lunes, diciembre 19
Si hubiera sido una película, Pete Maravich debería haberse transformado en El buscavidas. La biografía de este talentoso base (Aliquippa, 1947-Pasadena, 1988) es una de las más singulares que han surcado el deporte de la canasta. La reciente buena acogida de trabajos sobre baloncesto ha animado a diferentes editoriales a publicar en castellano algunos libros que hace apenas unas décadas eran una quimera para el más optimista gourmet del basket. Recientemente, Pistol: La increíble historia de Pete Maravich de Mark Kriegel se encuentra en las librerías. Se trata de una lectura imperdible. 



Generalmente, este tipo de obras van orientadas a un público específico, a aquellas personas que tengan una predilección previa por la actividad en cuestión. No obstante, Kriegel excede las expectativas del buen investigador que se adentra en el contexto histórico de su protagonista; de hecho, la forma de narrar el auge, caída y redención del talentoso atleta convierten sus páginas en un viaje que complacerá incluso a aquellas personas a las que poco importe la NBA. 



Digna de una novela pero real, así fue la crianza de un muchacho que desde muy pequeño mostró una habilidad casi sobrehumana para el manejo del balón. Apenas era un muchacho cuando se rumoreaba que sería más virtuoso con la bola que el legendario Bob Cousy o más determinante que Jerry West en los tiros decisivos. Desde primera hora, las expectativas sobre el joven Maravich fueron desproporcionadas, una carga digna de Atlas. 


Esto lleva, como muy bien entiende Kriegel desde el primer instante de su narración, a otra figura gigantesca: Press Maravich. El padre del genio, un jugador más que notable para su tiempo y que volcó en uno de sus dos hijos toda la visión que tenía de lo que debía ser el baloncesto. Una obsesión que fue inoculada como un veneno a su retoño, quien vivió con aquel sargento de hierro una ruleta de emociones que solamente entendía de un objetivo: Pistol Pete, como le apodaban, iba a convertirse en el mejor playmaker del mundo. 



"Tu hijo bien podrá ganar un millón de dólares, pero no así un campeonato". La frase fue pronunciada por el legendario técnico universitario John Wooden, amigo personal de Press Maravich, quien no dudó en hacer girar todos sus sistemas para el Sol de su proyecto, el hijo bien amado que iba a convertirse en una estrella. Por el camino, todos pagaron el precio elevado de Fausto. Principalmente, Helen, la madre de Pete, una de las pocas pasiones fuera de la cancha que se permitió Press.  



A pesar de sus detractores, incómodos ante lo diferente, pocos dudaban que aquel prodigio debía de dar el salto a la NBA. Como el talento siempre estuvo perseguido, el novato que había batido el récord de puntos de Oscar Roberton en la liga universitario sufrió el rigor físico del reino de los adultos; pronto, perspicaces defensas como Walt Frazier se dieron cuenta de que la mejor manera de frenar al mago era despertar sus demonios e inseguridades, eso podía paralizarlo y hacerle hablar solo en la pista. Para el basket era un joven Mozart, pero su formación académica había sido tan irregular y volcada en el sueño de su progenitor que, en muchas otras facetas de la vida, era un pobre niño dando palos de ciego.  


Atlanta, su primer destino como profesional, fue una prueba de extrema dureza. Allí notó su falta de destreza social cuando topó con un problema que afectaba a los Estados Unidos de aquel tiempo, la discriminación racial impuesta, sufrimiento personificado en un puñado de magníficos deportistas afroamericanos, campeones de su conferencia, que no entendían por qué un chiquillo venía con dos millones de dólares bajo el brazo, tornado en la esperanza blanca de algunos medios; además, iba a hacerles cambiar todos sus esquemas, mientras ellos ganaban muy por debajo de lo que merecían sus prestaciones. Con todo, la creatividad es universal y fue célebre el bar de Luisiana, frecuente en un elevado porcentaje por clientela afroamericana, donde el dueño exclamó extasiado al ver los trucos del pistolero con el balón: "Este chico es de los nuestros".  



El veloz artillero pronto convenció a los críticos de que él podía anotar salvajadas de puntos en la NBA o en el patio de su casa, daba igual, regalando pases mirando al tendido. En pista, siempre encontró soluciones. No así fuera de ella. Su difícil entorno familiar le hizo mirar en el fondo de la botella para la solución de sus problemas. Kriegel narra con humanidad y sin morbo la caída a los infiernos, además de la redención que alcanzó, si bien una fatídica lesión minimizó en mucho la que debió de ser su etapa de madurez deportiva. 



Pete Maravich no llegó a ser, como algunos pronosticaron, el mejor jugador de todos los tiempos. Logró una victoria mucho más importante, recomponerse como ser humano, encontrar familia y paz. Y, si alguien todavía duda de su posición en el Olimpo de la canasta, que piensen que gente como Steve Nash o Jason Williams no hubieran existido sin él. Un libro tan maravilloso como una asistencia de espalda que nadie en la grada espera. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://editorialcontra.com/producto/pistol-la-increible-historia-de-pete-maravich/



-http://www.kentucky.com/sports/spt-columns-blogs/mark-story/article44041653.html



-https://es.pinterest.com/coachbene/pistol-pete-maravich/
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