lunes, enero 5

Que en vísperas de Reyes, los Oklahoma City Thunder vayan con un balance de 17 triunfos y otras tantas derrotas parece una broma de pésimo gusto. Durante los últimos años, este joven y talentoso conjunto había prometido muchas cosas a los espectadores. El primer anillo de Lebron James con los Miami Heat fue una conclusión doble: un éxito para los de Florida y una promesa para las temporadas venideras de estas jóvenes promesas. 




No obstante, parece más probable que Kevin Durant siga batiendo récords de anotación que ver a los imberbes truenos aspirar al anillo este curso baloncestístico. Los pasados Playoffs aconteció una honorable derrota ante un gran ejército, los San Antonio Spurs, con el meritorio regreso a lo Cid Campeador de Ibak. De cualquier modo, esa batalla épica tapó el descenso de feeling que ha dejado una de las escuadras más atractivas de ver en una cancha estadounidense. 



Todo cambió con la marcha de la barba, es decir, James Harden. Un sexto hombre impagable que descubrió que había más oro en Houston, si bien, no fue capaz de batir a sus ex compañeros en su primer duelo de postemporada. Harden era un elemento diferencial de la banca, oscurecido por la exuberancia de Durant y Westbrook. Monetariamente más que acertada, Oklahoma y James han pagado su decisión, alejándose respectivamente del trofeo final de junio, para jolgorio de conjuntos como los Spurs o en Memphis. 


Debe ser cuestión de química. Si no, no se explica que un conjunto con Carpantas bajo tableros como Perkins o Ibaka tengan, muchos más días de los lógicos, la batalla bajo los aros perdida. En nadie se refleja más esa duda que en binomio Durant-Weatbrook. Juntos, podrían aspirar a ser algo muy parecido a lo que fueron Stockton y Malone para el juego, perfectamente complementarios, pero ninguno de los dos parece dispuesto a dar un paso atrás en favor del otro. 



Westbrook es un prodigio físico, admirado por dioses de la arena como Kobe Bryant, no obstante, su cabecita parece estar inevitablemente extraviada en la cancha. Más que un base, es un escolta disfrazado, un anotador excelso que puede herir a sus compañeros en la caza. O eso se intuye, la pizarra no encuentra toda la armonía que exige alimentar a un tirador de la talla de Kevin Durant, aquella pesadilla que dominó el Mundial de Turquía con una facilidad pasmosa.  





Scott Brooks lo debe de tener más que pensado. No se trata de ningún neófito o persona inexperta, su apuesta de basket ofensivo es valiente y generosa con el público que paga la entrada. Pero falta algo de la magia de aquellos primeros instantes, esos Thunder que dieron un golpe de gracia en el Staples Center, o que fueron capaces de desnudar las carencias de los Dallas Mavericks del legendario Dirk Nowitzki. 


Tampoco ha sido generosa la Fortuna con una de las potencias del Far West. Lesiones de los hombres clave en el momento decisivo, la hora de la verdad. Una afición entregada que ha visto a algunos de sus baluartes vestidos de traje demasiadas veces, con problemas físicos que han sido recurrentes. Veteranos como Derek Fisher, que sin duda ayudó mucho al vestuario a aprender a ganar, llegaron demasiado tarde y no pudieron aportar más de su infinita experiencia a una plantilla que tiene todas las piezas, menos, de momento, ese factor X. 




Hoy, los Golden State Warriors se miden a ellos y parece existir un abismo entre un equipo y otro, algo que hubiera sido imposible de imaginar apenas unos meses atrás. Talentosos, tiradores y brillantes en ataque, muchas de las virtudes de los Warriors han sido atribuidas a su oponente de hoy en el pasado reciente. ¿Lograrán Brooks y su staff técnico revertir la situación a tiempo? ¿Habrá algún fichaje sorprendente o intercambio de cromos que resucité un proyecto ambicioso y bien pensado? 




Demasiadas dudas para quienes aspiraban a ser más que serios candidatos al premio gordo... Pero, por el bien del basket, que vuelvan pronto a soplar mejores vientos en Oklahoma. 

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