lunes, abril 24

"Imagina que has vuelto al barrio, que estás otra vez en Dallas. Es de noche, tu madre te está llamando para cenar. Queda tiempo para una jugada más"-Tony D´Amato, Un domingo cualquiera (1999). 



La pelota se fue por todo lo alto, bastante lejos de su objetivo, las redes defendidas por la imponente figura de Gianluigi Buffon. Precisamente había sido uno de los escasos errores del mítico meta italiano en una semifinales casi inmaculadas lo que provocó un rechace que Lionel Messi no acertó a conectar. Una de las últimas balas de un milagro que no se dio, el sueño del Barça de remontar un 3-0 ante la formidable Juventus, un club que convierte la defensa, con Bonucci y compañía, en un bello arte de anticipación, inteligencia y calidad. Entonces el Camp Nou hizo algo meritorio, teniendo en cuenta el repaso al que el conjunto transalpino sometió a los locales: la grada ovacionó al futbolista argentino, la punta de lanza de los años dorados de una institución más que centenaria. 



El dorsal 10 blaugrana se fue con discreción, no sin antes abrazarse con uno de los pocos porteros que mantiene su casillero a cero frente a él. El rosarino lo intentó de todas las maneras pero no fue su día, principalmente por mérito del adversario. De repente, la visita al Santiago Bernabéu se antojaba en la última posibilidad de una campaña larga, de vaivenes emocionales, descrita por Luis Enrique con el peso de un lustro pese a ser de 365 días. Fueron días donde en algunos mentideros se hizo leña del árbol caído, como si La Pulga hubiera abdicado de una corona que un día se le otorgó de manera mayoritaria. Pero el fútbol, dentro de tanto fanatismo y grosería económica, tiene una cosa muy buena: siempre hay un nuevo reto en el horizonte, ni victorias ni derrotas son para siempre. 



Así, un domingo cualquiera, el Barcelona se presentó ante un Real Madrid cómodamente asentado en el liderato del campeonato doméstico por derecho propio. El conjunto de Zinedine Zidane ha ido de metamorfosis en metamorfosis, pero ha hecho de una fe sin límites en sus opciones de ganar cada partido una señal de identidad. Con una semifinales históricas frente al Atlético a la vista en Champions, la oportunidad de dar un golpe de gracia a la eterna Némesis era inmejorable. Por fortuna para todos, en vísperas del choque se dejó de insistir en el asunto Neymar, uno de los mejores socios de Leo, para que cumpliera con lógica la sanción que su inmadurez en Málaga le había ganado. 


"Si vas a parpadear, hazlo ahora"-Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016). 



El 10 visitante pidió el balón al poco de comenzar el choque que moviliza a las televisiones de todo el globo. Cada vez que pasa, da igual los años que transcurran, nuestro protagonista de hoy brinda una estampa atípica. Lo definió muy bien Jorge Valdano cuando trabajó con Álex de la Iglesia para el documental sobre el futbolista que dice todo en el césped y es parco de palabras fuera: "En esta época esperábamos un gladiador y apareció él". Casi parecía cómica la posible pelea entre un jugador de 1´70 frente a una torre como Casemiro, el centrocampista defensivo elevado a los altares en el imaginario blanco desde que su capacidad de barrer la bola y antipación salvase a su equipo de un vendaval del Borussia Dortmund de Jürgen Klopp en la vuelta de los cuartos de final que posteriormente condujeron a la Décima. 



Desde entonces, su reputación no había hecho más que aumentar. Todo eso quizás se cruzó en la cabeza de La Pulga cuando decidió convertir una de las armas favoritas de la pizarra de Zidane en un punto de riesgo. Con un regate que solamente podía gestarse en su cabeza, sacó una rápida amarilla a un hombre clave del oponente, mientras que despertaba a los suyos, abotargados ante un estadio que suele llevar en volandas a los suyos. Era la primera de las muchas pequeñas maniobras, más bien obras de arte, que un deportista único iba a dejar en el mejor escenario posible. Los cambios de ritmo que Cruyff hizo célebres no esconden secretos para el enigma más indescifrable que hay hoy en el juego. 



