lunes, julio 17

Como agua para chocolate




Había sido el peor cierre posible para un trabajo brillante. Rick Carlisle llevó a los Detroit Pistons al primer puesto de la conferencia Este, pasando rondas en los Playoffs 2003 de manera épica hasta que los New Jersey Nets les bajaron a la tierra con un contundente 4-0. La gerencia de la Ciudad del Moror, con Joe Dumars a la cabeza, cesó al entrenador, quien pronto hizo las maletas y guardó su pizarra para llevar a los Indiana Pacers a las cotas más altas. Con todo, a veces, una separación hace mejorar individualmente a cada miembro de la pareja. Así, la contratación de Larry Brown permitió a una franquicia histórica reverdecer viejos laureles. Trota-mundos de los banquillos en la NBA, míster Brown tenía un máster en tratar jugadores geniales y complicados (Allen Iverson en Philly), aunque era una especie en peligro de extinción en la proclamada mejor liga de basket en el planeta. 



Igual que Aíto García Reneses y otros ilustres estrategas de las canchas, Larry Brown gusta más de ser comparado con un docente que con cualquier otra cosa. Formado claramente en el estilo de North Carolina, este producto del basket universitario no había olvidado sus días como generoso base. Más que ganar o perder, el nuevo timonel de los obreros del Palace de Auburn Hills estaba obsesionado con que sus escuadras jugasen de la manera correcta. Ser generosos en ataque, pasar el balón y, por supuesto, si cogían un par de rebotes, eso vendía muy bien. Por suerte para él, como manifestó a la prensa, su predecesor hizo un gran trabajo bajo los tableros, siendo Ben Wallace, ídolo de la ciudad de Detroit, el primer exponente de una casta de jugadores habituados al sudor y a guardar los dominios de su canasta como si fuera la nómina del último mes. 



En perfecta armonía con Dumars y un staff a su gusto de ayudantes, donde estaba su propio hermano, Herb Brown, aquello era un cambio muy agradable para una persona acostumbrada a llegar a equipos con malos resultados con necesidad de enderezarse. Ahora, se trataba de pasar del notable al sobresaliente. Pronto, quedó claro que una de las piezas claves de los Pistons sería Chauncey Billups, base que había protagonizado mil traspasos y que nunca llegaba a cuajar en ningún lado, pese a su calidad. Brown, de playmaker a playmaker, fue planteando atractivo retos a su nuevo pupilo, quien tenía un gran físico y una moral notable para jugarse los últimos lanzamientos. En poco tiempo, todos colocaban a aquel conjunto coral como uno de los aspirantes al trono del Este. 



There is a method to my madness




En las cercanías de All Star 2004 que se celebraría en Los Ángeles, los Pistons decidieron tirarse a la piscina. Los de Larry Brown iban bien, defendían como leones y no adolecían del mal de muchos de sus rivales, siempre dependientes de un nombre o dos para resolverlo todo en ataque. No obstante, a veces cogían rachas muy negativas de resultados. Parecía que el exceso de disciplina les afectaba a la hora de improvisar, sin tener un toque de distinción cuando llegaba a la hora de la verdad. Tras deliberaciones, Joe Dumars descolgó el teléfono para una compleja operación que acabó con Rasheed Wallace, power forward de los Portland Trail Blazers, rumbo a Michigan. 



"Lo único malo de Rasheed es que se preocupa demasiado. Pero eso no me parece muy grave", afirmó Brown en una rueda de prensa con muchas expectativas. Sheed tenía calibre de estrella y fama de ser el mejor jugador de Portland, aunque también uno de los responsables del malévolo apodo que les pusieron en Oregón algunos medios: Portland "Jail" Blazers. De cualquier modo, hablando con Dean Smith y otros destacados Tar Heels, Brown estaba seguro de que su estilo de juego NCAA iba a encajar muy bien con un ala-pivot del calibre de un Chris Webber o un Kevin Garnett, pero que prefería siempre el juego más coral.



Acusado de elemento en discordia por donde pasaba, Brown hizo una apuesta arriesgada, pero tenía a su favor las buenas referencias de su etapa en North Carolina y la popularidad del fichaje en el vestuario. Lindsey Hunter, destacado suplente del equipo y ganador con los Lakers del anillo en 2002, muy pronto hizo piña con él como animadores del vestuario por su sentido del humor afín. Con todo, sería su tocayo de apellido con quien pronto conectó en la cancha. Big Ben era un taponador espectacular e intimidaba con sus pelos a lo afro patrullando en el interior de la zona, muy bueno en las ayudas. El otro Wallace era un maestro en los unos contra uno (acostumbrado a fajarse en el Far West con Duncan, Malone, Gasol, etc.) y nada obsesionado con las estadísticas. Todavía hoy se considera que un trozo considerable de los constantes premios a mejor defensa del año de Ben le pertenecen en justicia a su hermano de otra madre, como ellos mismos hubieran dicho. 


"El cemento armado es una musa honesta y útil, y quizás en manos de un arquitecto genial sería admirable"-Pío Baroja. 



