lunes, enero 19

Cuando el Atlético perdió su simpatía... 



Hubo una época en que eran bien vistos en el imaginario popular. Simpáticos, inofensivos, un toque de folclore para el campeonato liguero, un motivo de chiste para los aficionados rivales. Existía un pasado escrito con letras de oro, con nombres con Luis Aragonés, Gárate o Helenio Herrera, pero nadie parecía querer recordarlo. El Atleti callaba, porque los desfiles de entrenadores habían sido muchos y el descenso a segunda división había dejado una marca muy fuerte en uno de los equipos más longevos en el fútbol español. 




Hoy en día eso ha cambiado. Ya es muy difícil que un seguidor madridista diga que los colchoneros les resultan majos, incluso graciosos. Se notó, por ejemplo, en la visita a un renovado Valencia, la entusiasta afición che presionó a los vigentes campeones como si fueran azulgranas o blancos; es el precio que ha dejado uno de los proyectos deportivos más interesantes de los últimos años. Sin que sirva de precedente, dejamos brevemente aparcado el baloncesto en Never Shall Me Down para indagar en una dinastía muy particular, la establecida por Diego Pablo Simeone y su cuerpo técnico en las orillas del Vicente Calderón. 





La pasada campaña les tuvo como los insospechados protagonistas de algunos de los momentos más épicos del curso. Sin embargo, más allá de la conquista del campeonato en el Camp Nou y la épica final de Lisboa ante sus archi-rivales blancos, las raíces del germen del resurgir rojiblanco fueron sembradas mucho antes. Igual acontece cuando se indaga en los orígenes de la transición de los ofensivos Pistons de comienzos de los 80 a los temibles Bad Boys de finales de la década, tiene que existir una caída de Damasco que haga variar el rumbo. 




Marcos López, en su espléndido libro La pizarra de Simeone, se remontaba a la dignidad recuperada bajo la batuta de Quique Sánchez Flores, actual entrenador del Getafe, quien logró lo más complicado, que los indios volvieran celebrar títulos importantes. Hubo entonces una nueva mirada al abismo, porque llegar es complicado, mantenerse dificilísimo. Fue entonces cuando se miró al cholismo, a la mirada de un estado mayor argentino, curtido en mil batallas: Simeone (Aníbal Barca), Germán el Mono Burgos (Maharbal) y el profe Ortega (Magón).   



Táctica, estrategia y corazón


Parecía un vestuario derruido. Pese a ello, aquel nuevo centurión convenció a aquellas cohortes que debían viajar a Málaga, siguiendo la tónica marcada por Santiago Posteguillo, de que no eran unas legiones malditas. Simeone contaba con una ventaja al desembarcar en la capital, su reputación como jugador. No era el más talentoso o dulce del mundo (el pisotón a un estelar Julen Guerrero en San Mamés sigue recordándose en los alrededores de la Catedral), pero el Cholo fue un centrocampista del que nunca dudó la parroquia del Calderón en lo que más valoran: esfuerzo, inteligencia colocándose y compromiso. 




Un enfermo del balón y lo que hay alrededor de él, un discípulo de maestros tan opuestos como Bielsa y Bilardo, alguien capaz de transmitir. El nuevo míster cogió a los talentosos y los convenció de correr. Buscó esa confianza extra que tenía antes de la grada para demostrar a sus muchachos que contaban con un público que podía ser una de las aficiones más entusiastas del mundo si les daban lo que querían. Fueron unas semanas decisivas, pero las fundamentales para poder lograr luego grandes noches ante Chelsea, Madrid o Bilbao. 





Junto con esa pasión obsesiva, un paréntesis de rock and roll, insoportablemente él, como se definiría a sí mismo, Germán el Mono Burgos, un socio de los días de la albiceleste, el tipo que dibujó el tanto de la victoria en Oporto. Alguien capaz de ir al frente y desencadenar la III Guerra Mundial en un derby, el segundo de a bordo que alguien como Diego Pablo necesita. Lo captó un programa tan longevo como El día después, en uno de sus primeros reportajes sobre la revolución que estaba operándose en can Atleti. Una victoria bajo un frío que calaba los huesos ante un duro Granada, la clase de triunfos que se irían haciendo comunes. 




Los Utah Jazz de Stockton y Malone podían dar fe de esa clase de milagros cotidianos. La sensación de ir sumando méritos en trabajados inviernos, para poder disfrutar en verano. No era el hipnótico y fascinante juego del Barcelona de las mejores épocas de Rijkaard y Guardiola, tampoco la poderosa pegada y versatilidad exhibida por el Madrid de los últimos años; de cualquier modo, aquella metodología de esfuerzo innegociable y solidaridad fue cambiando el planning de muchos, justo cuando el bipolio se había instalado en un país.  


