lunes, marzo 16


Quienes asistieron a aquella cita en Ginebra recuerdan a Epi casi levitar. Marzo estaba a punto de expirar en una jornada europea de 1984. El Barcelona se encomendaba a su mejor jugador para lograr consolidar un arduo y trabajoso re-ascenso de la sección. Los pupilos de Antoni Serra habían dado el do de pecho para llegar hasta allí. Algunos como Ferrán Martínez, uno de los jóvenes talentos interiores de los culés, escuchaban el partido por la radio, puesto que su salud no le permitió estar en aquella cita. Durante 20 minutos, las suspensiones de Epi y los rebotes de Starks y Davis mantenían un cómodo colchón de más de 10 puntos ante el poderoso Banco di Roma. En juego estaba la ansiada Copa continental, un cetro que debía consolidar un ascenso de los azulgranas a la élite de la canasta. 




Y es que la década de los 60 española había pertenecido al Real Madrid. El Barcelona dejaba languidecer la disciplina, mientras que el Joventut, con un trabajo muy bien hecho, se consolidaba como la más seria alternativa a los merengues, un aspirante mucho más sólido que sus rivales locales. Pero entonces resucitó el interés en la Ciudad Condal, fundamentalmente gracias a un nombre: Ranko Zeravica, un formador de talentos, los ojos que necesitaba tener la nueva escuadra para recuperar el tiempo perdido. Paciencia y trabajo. Ambas cualidades las reunía un espigado jugador de origen maño que pasaba muy desapercibido a la sombra de su hermano mayor y de escasas condiciones naturales para el basket: San Epifanio. Lo de súper-Epi vendría después. 



Lo suyo no era ser un talento precoz como algún ilustre compañero de generación (Iturriaga, por ejemplo), o de una superioridad física al estilo de Fernando Martín. La gran baza de Epi era una ética de trabajo incansable, sobre eso descansó una filosofía que lo llevó a sobrepasar cualquier expectativa. Su fiabilidad como lanzador permitió al Barça consolidarse en la Liga como un candidato de pleno derecho. Aquel día ante los hijos de la loba, estaba a muy pocos minutos de coronar una actuación brillante, más de 30 puntos. Era su día, el momento en que sus compañeros y él reirían por los sinsabores pasados, todos los complejos quedaban enterrados. Pero no fue así. 



Larry Wright había esperado su oportunidad. Lo apodaban la Libélula. Un norteamericano astuto, un anotador que había sido reserva en los Washington Bullets campeones; es decir, un profesional que se las sabía todas y se ganaba con honradez sus liras transalpinas. No podía saberlo, pero compartía ya un credo común con un jovencito llamado Michael Jordan: Si vas a perder, hazlo tirando y sin dejarte nada. Aquel habilidoso y descarado jugador que monopolizaba las posesiones se lanzó sin piedad a las trincheras blaugranas. Empezó a entrar todo lo que no había ido bien en la primera parte. 




Wright y Epi lucharon por ser los héroes de aquel duelo de campeones. Sin embargo, el tan temido "entorno" en Can Barça del que hablaba Cruyff encontró su villano predilecto en Chicho Sibilio, el tirador de exquisita técnica, sutil, elegante y con una filosofía de vida diferente al lacedemonio aragonés. Se podía barajar que el fino estilista no sería un marcador terrible para la iluminada libélula, pero los bajos porcentajes de Sibilio cara a canasta era algo que ni Serra ni ningún otro miembro de su staff se habían planteado. Por ahí empezó a desangrarse la escuadra catalana. 



La locura se apoderó de los protagonistas. El estadounidense disfrutó de la tensión del momento cuando a otros les hubieran temblado las piernas. A veces, generaba la impaciencia de Solozábal y cía con sus largas posesiones, botando y botando, ignorando a árbitros, compañeros y rivales. Entonces, penetraba y lograba un jugoso botín. En otras, cuando todos confiaban en que aguantaría la bola para mantener la ventaja, armaba el brazo en apenas unos segundos. Y su talento y los aros decidieron que así estaba bien. 



