domingo, enero 25

No debe ser un hecho casual. Algunos de los últimos libros surgidos al calor de la producción bibliográfica que está empezando a surgir acerca del deporte de la canasta española, parecen protagonizados por una de las generaciones más importantes que provocó la revolución conceptual que llevó al gran hito de este deporte en la década de los 80 en la península: la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de los Ángeles. Para ser concretos, los últimos de estos trabajos (la biografía de Fernando Romay, ya reseñada, por ejemplo) tienen un fuerte acento de la capital. 





Sirvan como muestras de ello El baloncesto y la vida (auto-biografía de Juan Antonio Corbalán) y Ahora que me acuerdo (segunda parte de las desordenadas, y divertidas, anécdotas de Juan Manuel López Iturriaga). El primero es, sin duda, uno de los bases más importantes que ha dado la casa merengue, la evolución perfecta de sus dos predecesoras en la batuta del Real Madrid, Ramos y Cabrera. El segundo, el más célebre "palomero" que se recuerda, actualmente, poseedor de uno de los blogs más atractivos sobre nuestro deporte que se pueden visitar.  





Nada menos que 12 ligas ayudó a llevar para su equipo el buen doctor, en nexo de la época clásica (los Brabender, Escorial, Gregorio Estrada, Manolo Flores, etc.) y los nuevos tiempos, aquellos que Díaz-Miguel supo aglutinar para un éxito que no sería superado hasta que los Gasol, Navarro, Reyes y compañía aterrizaron en el escenario. Un playmaker al estilo John Stockton, formado bajo la batuta clásica de los Pedro Ferrándiz y Raimundo Saporta, pero también viajando hasta North Carolina para descubrir que existía otra galaxia donde había auténticos prodigios, equipos universitarios que habrían podido abatir a selecciones profesionales de mayores. 





Un Madrid clásico, aún con la aureola de Santiago Bernabéu, una mezcla de todo un poco, cuestiones atávicas y modernidad, jerarquías y competitividad. Corbalán refleja su reclutamiento en aquellos años, siendo uno de esos casos donde el talento de la criatura ya despunta en el colegio, aunque sus entrenadores en el conjunto merengue decidieron que, si bien otros podían anotar sus puntos, no muchos otros en aquellos lares podían distribuir así el juego. El caso de Iturriaga es completamente distinto, pero complementa la historia.  


Según sus propias palabras, marchado a jugar a un equipo de las afueras de Bilbao llamado Madrid, el escolta-alero fue uno de los jóvenes talentos más veloces que se podían ver sobre el parquet. Una carrera que, si bien fue muy notable, se intuía aún mayor en los primeros tiempos. De carácter extrovertido y divertido, no ha sorprendido a nadie que "Itu"  haya logrado reconducir su carrera tras la retirada deportiva a los medios de comunicación. Dos exponentes de un club histórico en las décadas de los 70 a los 80, era un Madrid que pasaba de venerables monasterios amanuenses a tener máquina de escribir. 





Unos novatos que irían socavando el sistema de tratar a los chicos de primer año y la jerarquía a la hora del asiento. Fue Fernando Martín, siempre con el carácter pionero que lo definía, quien empezó a negarse a aquellos peajes que pagaban los recién llegados. Las semillas fueron sembradas por Corbalán, quien se las tuvo con su admirado Pedro Ferrándiz, uno de los primeros grandes zorros de los banquillos en España; no obstante, los tiempos estaban cambiando como en la canción de Dylan y esa relación de abuelo severo y entrañable de Pedro no cuajó tan bien con el barbudo Iturriaga, eran una generación diferente, 




Una década donde surgirían nuevas potencias, el siempre incipiente Joventut consolidó su candidatura de algo más que aspirante, el Barcelona ligaba su brillante historia moderna a la figura de Epi y una sabia política de fichajes, mientras que escuadras como el CAI Zaragoza lograban perlas tales como Fernando Arceaga, lo cual incrementaba la competición, Era la antesala de los duelos Fernando Martín VS Norris, la floreciente Penya, los años dorados del Barça de Aíto en los torneos largos... El Madrid encontró en Lolo Sainz al estratega adecuado para aquel cambio de coyuntura. El propio doctor lo resume: "Los ochenta las pertenecieron a nuestros rivales. Pero no estábamos muertos".  




Sainz tenía pasado como jugador, había aprendido de Ferrándiz y Saporta, pero tenía un toque de sangre nueva que era muy necesario para lo que empezó a ocurrir desde otoño de 1976. Quedaban gloriosas tradiciones como los torneos de Navidad bajo el humo previo a la Nochebuena, como en las épocas más depresivas, su club era una de las pocas cosas que se podían enseñorear. Antes de llegar Iturriaga, Corbalán ya había jugado en el Luna Park, ganado un mundial de clubes, perdido y ganado muchos duelos europeos ante titanes como el Varese... 


Una diferencia de estilos que se nota en ambos libros, los dos, muy interesantes. El de Corbalán es metódico, cohesionado, ordenado con cirugía, dando los datos precisos y en el momento oportuno, adquiriendo el estilo a medida que avanza el relato. Por su lado, los dos volúmenes de Iturriaga son frescos, rápidos, divertidos, informalmente desaliñados, menos pudorosos a la hora referirse a sus propios demonios. Sin duda, se notaba que, al fin, los jugadores blancos se sentaban en la mesa para algo más que hablar de las canastas, sino que empezó a filosofarse, a hablar de política, cine y tantas otras cuestiones. Era una generación de deportistas distinta, ilustrada, quizás ese multitasking que impidió que el polivalente alero vasco se consagrase a su disciplina con el sacerdocio de un Petrovic, pero que le granjearon las simpatías de aficiones propias y rivales. 




Ambos debieron vivir de distinta, pero igualmente emotiva manera, aquellos instantes previos en las taquillas silenciosas del vestuario californiano que tenía nombres legendarios como Kareem o Magic, entre otros. Corbalán, capaz de alternar eficacia e imaginación, intentó dar un difícil pase de espaldas ante aquellos lobos universitarios norteamericanos (donde Michael Jordan y Patrick Ewing ya eran algo aparte). Su perseverancia le valió dos tiros libres que tenían un sabor histórico. Después, un tal MJ empató con un tiro a tabla y devolvió la lógica al baloncesto. 



Reflexiones muy interesantes en ambos casos, con las que coincidir y discrepar, pero que reflejan la importante revolución ilustrada que tuvo lugar en la Casa Blanca. Épocas donde Iturriaga tuvo que seguir a gacelas anotadoras como Drazen Petrovic, a la par que también un retorno al norte de donde vino, incluyendo duelos con sus antiguos compañeros. El ocaso de la carrera de Corbalán también le permitió disfrutar en Valladolid de uno de los talentos más exuberantes que vivió el Viejo Continente: Arvydas Sabonis. 




Gracias a aquellos jóvenes imberbes (también a los de Jordi Caró y Manuel Bosch, los Epi, Sibilio y Nacho, a la incombustible cantera del Estudiantes, etc.) comenzaba un proceso de un modelo diferente de jugadores de baloncesto, el cual ha culminado con hechos como el feliz duelo entre dos hermanos apellidados Gasol en el próximo All Star. Gracias a la generación de Roseto y a los que estuvieron antes. 
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