lunes, abril 13


El protagonista: Un zar desahuciado


Campeón del mundo. Finales europeas. Pesadilla de los todopoderosos Estados Unidos. Figura máxima de la potente selección masculina de basket de la URSS. A la altura de 1989, cuando se decía su nombre, muchos aficionados no podían dejar de lanzar un suspiro de decepción, una sensación agridulce, las expectativas más altas que nunca se habían dado... maldito tendón de Aquiles. El propio Drazen Petrovic eligió a nuestro protagonista de hoy como el mejor jugador que nunca vio el Viejo Continente. Un CV que invitaba a pensar en un hombre mayor, un venerable veterano de 2´20 metros. Pero no, Arvydas Sabonis apenas tenía 25 años. 




Un milagro deportivo surgido de la oprimida Lituania de la época. Habríamos de esperar al surgimiento de un tal Dirk Nowitzki para ver algo parecido en nuestra parte del hemisferio. Tampoco hay muchos parangones en tierras norteamericanas, salvando a aquel rubio alero en Frenck Lick (Indiana) que era custoriado como un secreto de una universidad modesta en el prestigioso circuito de la NCAA. ¿El descubridor de Sabonis? Juri Fiodorov. Un genio, un iluminado, alguien que amaba el basket más que a los resultados. Porque la insistencia de este formador de talentos permitió regalar a los soviéticos primero, y a los lituanos después, al pívot más atípico que se recuerda. 




Fiodorov no se conformó con que el joven Sabas fuera un mastodonte que abusase de sus compañeros de generación. Arvydas hacía los ejercicios de bote como los demás, debía tener la mecánica de los aleros, asimismo, desarrollar el ojo generoso de sus bases. Muchos años después, su disciplina y capacidad de atender a tan sabios consejos, brindaron un rascacielos que podía destrozar un tablero (trofeo navideño de Madrid) o dar la más brillante de las asistencias con sutileza. 




Gonzalo Gonzalo, entusiasta presidente del Fórum Valladolid en la incipiente ACB, había oído esas historias. Por ello, le extrañaba la falta de arrojo que estaban mostrando los hegemónicos Barcelona y Madrid para hacerse con aquella leyenda, una vez que la perestroika estaba permitiendo el éxodo de aquellos blindados deportistas a otras latitudes. El motivo estaba claro. Sus constantes problemas de rodillas, una extenuante carrera (niño prodigio del basket internacional, sus campañas con el Zalgiris Kaunas se acompañaban de veranos con selecciones de su categoría, convocatorias con los mayores y giras por las universidades americanas) sin descanso que le había dado un desgaste total, traducido en un talón de Aquiles roto. Ficharle era un riesgo que los grandes clubes no iban a tomar.




El oasis pucelano



Gonzalo Gonzalo era terco como una mula y tan ambicioso como sus colegas dirigentes más acaudalados. Una vez se le puso entre ceja y ceja fichar a Sabonis, nada le detuvo, aunque las probabilidades iban en su contra. ¿Un jugador que se había colgado medallas internacionales accedería a ir a un equipo en crecimiento, pero alejado de la élite continental? La respuesta era sí, pero solamente si sabían que teclas tocarle. Arvydas era introvertido y bastante seco en el primer contacto, celoso de su intimidad y alejado de las manifestaciones altisonantes. Por ello, Valladolid se volcó en prometer al crack que estaría  como en su casa. Tendría un cómodo piso en la zona más céntrica de Pisuerga, bien comunicado y tranquilo. Haciendo un nuevo esfuerzo, para facilitar su adaptación, el Fórum ficharía también a Valdemaras Homicius, gran triplista y amigo íntimo de Sabas.



La coyuntura ACB favoreció aquel clima. La marcha de Drazen Petrovic a la NBA había dejado huérfana de una gran estrella mediática al campeonato. Una figura como el lituano era justo lo que necesitaban. Utilizando la ayuda de una compañía de perfumes italiana que quería dar el asalto a España, haciendo las veces de patrocinador, el presidente vallisoletano sorprendió a medio mundo con la adquisición de uno de los deportistas más codiciados de cualquier época. Su físico no era el que solía, pero nunca perdieron la fe.




Todo el cuerpo médico se focalizó en él, especialmente Miguel Ángel Salcedo. Reposo y tranquilidad, acostumbrado a un ritmo agotador de encuentros, disputar en su primer año solamente el campeonato doméstico (una ACB enrarecida, con un complejo sistema de grupos que no venía mucho a cuento), permitió coger aliento al titán. Las pruebas reflejaron que en su pie derecho estaban los grandes inconvenientes del pívot. Sin embargo, le prometieron que con el tratamiento adecuado podrían ponerle a punto para su gran sueño: jugar la NBA.




No era una fe infundada. El Valladolid empezó a ganar partido tras partido. En su primera derrota, acontecida en Sevilla, el antiguo astro de la URSS de disparó a los 44 puntos. El ritmo de competición le beneficiaba. El Fórum se metió en los Playoffs. Tocó el completísimo Joventut de Jordi Vilacampa (recordar anterior entrada), pero las sensaciones fueron inmejorables. No obstante, Sabas seguía perdiéndose un ritmo alarmante de partidos por molestias físicas.