Psicológicamente, esa fortaleza de su mejor jugador se contagió al resto del Banco di Roma. Serra sentó unos minutos a Epi por no exponerlo a la dureza que le estaba reservada tras su show del primer tiempo. Cuando esos momentos en la banca coincidieron con los problemas de faltas personales de De la Cruz y otros interiores, la segunda parte cambió. Bianchini, zorro italiano en la banca, casi se podía leer tras su astuta mirada, oculta bajo sus gafas, aquella máxima de: "Me encanta que los planes salgan bien". 



Los rostros de unos y otros no dejaron lugar a dudas. Particularmente dura era la semblanza de Manolo Flores, un guerrero de aquel primerizo y renovado Barcelona de basket que comenzaba a dar sus primeros y tímidos pasos en la alta competición. El veterano de tantas batallas había decidido que era su último partido con aquellos colores que defendía con uñas y dientes. Wright añadía otro título a su brillante palmarés, luciendo unos saludables 33 añazos. 


Características excepcionales que llevaron a sacar dolorosas conclusiones en Ginebra. Tener tan cercana una Copa de Europa dejó un poso de ansiedad y nervios en un club sediento de aquel premio; si bien, la valiosa lección romana permitió a aquel proyecto consolidarse. Apenas un año después, Epi y compañía viajaban a por otro cetro europeo, nada menos que la Recopa. Nuevamente, los medios incidían en que estaba en juego el primer trofeo internacional de la sección. El rival era el poderosísimo Zalgiris Kaunas de Arvydas Sabonis, una presencia interior sin comparación con el resto de sus colegas continentales, el bote de un base, el cuerpo de un panzer soviético y una visión de juego de un entrenador. 



En aquella ocasión, Flores sustituía a Serra, a quien dedicó aquel triunfo en Grenoble... aunque, por poco se repite la historia. Los culés dominaron la primera parte por 51-35. Pero ya habían caído en tres finales anteriores de estas características, poner la pica en Flandes no sería fácil. Wright les había enseñado que la piel del oso jamás debe venderse antes de la caza. Y, además, aquella vez ya se había introducido la línea de tres puntos. Aquellos lituanos (por aquel entonces, bajo la órbita soviética), contaban con un genio llamado Kurtinaitis, quien abanderó la furiosa remontada de los suyos en la reanudación. 




Pero sus oponentes ya no eran aquellos talentosos bisoños que podían bajar la guardia. Sibilio, el artista, el tipo con sangre helada en las venas, aquel espigado anotador de ébano que generaba adhesiones y aversiones a partes iguales en la grada, se destapó con 29 puntos que hicieron a sus compañeros mantenerse firmes en la fe de que aquella fiesta, ahora sí, era la suya. También hubo ventajas como la baja en aquella final de Iovaisha, tercer espada en importancia tras el zar Sabonis y el pistolero Kurtinaitis. 




"El Lagarto" De la Cruz fue pieza básica de la pizarra defensiva, su pegajosa marca a Sabonis le limitó a 14 puntos, cifra más que aceptable, pero muy lejos de lo que el brutal talento podía hacer en una cancha cuando se le dejaba a sus anchas. Epi, siempre paradigma de la regularidad constante, brindó sus 18 puntos de rigor, dejando la batuta a un Solozábal que hizo mantener la cabeza fría a sus camaradas, cercados por la vigorosa arremetida de la oleada verde. 




Un tapón de Sabonis permitió a Kurtinaitis tener la opción de empatar o ganar el encuentro. Sin embargo, la suerte parecía tenerle reservada una los de Flores, el infalible anotador erró, o el balón no quiso entrar. La contra acabó con un furioso mate, firmado por el Lagarto. Mejor imposible. Sibilio acabó arrodillado a mitad de pista, mientras una marea de 5000 aficionados invadía amistosamente la ciudad gala. 



Finalmente, la generación se Epi se había graduado.  

FOTOGRAFÍAS: 

http://www.blaugranas.com/wiki/epi



http://hemeroteca.mundodeportivo.com/edition.html?bd=30&bm=03&by=1984




http://www.mundodeportivo.com/20130521/baloncesto/sabonis-leyenda-baloncesto_54374177184.html




ENLACES DE INTERÉS: 



FINAL BANCO DI ROMA-BARÇA (YOUTUBE)



FINAL RECOPA ZALGIRIS-BARÇA




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