lunes, enero 16

El tiempo da la ventaja de conocer el final de película. Hoy, resulta fácil pensar que fue un grave error para una franquicia histórica. Los Portland Trail Blazers no usaron su privilegiada posición en el draft para escoger a Michael Jordan, el club del estado de Oregón tenía en aquella coyuntura mayor interés en ganar altura, por lo que se hicieron con los servicios del center Sam Bowie. Aunque sabios del basket como Bobby Knight advertían que el prodigio de North Carolina era algo tan excepcional que debían prescindir de sus planes iniciales, resultaba lógico que en 1984 muchos dirigentes y cuerpo técnico de los Blazers argumentasen que MJ tenía una pinta magnífica, pero que en el Rose Garden ya jugaba un escolta superdotado: Clyde Drexler. 



Con el transcurrir de los años, el mítico 23 dio toda la razón a Knight. No obstante, aunque el aficionado Blazer siempre lamentó haber mandado aquel diamante a Chicago, nunca cometió la torpeza, entendidos de la cancha como eran, de descargar ninguna frustración con una serena y estética figura; Clyde Drexler, nacido en New Orleans, pocos jugadores han tenido la estética de salto y fina elegancia para el mate al unísono. Un prodigio a quien por su finura se le dio el mote de "The Glide". 



Precisamente tras aquella noche de elección de novatos, el sophomore Drexler confirmaría durante el curso que todas las expectativas depositadas en él eran reales. Firmó unas estadísticas de 17´2 puntos, 6 rebotes y 5´5 asistencias. ¿Mantuvo el listón en las siguientes campañas? Baste considerar el hecho de que el fino atacante que todo lo hacía bien nunca bajaría de los 18 puntos en lo que le restaba de ilustre carrera, una que coronó con su justa inclusión en el Dream Team de Barcelona 92, donde no tuvo ningún problema en convivir de manera armoniosa con ese clon mejorado de sí mismo, esa fuerza de la naturaleza cuyo nombre de pila era Michael. 


Y es que el líder indiscutible de los Bulls fue la principal causa de que Clyde y sus poderosos compañeros (Kersey, Ainge, Porter...) no se llevasen el ansiado anillo. Eso sí, honraron los Playoffs con épicas series, glamour y sonrisas frente a LA de Magic, donde el mítico base y el dorsal 22 de Portland demostraron que la máxima competitividad no estaba reñida con la caballerosidad. Como fuere, en una jugada del destino, el ansiado campeonato llegó con su traspaso a los Rockets, justo en Houston, la ciudad donde había encandilado a propios y extraños. Su amigo Olajuwon le esperaba con los brazos abiertos. 



En una emotiva carta escrita hace años, un ya retirado Drexler hablaba de su camarada Sam Cassell, el mítico armador de juego de más que reconocible voz. El testimonio epistolar sigue siendo hoy un objeto de coleccionista para cualquier persona amante de la NBA. Clyde recuerda épicas peleas a cara de perro contra los Jazz de Stockton y Malone, de cómo Sir Charles y sus Suns les pusieron contra las cuerdas, etc. De forma muy humilde para haber sido una gran estrella, su ansiado éxito es empleado como excusa por el escritor para animar a su querido ex compañero de vestuario a seguir con su excelente carrera. 



Y es que las cualidades personales, por más oscurecidas que estén en el marco resultadista y una malentendida competitividad, resultan vitales para pervivir en el imaginario popular. Los aficionados españoles nunca estarán lo suficientemente agradecidos a Kiki Vandeweghe y el propio Drexler por su respeto a la figura de Fernando Martín, mítico pionero del camino que luego Gasol y cía seguirían en el futuro, cuya temporada en Portland fue de todo menos fácil por las desventajas de los jugadores europeos aquellos días en la liga. Periodistas que lo vivieron a pie de pista como el histórico Sixto Serrano subrayaron que la imagen que desde la televisión se tenía de aquel explosivo escolta como un gentleman se confirmaba en el trato personal. 


El propio Clyde admite en entrevistas que su amor por el basket surgió definitivamente cuando tenía nueve años. Siguió coqueteando con otras disciplinas, dotado como era para cualquier destreza, sobresalía a la par en beisbol. Con todo, su madre comprendió que el mejor regalo para el niño cada Navidad era un balón nuevo que, sin descanso, el zagal empleaba para asociarse con sus amigos. Especialmente los veranos fueron clave para que adquiriera la fina técnica que lo hacía tan diferente del resto. La bola, sabedora de que estaba en buenas manos, se dejaba querer. 



Una buena predisposición que hizo que Olajuwon, ya convertido en crack mundial, no olvidase a aquel simpático anfitrión que sus compañeros le mandaron a recogerle al aeropuerto. Cuenta la leyenda que Drexler vio a aquel gigante de siete pies y supo que aquello era el comienzo de una gran asociación en la pista y una hermosa amistad. Junto con el bailarín que dominaba los tableros, la buena memoria de The Glide saca a colación a Larry Micheaux, un verdadero prodigio físico de la época universitaria. Asiduos de la Final Four, aquel triunvirato lideraba una colosal plantilla que intimidaba y generaba pavor en sus oponentes.



Justo el miedo que nunca dio fuera, todavía hoy su serena y elegante figura ejemplifica lo mejor del estilo Old School. Muy pocos profesionales habrían sobrevivido al sambenito de "no pudimos fichar al mejor de la Historia por ti". Míster Drexler no solamente lo logró, sino que siempre lo hizo con una eterna elegancia que, por difícil que pudiera ser, era todavía superior a las habilidades que mostraba entrando a canasta. 



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