Lo describió muy bien Rubén Uría, se jugaron dos partidos. Uno de ellos lo empataron Madrid y Barcelona. El segundo lo ganó Lionel Messi contra todos. A su desequilibrio brutal sumó la cabeza fría para no perder los papeles tras recibir un codazo de Marcelo. El lateral blanco no tiene fama de violento y la acción fue fortuita, si bien le pudo costar la roja de haberse advertido la acción. No obstante, muchísimos grandes jugadores se habrían sufrido un cortocircuito con las espadas en todo lo alto. Por eso lo que sucedió ayer fue genial e irrepetible, más allá de colores y fobias personales. Porque nunca antes existió un goleador de ese nivel que también filtre pases como si fuera Laudrup e Iniesta juntos.  


"Io stavo col Libanese"-Romanzo Criminale (2008), opening de la serie. 



"Jugué con él", el tweet de Rafinha resumía a la perfección lo que una camada culé ha sentido, una punzada de orgullo a quienes han podido disfrutar estos años de los Xavi, Iniesta, Puyol, Eto´o, Valdés, Ronaldinho y, por supuesto, cierto argentino. Después de 90 minutos, Messi decidió acabar con un partido enorme, uno donde los blancos se adelantaron a balón parado, uno de los grandes pecados este curso de los pupilos de Luis Enrique. La devolvió el astro argentino con una carrera de vértigo con la pelota incorporada a su pie que recordó sus primeros años. Solamente así se podía introducir el esférico en los dominios de un Keylor Navas que repelió todo lo que era humanamente posible, salvo el obús de Rakitic y la última maravilla del 10.



Cuando Piqué y Ramos hablan, Messi juega. Si muy respetables compañeros de profesión del pasado le acusan de que hoy en día no le pegan como antaño hacían los marcadores, La Pulga salta, regatea y pasa justo antes de que le toquen en un deporte más profesionalizado y tácticamente mejorado para anular el talento individual. Cuando afirman que se esconde en los días grandes, simplemente se ve que, a veces, las defensas soberbias (las planteadas por Allegri, el Cholo, Mourinho, etc.) también tienen que triunfar, que no es un alien aunque lo parezca cuando mueve las jaulas como si fuera el último gran mago. Con la mejor gratitud de la infancia y las nostalgias, muchas personas de cierta edad en Nápoles seguirán pensando siempre que Diego Armando Maradona fue lo máximo. Otro tanto aquellos afortunados que vieron a cierta Saeta Rubia en Chamartín. Ni hablar de los Pelé, Cruyff, el propio Zidane, etc. Simplemente, pedir que se comprenda a la quinta que hemos tenido la inmensa alegría de seguir el rastro del pibe a quien el maestro Ronaldinho mandó un pase magistral para que batiera con una elegante vaselina al Albacete, nunca vamos a tener dudas en ese eterno debate. 



Por eso, como Jordan, Bolt o Comaneci, el diez de dieces apareció en el momento más duro para los suyos. Cuando los locales dieron la vuelta a un encuentro con un hombre menos, el exquisito toque de James ratificó la machada. Tal vez les faltó a los merengues un punto de enfriamiento cuando apenas se añadían dos minutos. Un pequeño error fruto de la ambición de un equipo grande, pero más que suficiente para el olfato de un depredador que, como diría Phil Jackson, sigue el rastro de la sangre en el arroyo. Una cabalgada impresionante de Sergi Roberto acabó con la última bala. Igual que Jordan frente a Utah, Lionel Messi sabía que solamente dando el efecto perfecto podría evitar a un inspirado meta costaricense. El resto es historia conocida. Otros hablan, él daba las gracias al Camp Nou por su gesto frente a la Juventus de la mejor manera posible. 



La Liga sigue siendo complicada para las aspiraciones culés, tanto por la irregularidad exhibida como por la fiabilidad de quien tiene un partido más por disputar. Sin embargo, igual que sucedió en plazas como el Calderón, Mestalla o el Pizjuán, Lionel Messi se negó a que acabase la incertidumbre ese domingo cualquiera. Tras tantas etapas de vacas gordas, el mejor jugador de la historia del club hizo un nuevo regalo a su afición el día D y la hora H. Lo hizo en otra noche para la leyenda, para dar la razón a Radamel Falcao: "Nosotros vivimos en la época de Messi"



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