lunes, marzo 9

No hay nada como el Madison Square Garden cuando las cosas marchan bien. La frase es de John Starks, compañero de fatigas de Anhony Mason. O, si permiten la malicia, Anthony "House" Mason, porque decían las malas lenguas en la Gran Manzana que el esforzado jugador podía construir una casa amplia con los ladrillos que tiraba en la línea de personal. Pero no nos pongamos exquisitos, Shaq será considerado uno de los mejores jugadores de la Historia y no era precisamente mecánica balcánica en esas lides. 



Aquellos New York Knicks de los 90 no eran, parafraseando a Reverte, los más piadosos o los más elegantes sobre el parquet, pero eran un equipo valiente. Había que serlo para plantarle cara a los todopoderosos Chicago Bulls de Michael Jordan, a quienes llevaron al límite en varias ocasiones. Mason era una definición perfecta de aquel conjunto mandado en la banca por Pat Riley. Incansable, guerrillero, de trincheras, reboteador, agresivo, ganador... Cuesta pensar que un tipo así se vaya. La vida solamente le pudo ganar a los puntos el combate a 15 asaltos. 




Aunque el grandote pasó por varias franquicias en la NBA,a Never Shall Me Down le cuesta imaginárselo con otra elástica que la de la Estatua de la Libertad. Para el recuerdo aquellas finales a cara de perro contra Thorpe, Olajuwon. Horry y cía, siete partidos sin prisioneros. Tampoco fueron mancas aquellas contiendas contra un tal Reggie Miller y sus Pacers. Lo definía perfectamente un vídeo que le dedicó la franquicia a la que tantos minutos honró: Once a Knick, always a Knick. 



En una triste coincidencia, el baloncesto bávaro también está con la bandera bajada. Generalmente, cuando hablamos de Alemania y los aros, el primer nombre que surge en la mente de todos es Dirk "Robin Hood" Nowitzki, leyenda mundial de este deporte. Sin embargo, los nostálgicos del lugar sacarán (con toda justicia) recuerdos del pionero Detlef Schrempf, uno de los primeros grandes nombres europeos en consolidarse en la NBA, Pero ay, ingrata memoria, no conviene olvidarnos de que existió un señor llamado Christian Welp.



Hombre clave en la medalla de oro que los teutones ganaron con brillantez en el torneo europeo de 1993, Welp era un gigante de sonrisa benigna que empezó a ganarse una sólida reputación bajo tableros en la NCAA, defendiendo a la universidad de Washington. Estrella indiscutible de los Huskies, Welp tenía un futuro muy prometedor que consolidó internacionalmente con su país, si bien no logró encontrar el acomodo que su juego merecía en la NBA, a pesar de pasar por franquicias del renombre de los Sixers o los Spurs.



Su fallecimiento, junto con el de Mason, nos privan de dos de aquellos tipos altos, fuertes y callados que hubiera dicho Tony Soprano al recordar a Gary Cooper, esos que quieres tener cuando hay que jugarse sacar las castañas del fuego o perderlas.


Dos adioses que no querríamos haber dado, siempre iban a ser en mal momento. Cuestión muy diferente es hacer referencia a una imagen que la Liga Endesa protagonizó en uno de sus partidos más atractivos, un Caja Laboral-Bilbao Basket. Generalmente, un encuentro atractivo, intenso y disputado de poder a poder. No obstante, hubo un protagonista indeseable y que ensombreció un choque que siempre suele satisfacer a los gourmets ACB.



Una expeditiva falta de Shengelia tuvo el efecto indeseable que los más viejos del lugar recordamos para un fantástico Pistons-Pacers que acabó en la locura del Palace. Ahora no eran Ron Artest y Ben Wallace, fue Todorovic quien entró al trapo al ver la fea acción, iniciándose una serie de fuegos cruzados que hicieron frotarse los ojos de vergüenza e indignación al público, el duelo no merecía aquello. Cualquier persona que haya jugado sabe de los riesgos de un partido intenso, de cómo una palabra o una fea acción pueden escaparse al más tranquilo de los mortales. El problema es cuando esa locura transitoria se contagia a todos los integrantes, más entre profesionales, individuos de más de dos metros de altura buscándose para felicitarse las futuras Pascuas.



Alex Mumbrú, jugador veterano en mil lides y perro viejo de olfato fino, tardó poco en pedir disculpas por lo que todos los jugadores habían brindado, un dantesco espectáculo. Un partido que ya estaba sentenciado y que abrió una caja de Pandora que siempre corre el riesgo de abrirse. Si no eres capaz de mantener los nervios cuando los demás la están perdiendo... 
Publicar un comentario en la entrada