en Chicago y Howard se pasó a un rival directo del Far West. Únicamente Bryant se mantiene en un puesto exigente, la única franquicia que ha conocida en una brillante y polémica carrera en la NBA. 


Y es que fue un año duro. Las tremendas expectativas generadas acabaron en un fuerte descalabro que Kobe evitó que acabase sin playoffs. Prácticamente en solitario y con exhibiciones anotadoras, uno de los natural born killers más impresionantes que ha visto la Liga, logró meter en una competida octava plaza a los suyos. El esfuerzo se cobró un peaje terrible, tendón de Aquiles roto. El único consuelo para el dolorido astro fue no presenciar en pista el severo correctivo que sus enemigos habituales (San Antonio Spurs) infligieron a sus compañeros (4-0). 




Antes de que el agente de Dwight sellase el trato con los Rockets, mucho se había escrito acerca de la mala relación del exterior y el interior. La habilidad contra la fuerza. En el pasado, habían sido amigos, Howard bromeaba cuando era un rookie en Orlando y Bryant le hizo un mate de concurso. Se conocían de la selección y del All Star. En cierto sentido, uno era un veterano consagrado y el otro un prometedor aprendiz. Pero la convivencia de más allá de unos fines de semana o meses fue una prueba excesiva. 





Las virtudes y defectos de uno y otro eran reconocibles, pero no estaba Phil Jackson para imponer sus sortilegios Zen y la promesa de un anillo. Bynum y Gasol, centers discretos y hábiles, habían sabido sobrellevar la tremenda presión de estar con uno de los tipos más agresivos del campeonato a nivel de auto-exigencia y crítica a los compañeros. Únicamente gente como Kevin Garnett o Pete Mickeal podrían ser puestos a la altura. Howard, risueño por naturaleza y con fama de gran potencial e indolencia (de momento, ni Patrick Ewing ni Hakeem Olajuwon han conseguido mejorar su juego en el poste bajo para pasar de la élite al dominio absoluto bajo tableros) no parecía destinado a comulgar en exceso con el jefe indiscutible de los Lakers, pese a las buenas palabras de acogida de Mitch Kupchak. 


"No hay que derramar una sola lágrima por su marcha". Tales fueron las palabras tras un año de convivencia. Bryant dedicó hace pocos días cariñosas palmaditas a Nash por su baja tras forzar la máquina, también lanzó guiños a Pau Gasol y su futuro en Chicago. Sin embargo, con el ganador de concurso de mates y varias veces defensor del año hay guerra fría. La que tuvo con otro big fella, Shaquille O´Neal, hasta su reconciliación, aunque, claro, cuatro Finales y tres anillos ayudan a hacer extraños compañeros de cama. La derrota fue la piedra de toque para quemar las naves. 




Hablaba Phil Jackson (ahora cabeza de operaciones en New York) que los Ángeles gustaba al jugador Disney de impecable sonrisa y difusión evangélica, pero que le había echado para atrás saber que, para lograr hacerse un nombre en la fiebre amarilla, le quedaban muchos más años de convivencia con Kobe. A un lado, los Derek Fisher, Gasol, Luke Walton y cía. Aguantaron la tempestad y fueron campeones. En el otro, Howard no es el único nombre. Aún se rumorea que muchos agentes libres se cuestionan esa parada porque allí únicamente hay un soberano. Hoy por hoy, las acrobacias de un rejuvenecido Bryant no impiden un doloroso 0-4 de balance, si bien él se deja la piel cada día. Si sobrevivió a 2004, podrá con cualquier cosa. Pero Howard tiene motivos para lucir la saludable sonrisa que mostraba a su interlocutor cuando lo llamó blando (curioso insulto a un hombre que podría partir en dos al 88% del resto de la NBA) y otras lindezas. 





Como Garnett y Ray Allen (aunque fue más culpa del primero el que no hubiera protocolo), no esperamos un cordial saludo o abrazo en el preludio del próximo duelo en Houston. Sin embargo, es una pena. Hablaba Stephen Smith de que se podía considerar poco ganador a Dwight, pero únicamente comparado con Bryant, puesto que el narcisista y espectacular 24 es de lo más parecido a la eterna sombra de Michael Jordan en las canchas estadounidenses. 




Algo perdieron y algo ganaron en aquel momento. No preocupa tanto el enfado de un lance puntual (quién no haya dicho mil tonterías y blasfemias en un partido de solteros contra casados es un embustero) como la frialdad en las posteriores ruedas de prensa. Shaq ya es amigo, pero hay un nuevo hombre alto ante quien Bryant querrá lucirse. Howard no perderá la dentadura perfecta. 



Si David Stern siguiera por estos lares en activo, agradecería el favor. Ya sabe que duelo poner por Navidad... 
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