No es bueno que el mito esté solo... 



El buen doctor se encontraba en un plácido retiro. Tras haber dirigido como un maestro la batuta del Real Madrid, con su carrera profesional bien orientada a la medicina, Corbalán renunció incluso a una suculenta oferta en Israel para volver a ponerse los pantalones cortos y a botar un balón. Pero Gonzalo Gonzalo y su equipo seguían sin admitir un no por respuesta. Su insistencia y la nostalgia de uno de los héroes de la plata de Los Ángeles por la cancha le llevaron a aceptar aquella oferta. No debió de pesar poco el hecho de compartir vestuario con Sabonis.



Un nuevo fichaje que traía una influencia muy positiva. Corbalán habló con el lituano y le hizo comprender lo importante que era para los más jóvenes de aquel club, quienes le veneraban como una leyenda. Le convenció de que, incluso cuando estaba lesionado, era muy bueno que lo vieran por las instalaciones de Pucela, su mera presencia espoleaba a los suyos. Homicius no estaría aquel segundo año, pero la directiva le trajo a otro compinche a su altura, Tikhonenko.



Fue un año mágico... y que pudo ser mejor. Si bien bajo un poco sus estadísticas al comienzo del curso por su salud, Arvydas terminó desplegando toda su magia en la cancha. Hasta tal punto llegó que en los cuartos de final pusieron a uno de los favoritos indiscutibles al título, el Barça de Epi, contra las cuerdas. En vísperas de jugar la F4 contra la antigua y temible Jugoplastika, el conjunto culé perdió el factor cancha y se la jugó a vida o muerte contra la escuadra púrpura del Pisuerga. El encuentro fue una guerra aún hoy recordada.



Con el gran Audie Norris lesionado del hombro derecho, pero heroicamente en la cancha, Sabonis abusó del juego interior blaugrana como nadie lo había hecho en mucho tiempo. Se mascaba la tragedia, a pesar de que Solozabal y Epi mantenían con su casta a una escuadra con muchos frentes por cubrir. No obstante, para frustración eterna del lituano, el arbitraje distó mucho de ser casero. Decisiones muy controvertidas acabaron con los anfitriones viendo como sus oponente sobrevivían y regresaban a un Palau donde ya no podía haber confianzas en milagros. Sería una de las mayores frustraciones de nuestro protagonista en aquel periplo.



Remember my name


Había vuelto. Todos se frotaban los ojos, pero el descanso y los mismos de una ciudad española entregada a su causa le habían permitido reconstruirse. Incluso contraer nupcias, Sabas sentaba la cabeza, mientras llevaba al Fórum a quedarse a un partido de disputar la final de la Copa Korack. Noches europeas para la nostalgia, doblegando al poderoso Cantú, llevando por todos los rincones del continente la camiseta púrpura.



Mike Schlegel fue el último de los grandes fichajes que hicieron para acompañar al pívot. Un nuevo año donde se saldó con garantías la fase regular, pero no los playoffs, siempre duros ante equipos de mayor presupuesto, fondo de armario y bula arbitral. Ya empezaba a rumorearse el inminente fichaje de la estrella para el Real Madrid, huérfano de una poderosa referencia interior desde la reciente tragedia de Fernando Martín. Al poco, el lituano les hacía triunfar en la Final Four, pero eso es ya otra historia.




El divorcio no fue tenso. Más bien, era una pareja que se había querido mucho y cumplido un ciclo. Gonzalo Gonzalo y cía eran conscientes de que la orgullosa águila herida que habían recogido necesitaba volver a despegar a altas cacerías. Por su lado, el jugador era sabedor de que aquellos años de trabajo y apoyo de todo el staff médico del club, acompañado de la devoción de una ciudad y sus compañeros, le habían permitido regenerarse así. Sin el Fórum, quizás nunca hubiera podido ir como "viejo" rookie a deslumbrar con su clase a los Portland Trail Blazers.




No fue un adiós, era hasta luego. Sabonis y Fórum habían compartido un hermoso camino. Era momento en Never Shall me Down para recordar ese momento. Hay cosas que no se olvidan, menos en uno de los históricos de la competición doméstica. Días que esperamos que vuelvan a un equipo que ha sufrido la trágica perdida de Lalo García, dorsal 5 del Pisuerga, cuyo trágico final no trunca la impronta y el sello que dejó imborrable en los colores de sus amores.

BIBLIOGRAFÍA: 


GIL, A., Arvydas Sabonis: El zar lituano, Ediciones JC, Madrid, 2013.



GOÑI, I., "Arvydas Sabonis", en ESCUDERO, J. F. (coord.), Extranjeros en la ACB, Ediciones JC, Madrid, 2009, pp. 309-328. 



SABONIS, A., "El 3-0 al Barcelona fue un gran momento", en VVAA., Guía oficial ACB 2003-2004, Marca, Madrid, 2003, p. 149.

FOTOGRAFÍAS: 



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