Con el veterano y legendario Mike Abdenour, responsable de la salud atlética en Detroit desde los gloriosos días de Isiah Thomas y los Bad Boys, vigilando que los de Larry Brown llegasen con la gasolina llena en mayo, los Detroit Pistons empezaron a aterrar a rivales y audiencias televisivas por su mal hábito de dejar a los oponentes por debajo de los setenta puntos. Un estilo que alarmaba a los puristas del ataque, pero con innegables resultados y exquisito para algunos paladares. Apenas una temporada después (2004-05) se unieron a Jerry Sloan y sus Jazz para un "apasionante" 64-62. Eso sí, el triunfo fue para la Motown gracias a los tiros libres de Richard Hamilton. 



El caso de "RIP" también era curioso. Promocionado desde su etapa universitaria como tirador, había caído en unos Washington Wizards de capa caída, con las últimas gotas de divino magisterio de Michael Jordan. En Detroit, Hamilton encontró al fin un ambiente muy positivo, se entendía a la perfección con Billups y, Larry Brown mediante, aprendió a defender, cuestión en la que jamás había destacado. Rápido y ligero, era un dolor de muelas constante para sus marcadores. Te cansaba seguirlo a través de los poderosos bloqueos que le buscaban y luego le quedaban piernas para presionar a su par. 



Pongan el vídeo y recuerden las cruentas batallas en Playoffs con los Pacers. Ante una leyenda como Reggi Miller, Hamilton se doctoró, dando clinics de suspensión e inteligencia. Máscara incluida por los golpes recibidos, el ágil exterior se las vio sin miedo ante un guerrero del marcaje como Ron Artst. Con todo, la estampa inolvidable de aquella rivalidad fue un tapón imposible de Tayshaun Prince que evitó que el killer más grande de Indiana pusiera la serie 2-0 para los de Larry Bird. Aquella carrera bajando cuando todo estaba perdido fue la seña de identidad de aquella hermandad, una al que el comentarista español Antonio Rodríguez definió como "la sangre inyectada en los ojos de los equipos de Larry Brown". 


"Lo lamento por Larry, siento que ellos tienen un grupo tan bueno como el nuestro"-Gregg Popovich. 



Sigue perdurando en el recuerdo como un feroz dolor de espada. Dwyane Wade, Kobe Bryant, Shaquille O´Neal, Tim Duncan, Manu Ginóbili, Jason Kidd y un distinguido etcétera de mega-estrellas guardan vívidas imágenes de aquel bienio de los Pistons. Hay defensas que matan y, durante aquellos veinte y cuatro meses, nadie pudo presumir de desembarazarse de los de Michigan hasta el séptimo día. A veces, eran los largos brazos de Prince para taponar los tiros; otras, la rapidez de manos de Hunter o Hamilton con los exteriores. Las contras de aquella camada de Detroit eran las de un coche eficiente y sin alardes, siempre sabiendo cuándo cambiar de marcha. 



En la larga lista de récords obtenidos, no debería obviarse la química generada. Mike James, Mehmet Okur, Elden Campbell o Corliss Williamson, entre otros, pertenecían a esa raza de suplentes que saben generar buena atmósfera y se parten el pecho cuando tienen la oportunidad que merece su esfuerzo. Hubo, claro, excepciones. Brown jamás pudo con el carácter tan particular de Darko Milicic y también tuvo sus fenómenos extraños, como el ostracismo al que sometió a un Carlos Arroyo en la cúspide de su juego. En materia de fichar, honró una vieja deuda en Atlanta 96 cuando recuperó para el baloncesto a Antonio McDyess, magnífico profesional que encajó en los Pistons como anillo al dedo. 



En aquellas batallas sin tregua, los muchachos del collar azul mantenían la máxima de que la unión hacía la fuerza. No se obsesionaban con parar a lo imposible cuando se medían a los Sixers, aunque, si bien Allen Iverson les anotaba sin piedad, se encargaban de que nadie más en Filadelfia mirase al aro. Sobrevivieron a noches de emboscada en New Jersey y Miami, robaron el fuego a los dioses de Hollywood y cayeron con honor ante sus hermanos gemelos de San Antonio. En aquellas finales de 2005, apenas cometieron tres perdidas en el cuarto partido que les permitió igualar la serie. "No creo que ninguno de mis equipos haya jugado mejor nunca", señaló Brown. 



Transcurren los años y, siempre que sale el tema de la defensa, una pequeña sonrisa maliciosa sale en las fieles hordas del Palace de Auburn Hills. Recuerdan con el orgullo del cazador aquellos días en que el Palace se llenaba y algunas de las mejores superestrellas de la NBA eran obligadas a descender al Hades si querían ganar. 



ENLACES DE INTERÉS:



-BLOCK



-ISOLATION DEFENSE



-PISTONS-SPURS GAME 4 (NBA FINALS 2005)



-WALLACE



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://pistonpowered.com/2010/01/01/ten-most-influential-pistons-of-the-decade-5-1/



-http://detroit.cbslocal.com/2017/05/03/f-bomb-filled-video-of-rasheed-wallace-ben-wallace-and-kevin-garnett-on-area-21-nsfw-video/



-https://es.pinterest.com/explore/reggie-miller/



-https://www.youtube.com/watch?v=bMHUUMtvRjc
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