Referencias variables, espíritu constante


El Calderón necesitaba una noche así. También que fuera él; Arda Turan había prometido dar su corazón a Simeone, al más puro estilo de devotio lusitana. En frente, estaba algo más que el poderoso campeón de Italia, la Juventus de Turín. Un grito descarnado tras un tanto que abría la lata de un partido ultra-defensivo, una guerra de trincheras donde italianos y rojiblancos se mueven con tanta habilidad. El Atlético se jugaba seguir vivo en su grupo de la muerte de Champions, acabarían como primeros, el otomano tomaba el testigo de los Falcao y Diego Costa. 




La marcha del goleador colombiano fue el ejemplo de una nueva manera de hacer las cosas. Falcao había sido el hombre clave por su pase a Costa para tomar el inexpugnable Santiago Bernabéu en Copa del Rey; no obstante, Radamel, el verdugo de los leones de Bielsa y el Chelsea, acabó tomando el rumbo a Mónaco. No hubo reproches ni ataques, solamente palabras de agradecimiento mutuas, especialmente por parte de un Simeone que logró convertir a un talentoso volcán llamado Diego Costa en el gran delantero que se había insinuado ya en el Rayo Vallecano.   




El paso al frente de Costa se tradujo en una impresionante chilena ante el Milán, un campeonato doméstico de ensueño y el triste epílogo de Lisboa, antes de pasar a las filas de José Mourinho. Dio lo mismo, ahora el rumbo lo marca un estrella atípica, quien se mueve bien como uno más, en esa guardia pretoriana custodiada por los Godín, Siqueira y Mirandas de los dominios de Moyá y Oblak. Una filosofía que en aquella Motown que logró desafiar al trébol y el Hollywood californiano se hubiera entendido muy bien: para poder batirse con Barça y Madrid hacía falta eso, un sentimiento de grupo. 




La estrategia de Simeone, custodiada en las reservas de gasolina por el profe Ortega, pasaba por comprender que hay cuatro citas donde se puede fallar, esos supuestos partidos insalvables. Contra el resto, dependía de ellos. Hoy, unos ambiciosos Valencia y Sevilla, entre otros, han tomado esa senda, desenterrando las hachas de guerra de una Liga que parecía adormecida ante los récords de puntos. "Cuanto más juguemos contra ellos, mejor, porque más se aprende". Eso lo sufrió en sus carnes, bien que los sentimos los culés, el Barcelona del Tata Martino, a quien la defensa colchonera martirizó en los constantes duelos que sufrieron. 


Hay defensas que matan


Lo fue la de los Miami Heat de Alonzo Mourning, también las tretas de Dennis Rodman bajo los aros de los Bulls... Las dinastías, en ocasiones, recurren a ellos. Los pulmones de Gabi, Juanfrán y cía pueden dar fe de ello. Recuperaciones, presionar, asfixiar y no dar un encontronazo por perdido. Hay quien los acusa de violentos o antifútbol. Otros, justifican la hazaña de un conjunto que lucha contra los presupuestos millonarios más potentes de Europa. Tal vez, la solución intermedia dada por Paco Jémez sea la correcta; el Atleti ha devuelto valores de competitividad, pero los árbitros deberían decidirse a poner unos límites o permitir a los clubes modestos como su Rayo a jugar con esa baza. 




Volvemos a lo de antipáticos. Siendo honestos, es más fácil ver a Kobe Bryant o a Messi quebrar a cinco contrarios que encontrarle el gusto a un repliegue de acordeón de una de las retaguardias más sólidas del planeta fútbol actual. Pero eso no significa que no tengan mérito, todo lo contrario. Estos últimos de la extraña dinastía apache han sido bañados en un don poco común: detectar las falencias de un oponente y exprimirlas, haciendo que olvide sus virtudes. Una receta que ha dejado a muchos cracks con un gesto de frustración atípico. 




Un buceo que pasa también por recuperar a viejos rockeros para las causas. Primero fue David Villa, cuya generosidad fue básica para el año increíble de Costa. Ahora, Simeone se ha inventado la carta de Fernando Torres. Muchos, yo incluido, pensábamos que era muy difícil recuperar a corto plazo al antiguo mito del equipo que ligó su destino al polémico Jesús Gil en las últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, su exhibición en los octavos de final de la Copa del Rey (con ovatio a Griezmann incluida) ha vuelto a demostrar que los planes del cholismo siempre obedecen a un objetivo.  




Espero que, dentro de mucho tiempo, se les eché mucho de menos y se les ponga en el sitio que merecen. En de aquellos, por entonces, no tan viejos San Antonio Spurs que rompieron la tiranía de talento de Shaq y sus Lakers, la de esos eternos inconformistas que sobrevivieron a un mazazo tan duro como perder con aquel espectacular buzzer beater de Sergio Ramos en la cancha del Benfica. Unos indios que, como dijimos hace unos meses, han recuperado Fort Apache. 
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