lunes, diciembre 15
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El mes de diciembre tiene una significación especial para los amantes del basket español. Imposible no recordar aquellos torneos navideños del Real Madrid, donde hubo invitados tan imponentes como el bloque de la URSS. Sin embargo, otras nostalgias son mucho menos agradables, pues tienen el poso de un final prematuro, una súper-producción cuyo rodaje acabó antes de que la cinta alcanzase su clímax. La revista Gigantes ha aprovechado la oportunidad para sacar un número especial y exquisito sobre uno de los iconos de aquel primer combinado nacional que logró la medalla de plata olímpica en los Ángeles: Fernando Martín. 




Varias plumas ilustres del periodismo deportivo y antiguos compañeros de equipo dejan caer la tinta para recordar al mito y al amigo; también lo hacen algunos enemigos deportivos. Pocos de los que lo han realizado pueden hacerlo con mayor conocimiento de causa que Audie Norris. Nacido en el  estado de Misisipi, formado baloncestísticamente en la universidad de Jackson, miembro de los Portland Trail Blazers y uno de los mejores extranjeros que vio nunca la ACB (previo paso por la Benneton de Treviso). Norris protagonizó con Martín algunos de los choques más espectaculares que recuerda el imaginario popular de los aficionados de su época. 




Codazos, empujones, luchas por el rebote y el temor a que uno de los dos traspase la línea por parte de los árbitros fueron moneda corriente de aquellas luchas del poste bajo. Nada de eso impidió a Norris acudir con riguroso traje de luto y con visible afectación al funeral de Martín, quien ya había garantizado su nombre en los libros de oro del basket peninsular por ser el pionero en poner un pie al otro lado del Atlántico, curiosamente en Portland. Dejaba Madrid (aunque se formó en la inagotable cantera del Estudiantes) donde era un ídolo para ser el último de la fila en la mejor Liga de aquel momento. Se trataba de una demostración de personalidad y espíritu de superación.  


Como Lolo Sáinz recordaría con cierto regusto amargo, estuvo a punto de convertir a aquellas Némesis en amigos inseparables del juego interior merengue. El astuto entrenador blanco había echado sus redes a Atomic dog, como le apodaban en Estados Unidos, un interesante interior con gran visión de juego y capacidad de generar cosas muy productivas bajo los tableros. A pesar de un buzzer beater, sus problemas crónicos de rodillas y el ultra-competitivo banquillo de Portland (capaces de tutear a los Lakers de Magic) no le auguraban el futuro que su talento insinuaba. Norris había ido a Italia donde le mimaron y trataron exquisitamente, sus lesionadas articulaciones descansaban más y su salud física mejoraba, también sus estadísticas. 




En definitiva, Sáinz almorzó con su pretendido en la capital española, soñando con la dupla que iba a tener. El norteamericano vio el entrenamiento y se fijó en el español más atípico de una escuadra que estaba acostumbrada a mandar. Era alto y tenía un físico más propio de otros lares que de las alturas de generaciones de posguerra española. Hasta que él aterrizó, no hubo nadie como Fernando Martín por aquellos lares. Sí, aquel dueto era lo el míster quería para seguir dominando el campeonato doméstico, donde Barcelona y, muy especialmente, Joventut, iban cercando la hegemonía de los blancos. 



No sucedió así, Ramón Mendoza tardó demasiado, Aíto García Reneses tenía ojos en todas partes. Ninguna gracia hacía al revolucionario estratega de los azulgrana que aquella arma cayese en manos de sus adversarios. El Palau ganó un ídolo de por vida. Andrés Jiménez, Epi y Solozábal no dudarían en el futuro cuando hablasen del mejor extranjero con el que habían trabajado. Norris tenía el don de Henrik Larsson para ganarse al público culé en dos calentamientos. En el Madrid estaría Fernando y en la Ciudad Condal Audie. Comenzaba un pique que adquiriría ribetes de leyenda. 


Eran los hombres adecuados en el momento oportuno. Los 80 fueran suyos para el campeonato español. Eran tan antagónicos como complementarios. Uno nacional y otro extranjero. Uno, el mejor físico de su generación. El segundo, un talento impresionante cuyas articulaciones de cristal le obligaron a reconducir su carrera. Audie se movía de espaldas con una facilidad impresionante, pueden dar fe clubes tan míticos como el Ari, la Jugoplastika o el propio Madrid. Martín no se amilanaba ante nada ni nadie, siendo una máquina de los rebotes y un individuo cuya mirada podía intimidar tanto a sus oponentes como a los reporteros del corazón más atrevidos. 




Un dorsal 10 madridista que encabezó el testigo que gente de la sapiencia de Corbalán supo darle para nuevos tiempos, que incluyeron guerras con la Cibona de Petrovic, el Zalgiris de Sabonis y, por supuesto, el número 14 blaugrana. Empujones, arañazos, caídas que en otros ala-pívots de la época hubieran sido lesión casi segura, faltas personales durísimas y la conversión de la cancha en una trinchera donde hacía falta toda la determinación del mundo para ganar un centímetro. Los propios colegiados hubieron de cambiar sus criterios ante dos individuos que eran un anticipo de lo que estaba por venir. Sin duda, lo mejor de aquellos combates de pesos pesados a quince asaltos acabasen con la fusión de ambos titanes en un sentido abrazo. 




"Eran duelos fenomenales. Era como si dos gladiadores se batieran en la arena de un circo romano. Fernando era todo un profesional: era poderoso. Enfrentarse a él era muy motivador. Él sacaba lo mejor de sí cuando jugaba contra mí. Y yo hacía lo mismo.Por algo Fernando jugó en la NBA. Para batirme a él, recuerdo que me preparaba muchísimo mental y físicamente. Era una persona muy fuerte y muy inteligente.Perdí a un amigo. Fernando y yo no éramos sólo adversarios en la pista. Éramos amigos fuera de ella. Cuando podíamos, nos encontrábamos y charlábamos acerca de cualquier cosa. Debo decir que fuera de la pista, jamás tuve enemigo alguno. Pero ese día yo perdí a un amigo". 
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