lunes, diciembre 1

Con el regusto amargo y de sinsentido que dejó el fin de semana con la violencia que salpicó el partido Atlético de Madrid-Deportivo de la Coruña (ninguno de los dos clubes, ni la ciudad, ni sus aficiones, ni los residentes que tuvieron la desgracia de vivir en el lugar escogido para la pelea campal de vándalos), Never Shall me down planteaba dar su ración de este lunes con un repaso a una de las más recientes biografías de uno de los integrantes de la famosa generación que alcanzó su cenit con la plata en los Juegos Olímpicos de los Ángeles. 




Altísimo: Un viaje con Fernando Romay es una lectura agradable y serena, probablemente porque su protagonista es una persona amable y serena. Un gigantón de sonrisa benigna que logró la proeza de colocar un gorro a jovencito Michael Jordan, de quien ya se empezaba a intuir que iba a ser uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. No sorprende tampoco la amistad que desprende el prólogo de uno de sus socios favorito, Juan Manuel Iturriaga, compañero de tantas batallas con el Real Madrid y la selección. 




Jacobo Rivero ejerce de narrador y notario en un libro que no peca de abrumar con datos y estadísticas. Lo bueno si breve, dos veces buenos. Pueden echarse en falta determinadas épocas del jugador narradas en más detalle, pero es difícil condensar. Los amantes de la anécdota y el qué dirán pasarán con fruición las reflexiones sobre su convivencia en vestuario con individuos del calibre de Drazen Petrovic, Corbalán, Fernando Martín y tantos otros iconos. 



De hecho, podría considerarse que este gallego fue muy paulatino en su forma de incorporarse al basket patrio. Ojeado por el Real Madrid en época tardía, el chico grandote y de torpes movimientos fue dando paso a un pívot que era muy necesario para la revolución que quería dar Díaz Miguel. Músculo, centímetros y físico para hacer frente a los acorazados soviéticos, yugoslavos y estadounidense que plagaban la zona con su superioridad de centímetros, preparación y talento. 




Concentración tras concentración, verano tras verano, fue logrando hacerse imprescindible en los esquemas de uno de los equipos más importantes de la ACB, así como lograba hacerse un hueco en la lista de centers europeos. Ver partidos al lado con Pedro Ferrándiz, escuchar los ingeniosos cánticos de la Demencia (una de las mejores aficiones del país, incondicionales de su Estudiantes) y las eternas batallas contra el Barcelona de los Epi, Norris y Sibilio permitió a colocar a este protagonista en el recuerdo de toda una época del baloncesto español, los primeros pasos en un deporte que no era el nuestro. 




También se habla de fracasos, cómo no. De la manera de dilapidar aquella plata con las decepciones, una mala gestión que se tradujo en el descalabro de 1992, el famoso Angolazo. Romay ya no pudo verlo bajo tableros, pero sí lo sintió como propio. Asimismo, tuvo un viaje introspectivo en sus últimos años en el campeonato doméstico, volviendo a su Galicia natal, descubriendo la otra cara del deporte profesional, los largos viajes en autobús por carreteras de noche. Instituciones como el Madrid o el Barça llevan a una burbuja de la que es bueno desprenderse. 


También estuvo, ahora que se está rumoreando que podría reeditarse, en aquel mítico enfrentamiento entre merengues y orgullosos verdes, aquel día don el magisterio de Larry Bird logró imponerse sobre el genio de Petrovi, mientras Romay ponía espaldas y se trabajaba la pintura ante "El Jefe" Parish, el elegante McHale y algunos de los mejores planetas de una de las épocas más inolvidables de la NBA,




Hay espacio para Sabonis, cómo no, aquel zar que vino después de que fuera enterrado antes de tiempo por enésima vez. Y es que para los pívots de cualquier tiempo, Sabonis es lo que deben sentir los bases de verdad cuando se les habla de John Stockton o Magic Johnson. España lo vivió casi sin movimiento lateral, pero lo que quedaba en pie del lituano bastaba para ser el mejor sobre la cancha. Anécdotas, batallitas y relatos que el amigo Romay regala, incluso logra un imposible que es no hablar de política cuando Pablo Iglesias le llamó para su programa La Tuerka, precisamente con motivo de la presentación de este libro. 



Un símbolo de una generación que aún no está perdida ni olvidada, el prólogo de lo que estaba por venir, de aquellos primeros días donde tuvimos un gigante benigno para medirnos a los mejores de siempre. 

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